Para este comentario nos centraremos en explicar las claves del proceso escocés y dejaremos que el lector establezca las comparaciones oportunas.

UNA ASPIRACION DE TRES SIGLOS

La independencia es un viejo anhelo del nacionalismo escocés. Siempre hubo una fracción importante de los ciudadanos de esa tierra que consideró el Tratado de la Unión de 1704 (por cierto, fecha muy cercana a la ‘derrota’ histórica catalana) como un hecho político lamentable. Pero hasta 1934 no se agrupó en un Partido unido ese sentimiento nacionalista. Desde entonces y hasta 1999, con la denominada ‘devolución’, es decir, una suerte de régimen autonómico, las aspiraciones escocesas de autogobierno no habían encontrado cauce favorable, por falta de impulso popular y por una débil expresión política.

Tony Blair avistó el ‘peligro nacionalista’ y muñó un sistema electoral autonómico distinto del estatal, más proporcional, para evitar una hipotética hegemonía nacionalista. Los laboristas gobernaron dos legislaturas en coalición con los liberal-demócratas hasta que el auge nacionalista los desalojó del poder en Edimburgo. Pero los nacionalistas tuvieron que conformarse con una gestión en minoría. Hasta el año pasado, que la mayoría del Partido Nacionalista Escocés se reforzó. Se aceleró entonces la campaña pro-referéndum.

Una de las grandes preguntas en estos procesos de separación gira en torno al ‘momento’. Una vieja aspiración cobra nuevo impulso por la oportunidad coyuntural. Los efectos de la crisis, las fracturas de la coalición conservadora-liberal y el atascamiento laborista hacen pensar en una prolongada permanencia de la opción nacionalista en Escocia. Las drásticas medidas de austeridad impuestas por Londres son percibidas en Edimburgo como especialmente perjudiciales para los escoceses.

La otra cuestión recurrente es la viabilidad de estas viejas naciones como nuevos Estados. Escocia no es, ni histórica ni actualmente, la parte más rica de Gran Bretaña (contrariamente a lo que ocurre con Cataluña). Pero dispone del importante recurso petrolero (el actual y el que apuntan algunas exploraciones), y eso parece dotar de cierto plus a sus aspiraciones independentistas. Por ubicación, dimensión y población, se ha comparado, un poco forzadamente, a Escocia con Noruega.

UNA DURA NEGOCIACIÓN

Aunque finalmente el acuerdo político ha sido total y se aborda el proceso de consulta en un clima de aparente cordialidad, las negociaciones no han sido fáciles. Los partidos estatales (y no sólo los del Gobierno: los laboristas manifiestan una hostilidad semejante a la independencia) han conseguido que la pregunta del referéndum sea única y clara. Resulta lógico, porque todos los estudios de opinión pública coinciden en no atribuir a los partidarios de la independencia más de un tercio de los votos en el mejor de los casos. En otras palabras, no parece probable la victoria del independentismo; de ahí que los ‘unionistas’ no quieran comprometer su victoria con interpretaciones abiertas y equívocas.

El objetivo sería neutralizar la operación política consistente en utilizar el referéndum para conseguir más poderes autonómicos (la llamada ‘devolución max’, o más poderes para la autonomía), en compensación por el rechazo al independentismo. En un artículo para THE GUARDIAN, el profesor James Mitchell, se muestra crítico con el criterio de consulta acordado, ya que, en su opinión, esta opción de ‘sí o no’ impide la opción que, a su juicio, «la mayoría de los escoceses prefieren»: más competencias para los escoceses, sin llegar a la independencia. Mitchell cree muchos de los que votarán afirmativamente preferirían la fórmula ‘devolution max’, y muchos de inclinarán por la opción negativa no quieren simplemente el ‘status quo’.

A cambio de ceder en la claridad de la pregunta, los nacionalistas del primer ministro escocés, Álex Salmond, han logrado que en el referéndum puedan votar los mayores de 16 años. Supuestamente, los más jóvenes serían más entusiastas de la independencia y su voto contribuiría a obtener mejores resultados en favor de su causa. Algunos analistas, sin embargo, se permiten dudar de esta interpretación. Por ejemplo, el semanario liberal THE ECONOMIST considera que los jóvenes son más nacionalistas, en efecto, pero no los comprendidos entre los 16 y los 18, sino los que tenían esa edad en los noventa, la llamada por algunos sociólogos ‘generación Braveheart’. Ciertos sondeos apoyarían la tesis de que no más de un cuarto de los votantes más jóvenes en otoño de 2014 apoyarían la independencia. Los que tienen entre 18 y 24 serían aún más renuentes a la separación.

¿’NEVERENDUM’?

Si esto es así, si los jóvenes no son el ‘motor de la independencia’, ¿a qué tanto interés nacionalistas por incorporarlos al censo de la consulta? Quizás porque Salmond tiene un proyecto a largo plazo (‘long game’), que consistiría en forjar una conciencia nacional con paciencia y por etapas. El referéndum sería la siguiente, pero no la última.

Esto última evoca otra cuestión. ¿Cerrará el referéndum el debate? ¿Cuánto tiempo tardarán los independentistas en demandar otra consulta? Se tiene en mente el caso de Quebec, donde los partidarios de la separación de Canadá han conseguido celebrar varias consultas, sin conseguir su propósito. En este caso, el referéndum se convertiría no en una consulta sino en un puro instrumento de agitación política: un ‘neverendum’. En todo caso, los nacionalistas han querido reforzar su credibilidad y se han comprometido indirectamente a aceptar las consecuencias duraderas de un eventual rechazo a la separación. Salmond ha dicho expresamente que «un referéndum es un acontecimiento único en una generación». Nada que descarte un Quebec.