La crisis ha cogido a la Unión Europea en un momento delicado de su proceso integrador. Aún no dispone de la coherencia precisa y de los instrumentos adecuados para actuar eficientemente como un supraestado federal. Pero la moneda común y las renuncias de soberanía monetaria a favor del Banco Central Europeo impiden ya a los Estados actuar conforme a los métodos tradicionales para sortear los ciclos económicos adversos. Es decir, los países de la Unión no disfrutan las ventajas de un régimen federal como el de los Estados Unidos, pero tampoco pueden disfrutar de los márgenes de autonomía de los vecinos británicos.

Los europeos hemos renunciado a una política monetaria propia, pero la política monetaria común no nos protege de las tormentas especulativas y de las escaladas en el interés de la deuda. Los europeos hemos renunciado a establecer autónomamente nuestros objetivos de déficit y de consolidación fiscal, pero los límites fijados por las autoridades comunes conducen a escenarios inapropiados de recesión y paro.

Los europeos hemos construido un espacio político integrado para que los poderes democráticos se impusieran sobre los poderes globalizados de las finanzas, sin embargo estos poderes de Europa se muestran incapaces de aplicar una tasa sobre las transacciones financieras internacionales que cuenta con el respaldo de la gran mayoría de la población. Los europeos han puesto en común parte de sus políticas económicas para lograr metas de interés colectivo, como el crecimiento económico y la creación de empleo, pero el directorio factual de Merkel-Sarkozy impone recurrentemente las estrategias contraproducentes de radical austeridad.

Una Europa en la que los alemanes cobran por financiarse mientras los demás hemos de pagar intereses asfixiantes no es una Europa viable a medio plazo. Alemania no puede imponer indefinidamente estrategias de contención fiscal, mientras algunos países como el nuestro se desangran con un paro desmesurado. Y los alemanes deberían ser los primeros en reconocerlo.

O Europa cambia o los europeos renunciarán a la Unión. O la Unión sirve para resolver los problemas que angustian a la gente, o la gente volverá la espalda a una aventura que solo reporta beneficios a unos pocos. O la puesta en común se reconduce en clave de eficiencia y solidaridad, o la ola de euroescepticismo será imparable.

Queda una esperanza. Si la socialdemocracia gobierna a medio plazo en Francia y en Alemania, con el respaldo del resto de los socialistas europeos, incluidos los españoles, estaremos en condiciones de reparar el barco y corregir el rumbo hacia una Europa más integrada, más eficiente en las estrategias de salida de la crisis, y más comprometida con la salvaguarda del modelo social europeo en todos sus rincones.