Con una tasa de paro juvenil que asciende al 46,5% (de las más altas entre los países de la Unión Europea) y un aumento progresivo de los trabajadores pobres desde el año 2005 (10,4%) hasta representar el 11,4% en estos momentos, según se alertaba en la presentación del “Primer Informe sobre la Evolución del Empleo y el Desarrollo Social de la Unión Europea 2011”. ¿Qué alternativas de futuro les quedan a los jóvenes? ¿Acaso uno de los problemas más apremiantes en Europa no es solucionar su situación ante el riesgo de haberles convertido en una generación perdida?

Desde luego no parece que los miniempleos (con un salario de 400 euros al mes) puedan ser la solución para afrontar el paro juvenil, a pesar de que el Presidente de la CEOE , Juan Rosell, insista reiteradamente que ésta es una alternativa factible. En Alemania este tipo de contratos existen desde hace tiempo y han aumentado las desigualdades y el riesgo de pobreza. Según datos recogidos en el precitado informe de la Comisión Europea, en Alemania los trabajadores pobres representan en estos momentos el 6,8%, tras crecer dos puntos porcentuales desde el año 2005 (4,85%).

En los últimos años, habrán ustedes escuchado de hijos de amigos o conocidos que se han visto obligados a “buscarse la vida” allende nuestras fronteras. ¡Qué giros tan particulares da la historia!, teniendo en cuenta que España en los años sesenta y principios de los setenta se convirtió en un país emisor de emigrantes y más de dos millones de españoles partieron hacia países europeos, que necesitaban mano de obra, fundamentalmente de escasa cualificación, para impulsar sus economías. Treinta años después, España se convirtió en un país receptor de inmigrantes. No en vano, según datos del Migration Policy Institute es el octavo país con un mayor número de inmigrantes (5,7 millones, de los cuales 2,4 millones son ciudadanos de la Unión Europea).

En estos momentos, según un estudio del INE, hecho público en octubre, (“Proyección de la población de España a corto plazo 2011-202”) se previene de que si se mantienen las tendencias actuales, la población española podría llegar a reducirse hasta los 45,6 millones en 10 años, a consecuencia, entre otros factores, de que el saldo migratorio será negativo en los próximos años, ya que el número de 450.000 inmigrantes nuevos se verán compensados por la emigración de 580.850 personas. En ese mismo sentido, apuntan los datos del “Padrón de Españoles Residentes en el Extranjero” del INE, según el cual el número de españoles residentes fuera de España aumentó en 102.432 personas de 2009 a 2010, y en 128.655 en 2011

Los nuevos emigrantes españoles, ya no son como antaño trabajadores sin cualificación, sino jóvenes bien preparados (ingenieros, personal sanitario, investigadores, profesores, etc.), tal como se puede constatar en las ofertas/demandas de trabajo del Portal Europeo de la Movilidad Profesional (EURES) (http://ec.europa.eu/eures/home.jsp?lang=es), que ofrece vacantes de empleo en 31 países.

En estos momentos, dos de cada tres españoles sin empleo están dispuestos a emigrar por razón de necesidad, siendo los países preferidos Alemania y el Reino Unido, seguidos por Estados Unidos, Francia y Suiza, tal como se desprende de los resultados de la encuesta del “Global Talent Mobility Study”, realizada por The Network, una entidad formada por más de 50 portales de empleo.

Quien escribe estas líneas nació y vivió con sus padres, ambos universitarios, en la Alemania de los años sesenta. Los recuerdos, todos amables, de aquella etapa de nuestras vidas nos han acompañado y forman parte de nosotros, la tristeza del alejamiento de los seres queridos y la experiencia, no siempre agradable, de estar en un país que no es el tuyo propio quedan en el olvido. Salir de tu país por voluntad propia, por el deseo expreso de mejorar las condiciones de vida y de ampliar los horizontes vitales no es lo mismo que verse en la necesidad de irse porque tu país no te ofrece lo que esperas y necesitas, tras haberte esforzado y cumplido tus deberes, lo cual es una irresponsabilidad institucional, teniendo en cuenta la inversión realizada en la formación de los jóvenes, y el importante capital social que perdemos con su salida.

Veremos como transcurren los próximos años, pero si no se conjuga una política social de largo alcance con una reforma laboral, que de opciones de empleos de calidad a los más jóvenes, y que se acabe con la pobreza en el trabajo, habremos fracasado como sociedad, y aunque tratemos de ofrecer, como el buen Sancho, “buena cara a los malos tiempos”, será forzada e irreal.