En lo que va de año 2007, al menos 350 personas han muerto durante las travesías de inmigrantes “sin papeles” desde la costa africana occidental hasta las islas canarias. Los dos últimos episodios han sido especialmente dantescos. El 16 de octubre, 156 personas partieron desde Ziguinchor a bordo un cayuco rumbo a Tenerife. Tras 16 días a la deriva, 98 de ellas fueron rescatadas por gendarmes mauritanos en un lamentable estado de salud. Las 58 restantes habían sido arrojadas al mar después de fallecer por hambre, sed y frío.

Pocos días antes, los tripulantes de un pesquero español rescataron al sur del archipiélago canario al único superviviente de otra embarcación naufragada. El testimonio de este hombre, precisamente el patrón de la patera abordada, permitió conocer cómo sus 52 tripulantes habían muerto por inanición y deshidratación días atrás. ¿Cuántos casos parecidos se han dado durante los últimos años sin que quedaran testigos para contarlo?

Las muertes de estas personas se han producido en unas circunstancias terribles. El primero de los cayucos naufragó porque el motor estaba en malas condiciones. Al patrón del segundo le vendieron agua de mar por gasolina y se quedó sin combustible en alta mar. Las consecuencias fueron espantosas para las pobres gentes que embarcaron con la esperanza de huir de la miseria. Sin alimentos ni agua, expuestos al frío y la furia del océano, fueron tirados por la borda según iban expirando. El paralelismo con lo sucedido en las travesías de los barcos negreros durante los siglos XVI y XVII es evidente.

Más de 350 muertos, que sepamos. ¿Qué pasaría si estas personas hubieran fallecido víctimas de un atentado yihadista? Probablemente estaríamos ante una conmoción de dimensiones planetarias y una reacción institucional al máximo nivel. Sin embargo, la muerte de estos desgraciados, a manos de la pobreza que les impulsó a huir y de la depravación de las mafias que trafican con personas, apenas ha merecido unas breves líneas en los noticiarios que reflejan el interés de la opinión pública europea.

Pero me temo que a la opinión pública no le quedará más remedio que prestar en breve la atención que merece el fenómeno de la inmigración procedente del África subsahariana. Porque lo que hoy puede desplazarse al capítulo secundario de las tragedias humanitarias, se convertirá mañana en un gravísimo problema de índole política, social y económica.

En el continente olvidado que tenemos al sur de nuestra metrópolis privilegiada existen centenares de millones de criaturas que no van a conformarse con ilustrar nuestros telediarios con su vida de miseria. Tarde o temprano se moverán. Con las pateras o sobre las alambradas. A pie o a nado.

Y más vale que hagamos lo posible por prevenir el problema apostando por el desarrollo razonable de ese continente olvidado. Porque si no lo hacemos, los parias de ese continente olvidado acabarán amenazando no sólo nuestra sensibilidad, sino nuestro propio futuro.