En relación con la crisis y en lo que hace referencia al análisis y a la respuesta que le están aplicando la mayoría de los Gobiernos y organismos internacionales me parece que se vienen dando esas tres circunstancias al mismo tiempo.

Por una parte, la economía convencional, que sirve de base a los analistas de esos grupos de poder, está resultando bastante incapaz de percibir la naturaleza sistémica y compleja de la crisis. Insistir, por ejemplo, en que la solución de todos los males y la señal de todas las venturas es que el PIB suba unas pocas décimas más, es decir, limitarse a perseguir el crecimiento de la actividad económica sigue impidiendo que se perciban las auténticas causas de la crisis y que se haga frente a los fallos estructurales que la producen (la desigualdad, la naturaleza del modelo productivo y la insostenibilidad de las estrategias de creación de actividad económica) o que no se perciba que la crisis financiera es en realidad una de las caras de una crisis multidimensional y global que se manifiesta en todos los demás órdenes de la vida económica y, muy particularmente, en los problemas medioambientales.

Por otro lado, es también bastante evidente que la defensa a ultranza de las creencias liberales está llevando a mantener posiciones numantinas para defender a los mercados.

Es hoy día indisimulable que éstos son espacios muy imperfectos, que en nada se parecen a los de competencia perfecta de los manuales que sirven para defender sus bondades y que la gran concentración de poder que se ha producido en su seno (muy especialmente en los financieros) es la fuente de extraordinarias asimetrías y fallos que provocan su gran ineficiencia y peligros y crisis constantes. De ahí, que en lugar de ponerle freno se insista en darles más libertad, lo que solo está llevando consigo una mayor inestabilidad e insatisfacción y desigualdad crecientes.

Por defenderlos, se están imponiendo políticas económicas y medidas realmente salvajes, que lejos de solucionar los problemas los agravan: políticas de austeridad que destruyen la demanda, intentos de acabar con la deuda acabando con las fuentes de generación de ingresos o concesiones de más libertad y poder a los grupos económicos que no crean empleo ni riqueza y que se alejan cada vez más de la actividad productiva.

Y por supuesto la cerrazón ideológica lleva también a que nadie ni siquiera pronuncia (salvo en los primeros momentos de pavor, como le ocurriera a Sarkozy) la palabra tabú que, sin embargo, es la que en sí misma resume los males que estamos sufriendo: capitalismo.

No se trata de un simple afán nominalista sino de entender que es completamente imposible salir de esta crisis, y creo que ni siquiera ponerle algunos parches efectivos, si no se considera que la que estamos viviendo tiene sobre todo que ver con las relaciones de propiedad y de poder que lo definen, con la mercantilización exacerbada de la vida social que ha generado y con la subordinación cada vez mayor, más ineficiente y destructora del trabajo y de todas las relaciones sociales a la rentabilización del capital en sus expresiones más parasitarias, oligopólicas y rentistas.

Y, por supuesto, los conductores de las políticas que se están imponiendo frente a la crisis también disimulan sus causas reales para no tener que mostrar que, en realidad, lo que está sobre la mesa es el reparto de la riqueza y del esfuerzo para sostener la sociedad.

No quieren hablar de la desigualdad que ha puesto en manos de los especuladores fondos ingentes de recursos que no dedican a la creación de riqueza, ni del efecto tan asimétrico que están teniendo las medidas que se vienen adoptando. Ni, por supuesto, de la diferente responsabilidad que cada uno ha tenido a la hora de desencadenarla.

Eso es lo que explica que quienes tienen capacidad para influir en la opinión pública estén constantemente lanzando versiones, incluso surrealistas, sobre la crisis para tratar de desviar la responsabilidad o para que la gente crea que lo que hay que solucionar son los asuntos que a ellos les interesa.

Botín decía hace unos días que los culpables de lo que está pasando no eran los bancos sino los políticos (Las mentiras de Botín) y, en una reciente comparecencia parlamentaria, el Ministro de Economía daba también una interpretación de la situación que padece el comercio y las empresas echando balones fuera para desviar la atención de las causas reales de la crisis.

Decía el Ministro cuando fue interpelado sobre los problemas de demanda que afectan al comercio que la gente no entra a comprar pero no»por un tema de disponibilidad de renta, porque la gente no quiera comprar, es un problema de falta de confianza».

No puede haber una manera más sibilina de rehuir el fondo de la cuestión que confundir la causa con el efecto. Afirmaba el ministro sin rubor: «No tenga usted la más mínima duda de que si mejora la confianza, entonces habrá un incremento de la demanda, entrará la gente en las tiendas a comprar y eso generará empleo y actividad».

Ya saben. Miren ustedes las cosas con plena confianza y váyanse a la calle a gastar. ¿Qué sus hijos están en paro, o quizá sus maridos o esposas? ¿Qué les han reducido el sueldo y que al mismo tiempo han subido los precios de los servicios y de la cesta de la compra? Cambien de actitud, convénzanse de que todo va a ir a mejor y entren en los comercios a comprar.

Las personas y hogares de rentas más bajas están gastando muchos menos y echando abajo la demanda de consumo en España (y en otros países europeos) a diferencia de lo que ocurre con los de rentas altas. Estos consumen más que nunca: el sector del lujo ha aumentado sus ventas un 25% en 2011. Pero eso, que es algo que paraliza la recuperación económica porque este incremento del consumo de rentas más altas es insuficiente para tirar de la demanda, no se debe según nuestro Ministro de Economía a que esté incrementándose la desigualdad, como está sucediendo, o la pobreza, como está ocurriendo, o a que los bancos no dan crédito porque se dedican mejor a especular en los mercados financieros. No. Es por falta de confianza.

Es normal, como vengo diciendo, que entonces se dedique a mejorar la confianza de la gente (parole, parole, parole) en lugar de a combatir la desigualdad, la exclusión y los privilegios de los bancos. Y así nos va.