El debate está plagado de trampas, manipulaciones, confusiones y ventajismos. Sin pretender ignorar las dudas, errores, indecisiones y cálculos equivocados del presidente, hay muchas razones para afirmar que la actual crisis iraquí no es responsabilidad de Obama.

SALIR… PERO NO DEL TODO

Los críticos de la Casa Blanca reprochan al Presidente su empeño de liquidar las guerras iniciadas por su antecesor, impulsado, según ellos, por el deseo de sacar un rédito político. En la elaboración de las críticas se eluden, con frecuencia, ciertos elementos que las desmontan. No es cierto, para empezar, que Obama, una vez elegido, decidiera el abandono rápido, completo y unilateral de Iraq.

A lo largo de su primer mandato, y contrariamente a muchas de las cosas que ahora se leen y escuchan, Obama parecía dispuesto a mantener un contingente militar en Iraq -como le ocurrió en Afganistán, aunque en este caso en mayores dimensiones-, al recibir inquietantes informes diplomáticos y de inteligencia sobre el deterioro de la situación.

Aunque la situación en el país hubiera mejorado en años anteriores debido al ‘éxito’ de las tácticas contrainsurgente del malogrado general Petreus, lo cierto es que los colaboradores diplomáticos y militares del Presidente intentaron negociar con las autoridades iraquíes el mantenimiento de una fuerza militar. Ciertamente, los militares querían no menos de 24.000 hombres, pero la Casa Blanca no admitió más de 10.000.

Un escollo impidió que fracasara esa fórmula de presencia limitada y centrada en el apoyo formativo, logístico y de inteligencia al ejército iraquí: la oposición de Bagdad a conceder inmunidad a los soldados norteamericanos. Sólo los kurdos se mostraron dispuestos a aceptarla. Sunníes y chiíes, moderados o radicales, participantes en el gobierno o afincados en la oposición, lo rechazaron con mayor o menor contundencia. (2)

Sin esa garantía, Obama decidió el debate que se mantenía en su entorno entre los que se pronunciaba a favor de una retirada total y los que preconizaban que se presionara a los dirigentes locales para imponerles una presencia sin la cual se corría el riesgo de arruinar la ‘estabilidad’ conseguida.

Había otro problema interno norteamericano, que impulsó a Obama a deshacerse del compromiso iraquí. Desde 2010, los republicanos se habían hecho fuertes en el Congreso y amenazaban con boicotear financieramente al Gobierno. El coste que suponía mantener la dotación militar en Iraq hubiera supuesto un obstáculo más para los planes de reconstrucción nacional del líder demócrata. A ello hay que sumar el relativo respiro en 2012, el año más tranquilo en Iraq desde el final de la guerra. La reelección de Obama se debió muy poco a su política iraquí, pero tampoco resultó un inconveniente, como se demostró la escasa presencia del asunto en la campaña.

Los descontentos con la decisión presidencial -demócratas incluidos- recuerdan estos días que Obama debería haber prestado oídos a quienes advertían que la guerra en Siria (iniciada en 2011) podría desestabilizar a la postre al vecino Iraq. Esos críticos consideraban que si no se apoyaba a los moderados ‘pro-occidentales’, los yihadistas terminarían convirtiéndose en la fuerza hegemónica de la oposición armada y estarían en condiciones de establecer su dominio en una zona que abarcaría el este de Siria y el oeste de Iraq. (3)

Quienes el año pasado preconizaban la intervención militar en Siria para frenar/ derribar a Bashar el Asad y propiciar un cambio en Damasco) dicen ahora que de no haber sido el Presidente tan indeciso y contradictorio, no estaríamos ahora como estamos en Iraq.

Se trata de un argumento imposible de verificar, porque en el momento en que se debatía la intervención en Siria, la fuerza que ha emergido como dominante en el país del Tigris y el Éufrates, el Ejército Islámico de Iraq y el Levante (EIIL) ya era muy influyente y poderosa en el país vecino y no estaba claro que, sin «botas en el terreno», es decir, sin una invasión en toda regla, los moderados se hubieran impuesto sobre ellos. Los que critican a Obama no defendieron nunca esa posibilidad.

El otro elemento crítico que se escucha estos días es la inconveniente apuesta de la actual Administración por el Gobierno iraquí. Algo completamente erróneo, ya que Obama ha manifestado por el primer ministro chií, Al-Maliki, la misma simpatía que por el presidente afgano: ninguna. Obama reprochaba al jefe del Gobierno en Bagdad dos cosas decisivas: que no hubiera sido capaz de defender el acuerdo de inmunidad y que hubiera abandonado sus iniciales políticas de conciliación con los sunníes para entregarse a un sectarismo cada vez más peligroso como absurdo por innecesario.

CAMBIO DE CONDICIONES

En octubre, cuando ya se sentía amenazado por el resurgimiento de las milicias yihadistas, Maliki visitó la Casa Blanca y pidió ayuda militar a Estados Unidos. Obama, que conocía perfectamente la situación y estaba persuadido de que la política del Gobierno iraquí había favorecido la alianza de sunníes moderados y radicales, se mostró prudente. No atendió todas las peticiones de Maliki, sólo las más urgentes. Tampoco escucharon con simpatía los apuros del dirigente iraquí los republicanos, cuyo apoyo era decisivo para autorizar el gasto.

En enero, el EIIL conquista Fallujah y Ramadi, consolida y amplia sus alianzas y garantiza las condiciones para avanzar hacia el norte y diseñar una amenaza en pinza sobre Bagdad. Las solicitudes de apoyo militar a Estados Unidos se convierten en ruegos. Obama continua midiendo la dimensión del apoyo, convencido de que, sin un cambio de política, la fractura sectaria en Iraq puede ser irreversible. Pero los republicanos, dominantes en el Congreso dan claras señales de no liberar los fondos para asistir al Gobierno iraquí.

La alarmante situación actual ha forzado al Presidente norteamericano a una doble decisión: elevar el grado de apoyo militar e impulsar un cambio de Gobierno en Bagdad. Obama ha optado, de momento, por destacar tres centenares de hombres que, en la práctica, actuarán de cerebros y estado mayor del ejército iraquí. Si con eso no fuera suficiente, no descarta ataques aéreos a posiciones yihadistas, con drones y aviones de combate (4). Mientras tanto, Kerry trata desesperadamente de forjar una coalición interconfesional con apoyo regional, que haga viable una nueva mayoría en el país, ponga de nuevo a los sunníes moderados en contra del EIIL y restablezca la estabilidad.

Visto desde la perspectiva norteamericana -y, por extensión, occidental-, el gran peligro en Iraq no es solamente el triunfo del EIIL, que mejoraría sus posibilidades de conquistar Siria. Tal opción sólo sería posible inicialmente. Es impensable que Irán no interviniera, para conjurar un cerco que amenazaría su propia seguridad. Lo que precipitaría una acción mucho más directa de su rival regional, Arabia Saudí. En tal contexto de desestabilización regional, Estados Unidos no podría permanecer al margen. Este escenario es lo que mantiene obligado a Obama a «alistarse» en una guerra que siempre condenó.

(1) Una encuesta del NEW YORK TIMES y la CBS indica que una mayoría de norteamericanos (52%) desaprueba la política exterior de Obama y su gestión de la situación en Iraq.

(2) Peter Baker, uno de los corresponsables diplomáticos del NEW YORK TIMES, ha escrito esta semana un artículo en el que sintetiza de forma muy esclarecedora la trayectoria de la política del Presidente Obama en Iraq.

(3) Entre los críticos de estos días, figura una antigua integrante de la Administración Obama, la Jefa de Planificación del Departamento de Estado, Anne-Marie Slaughter, que ha resumido su posición en «Don’t Fight en Iraq and Ignore Syria». NEW YORK TIMES, 17 de junio de 2014.

(4) Una disección de la misión de apoyo norteamericano, en «Obama ramps up spying on ISIS paving the way for possible airstrikes», artículo de Shane Harris, en FOREIGN POLICY, 19 de junio de 2014.