«Siempre puedo decir dónde está cada cosa y qué he hecho con ella, a condición de que sean cosas que no me haya metido en los bolsillos. Una vez algo, lo que sea, se desliza en la tiniebla de esas simas ignotas, agito la mano tristemente en son de despedida virgiliana». Gilbert K. Chesterton

Autor de irónicas novelas policiacas, como “El candor del padre Brown”; polémico ensayista en la prensa del Londres imperial; narrador de metafísica profundidad, como en “El hombre que fue jueves”; anglicano converso al catolicismo, proceso que justifica en “Ortodoxia”; Chesterton, aunque esta es una vieja noticia, está siendo recuperado por la editorial Renacimiento, que se ha empeñado en editar todos sus artículos en sucesivas colecciones. La última es “Enormes minucias”, que recoge artículos publicados en el Daily News, tan hospitalario con Chesterton durante años.

Es el Chesterton de siempre, agudo, observador, bienhumorado. En él encuentra uno inesperados comentarios de elogio sobre la nación francesa o sobre el carácter belga, si es que existe tal cosa. También sobre las bondades de la prensa amarilla o la ausencia de un estilo arquitectónico característico en la edad moderna. Algunas de las afirmaciones más conocidas del orondo y atrabiliario escritor se reúnen en este volumen: la ética barata de la filantropía, el curioso hecho de que los vencidos sean a menudo los beneficiarios de una guerra, la conveniencia de leer cuentos de hadas, la seriedad de los juegos infantiles o la inteligencia real aunque oculta de los políticos son algunos de los temas que desarrolla aquí Chesterton. Y, como siempre, el medio para llegar a desentrañar su urdimbre no es otro que el asombro ante lo obvio, el recordatorio de las verdades más antiguas y próximas, y por ello olvidadas.

Sólo que en esta ocasión el lector encuentra un Chesterton menos frecuente: está aquí el argumento directo, plagado de paradojas, ejemplos, paralelismos y anécdotas personales, pero también tiene cabida la escritura diarística, la estampa urbana, el libro de viajes o la yuxtaposición abrupta de narración y tesis, como en una suerte de fábulas. En el fondo, lo de siempre: la resistencia contra el acostumbramiento y la frescura de una mirada desembarazada de ideas preconcebidas, que intenta captar la verdad de las cosas como quien contempla un prodigio a cada instante. Si estuviéramos seguros de los milagros, apunta el autor de “Ortodoxia”, no contaríamos con ellos.