Poco antes de morir en el exilio, Luis Araquistáin, uno de los intelectuales socialistas del ala caballerista durante la Segunda República, pronunció estas palabras: “Los españoles hemos necesitado cuatro guerras civiles para llegar a la conclusión de que fueron inútiles y absurdas.” En su Biografía política sobre Adolfo Suárez, el excelente y admirable historiador Juan Francisco Fuentes, al recordar esas palabras de Araquistáin, añade que “ya era hora”, y redacta un magnífico epílogo de la transición, recordando, por ejemplo, aspectos que se atrevió a abordar el aparato político de la transición y que no hizo, a pesar de proponérselo, la Segunda República. Pues bien, ese fue el espíritu que animó e hizo posible la Transición a la democracia en España. En resumen: una guerra civil, ¡nunca más!

Que la Transición no fue perfecta, huelga decirlo. Que la Constitución de 1978 tampoco fue perfecta, también. Pero ambas fueron fruto de la palabra más famosa de aquellos tiempos: el “consenso” (Manuel Azaña, en su día, lo llamó “asenso común”). Fue un proceso político modélico en todo el mundo. Una forma de hacer política aplicada sin cortapisas y sin exclusiones ideológicas de ningún tipo. Excepto, claro está, los extremos derecho e izquierdo, todos los sectores ideológicos y sociales españoles se vieron reflejados en esa Transición, y por ende, en la Constitución del 78. Por si había dudas de cómo hacerlo, Torcuato Fernández Miranda lo dejó claro: “De la ley a la ley”. Unas palabras que recuerdan a las de Mariano José de Larra, un romántico decimonónico, cuando alegó, refiriéndose al proceso político de su tiempo, que “ni un eslabón se ha roto en la cadena”.

Decía el poeta Jaime Gil de Biedma, invadido de un pesimismo admirable, aunque no aconsejable, que “de todas las historias de la Historia la más triste en sin duda la de España, porque siempre acaba mal.” Pues bien, aquella historia acabó bien, tuvo un final feliz. Casi cuarenta años de democracia dan fe de ello. Sirvan estas breves palabras para merecerla.