Sin embargo, cabría también considerar un segundo escenario postelectoral de un mayor equilibrio político. Hoy por hoy es difícil evaluar hasta que punto resulta plausible este segundo escenario, en el que ningún partido llegaría a alzarse con una posición de hegemonía total. En cualquier caso, uno de los efectos prácticos de este segundo escenario es que forzaría a los principales partidos del arco parlamentario español a intentar llegar a acuerdos políticos. Lo que resultaría altamente recomendable para una más correcta y equilibrada gestión de la actual situación española, que es crítica y que requiere sumar esfuerzos y voluntades.

¿Cómo se podría llegar a este segundo escenario? Por varias vías más o menos verosímiles. Una de ellas sería la removilización de una parte del actual electorado potencial socialista, que en estos momentos parece seriamente decepcionado con el PSOE actual y no está muy dispuesto a proporcionar de nuevo un cheque en blanco a este partido.

¿Es factible esta removilización? Y ¿Cómo? Imposible no es, pero no parece fácil. Mi impresión es que el electorado socialista desencantado quiere cambios muy sustanciales en el PSOE, y garantías de que estos cambios son auténticos y duraderos y no solo un elemento más de una estrategia electoral y de imagen. Por ello, no creo que sea fácil un cambio muy sustancial por esta vía.

Pero existe otra vía para el cambio de la orientación electoral: la vía de la comprensión de las exigencias de los equilibrios generales. Es decir, algunos electores progresistas desencantados, al final podrían hacer un voto diferente al que ahora proyectan las encuestas, en razón no tanto de una confianza partidaria o de unos respaldos personales, sino pensando básicamente en los equilibrios políticos generales que España necesita. Consecuentemente su voto no sería un respaldo particular, sino una opción global, motivada por la intención de evitar una hegemonía absoluta conservadora en un país que en estos momentos requiere un esfuerzo de equidad y de consenso político, que podría quedar seriamente afectado por la situación paradójica de una sociedad con una clara mayoría sociológica de izquierda y de centro-izquierda, pero con un eventual gobierno de derechas poco sensible socialmente y escasamente propenso a los acuerdos y a los grandes pactos.

A su vez, junto a esta motivación un tanto compleja y elaborada, que requiere análisis bastante maduros por parte de los electores, podría darse, más bien, una vivencia final, y más elemental, de vértigo político ante las perspectivas de un triunfo tan aplastante del PP. Lo cual haría que algunos electores se lo piensen bastante en los últimos momentos, antes de decidirse a votar o no votar, o hacerlo por unos partidos u otros.

¿Tienen algún fundamento estas posibilidades? Desde luego los datos de las encuestas, de momento, no parecen apuntar en esta dirección de manera clara. Por eso, hoy por hoy, no se trata sino de conjeturas analíticas, posiblemente con algunas dosis de wishfullthinking.

Lógicamente, existen también otras perspectivas de evolución en las intenciones de voto que podrían conducir a otros escenarios de equilibrios post-electorales. Por ejemplo un ascenso final de otros partidos pequeños, con el resultado de unos contrapesos mayores en las posiciones electorales y políticas. Lo cual tiene sus límites y posiblemente complicaría las posibilidades de establecer grandes consensos y acuerdos, que en este supuesto tendrían que establecerse a varias bandas simultáneamente.

En cualquier caso, lo cierto es que el panorama electoral español permanece aún relativamente abierto y todavía no está todo escrito, por mucho que parezcan escasas las posibilidades de grandes cambios de aquí al 20 de noviembre.