La clave del triunfo ‘unionista’ ha podido residir en la percepción de que el auge independentista innegable en los últimos meses obligará a Londres a conceder una mayor autonomía a Escocia, como esta misma semana habían prometido (sin precisiones) los líderes de los tres principales partidos británicos. De esta forma, muchos indecisos durante la campaña, pero seguramente también parte de los simpatizantes de la independencia, se habrían finalmente convencido de que se podrían conseguir los objetivos de autogobierno sin los riesgos que entrañaba una separación.

El primer ministro escocés, Alex Salmond, después de admitir y aceptar elegantemente la derrota, ha instado a los dirigentes británicos a cumplir sus promesas de ampliar la autonomía escocesa.

En su declaración institucional, el primer ministro británico, David Cameron, se ha felicitado por el mantenimiento de la unidad del país y ha renovado su promesa de ampliar los poderes autónomos de Escocia. Más aún, ha apuntado, sin mayores detalles, un compromiso más amplio de descentralización en todo el territorio británico, que podría otorgar más competencias a los órganos regionales y locales.

Cameron ha confirmado también el calendario avanzado por los tres principales partidos durante la campaña. En el plazo de un mes (finales de octubre) se presentarán las propuestas de ampliación de la autonomía escocesa; en noviembre se publicará un «libro blanco» con el nuevo diseño autonómico; y a finales de enero podría votarse en los Comunes una nueva ley de devolución para Escocia (o Estatuto de Autonomía, para entendernos).

Las propuestas manejadas en campaña por los dirigentes británicos contemplan mayores competencias fiscales del gobierno escocés y un reconocimiento explícito de los poderes constitucionales del Parlamento regional. Está por ver si los tres grandes partidos -conservador, laborista y liberal- son capaces de ultimar una propuesta unitaria, una vez conseguido el objetivo común de frenar el impulso independentista. En todo caso, sería muy arriesgado que la coalición gobernante de centro-derecha impusiera una posición muy restrictiva del autogobierno escocés

Los independentistas escoceses tampoco pueden mostrarse ahora demasiado intransigentes. No ocultan ahora su decepción, aunque antes de abrirse los colegios electorales ya cobraba fuerza la percepción del triunfo unionista, después de una semana de sondeos muy ajustados. Salmond ha hecho virtud de la necesidad al insistir en la fortaleza del sentimiento independentista, pero sin cuestionar la victoria de sus adversarios. Su segunda en el gobierno regional, Nicola Sturgeon, se ha declarado «personal y políticamente» decepcionada por el resultado.

Este guiño emocional es consistente con el clima político que se ha vivido en Escocia, y en particular en el campo independentista, durante la campaña. Las persistentes incógnitas nunca resueltas sobre los principales factores de una Escocia independiente (mantenimiento de la libra como moneda nacional, disponibilidad real del petróleo como sustento de un ambicioso programa de servicios sociales, gestión de bancos, fondos de inversión, pensiones o mercado energético, pertenencia a la Unión Europea, compromisos con la defensa occidental, etc.) eran a menudo contrarrestadas no sólo con argumentos más o menos racionales, sino también con la invocación de sobreponerse a todas las dificultades.

Finalmente, este impulso de la dignidad o el orgullo nacionales no ha sido suficiente para lograr el «triunfo de la voluntad». Escocia no será de momento un país independiente. Pero quizás se le parezca mucho más de lo que sus partidarios pueden ahora advertir.