Les he preguntado a mis estudiantes ¿qué pesa más “una tonelada de paja o una tonelada de plomo”?. Algunos se fijan en la cantidad y dicen, la pregunta está mal formulada y ofrece respuestas limitadas. Pesan igual, una tonelada. Otros se fijan en la cualidad y aún, como niños de 8 años, responden: el plomo. Después he preguntado ¿qué pesa más “una tonelada de ciudadanos o una tonelada de infantas de España”?. Aquí la unanimidad fue total: pesa más una tonelada de infantas. Donde va a parar. Se fijaron en la cualidad, que se mide con otros pesos. Serán buenos sociólogos: la ciencia es tanto el número como el numerito. Cantidad y calidad, lo dijo Max Weber, las dos medidas de la sociedad.

Gallardón, ministro que defiende “su justicia” (“ha dicho su verdad” decía hábil Roca tras la declaración de la ínclita), convierte el choque de un espermatozoide con un óvulo en principio fundamental de su movimiento de liberación contra las mujeres no madres. Un ministro que pone tasas, aranceles y portazgos a la justicia, y dice que nadie debe forzar a un diputado a votar contra su libre conciencia (escraches), para después meter todas las conciencias de los diputados del PP en el puño de hierro del partido, y jugar al vota que apoyas, que después yo ya si luego vemos como lo cambiaremos. La justicia interpretada desde el juego político, la justicia limitada por los poderes económicos, la justicia recortada al territorio nacional… En España, querido James Joyce, la Justicia es un principio fundamental que se diluye hasta hacerse casi impalpable por prescripciones, amnistías o invalidación de pruebas. Ya sobre eso, todo lo demás.

Por último, las preguntas del poder. Las que hacen que lo mires al revés. Una periodista de un periódico me pregunta por el “desafecto de la política” y la “desconfianza hacia los políticos” de los ciudadanos españoles. Parece que eso lo explica todo. Pone el foco y el centro en unos ciudadanos desafectos y desconfiados. Por las razones que sea, pero la sociedad, como que no está a la altura. Mala gente. Seguro que me gané su amistad cuando le dije que preguntaba desde y para el discurso del poder. Que las preguntas interesantes son las contrarias. Lo que tenemos que explicar, y los que deben responder, son los políticos españoles. El desafecto principal (como detonante de la crisis social) ha sido de los políticos y las instituciones respecto a los ciudadanos e incluso hacia lo que ellos mismos representan. No al revés. En algún momento los políticos reemplazaron la política (servicio al bien común y los ciudadanos) por el politiqueo. Un mundo cerrado, de partidos autorreferentes, dónde el objetivo es sobrevivir dentro y ganar fuera. La lógica imperante es la lógica de las organizaciones formales (Robert Michels). El día 12 de febrero, con el voto secreto lo dijeron a voces. Las reglas que se han dado para funcionar, y sus objetivos, producen una dinámica propia viciada que los aleja de sus objetivos. Genera discursos vacios, busca votantes fanáticos y aliados estratégicos en la economía y en los otros poderes del Estado. Primer error, el desafecto es de los políticos respecto a la política. No es desafecto ciudadano. Al desafecto de los políticos le sigue, como consecuencia, la alienación de los ciudadanos. «Le llaman democracia y no lo es» no es una frase de ciudadanos desafectos. El afecto a la democracia es evidente. La alienación (“no nos representan”, “mi voz no cuenta”, “van a lo suyo”…) es la respuesta ciudadana (alienación) al desafecto de los políticos respecto a lo que deberían ser y hacer.

Otro ejemplo, «la desconfianza de los ciudadanos” respecto a los políticos. Va a ser que tampoco. Es, lamentablemente, al revés. Las instituciones y los políticos siempre han desconfiado de los españoles: sistema electoral que «corrige» el posible pluripartidismo, cortapisas a la participación ciudadana (incluidas iniciativas legislativas, normativa contra las protestas que esquiva al poder judicial…) y tantos otros procedimientos y mecanismos para proteger la democracia (“su democracia”, resultado del funcionamiento de sus organizaciones políticas). Ya desde la transición, los políticos percibían a los ciudadanos como amenazas a la estabilidad institucional. El discurso “lustrado”, los españoles no tenían cultura democrática, su cultura política era débil e incluso autoritaria. Los ciudadanos reclamaban justicia frente al franquismo, pero el modelo de transición española, de traga y sigue (que la sociedad se trague el pasado para que tengamos futuro) se impuso contra los ciudadanos. Desde entonces los políticos españoles desconfían de ellos. Y es esa desconfianza de los políticos hacia los ciudadanos la que hace que piensen (lo llevan en su ADN político) que la democracia deba ser protegida contra los españoles (a veces incluso detrás de muchas vallas o por la policía).

Las palabras, ¡Ay! las palabras. Enviamos a Europa una candidatura poderosa, los mejores… La importancia se demuestra en que se envía al número dos, para que vaya de uno… Palabras, palabras, palabras. Hacienda, por ser quien soy, me mira con lupa… que bien traído. Palabras, palabras, palabras… ese engrupo pegajoso, que decía Julio Cortázar. Útil para recomponer la realidad. Para darle forma e identidad. Para enjaular el pensamiento. Ahí Cortázar y Wittgenstein estaban de acuerdo. ¿Qué cosas, no?