Pero este breve comentario no apunta en esa dirección. El 25 de abril las movilizaciones ciudadanas previstas en Madrid tuvieron una respuesta desmedida, un despliegue policial desmesurado. Había por lo menos 5 policías por cada manifestante. Pero no es ese el elemento esencial de mi reflexión. Sino la intolerable actitud agresiva y de falta de respeto de esos agentes a los ciudadanos. Entre los que nos encontrábamos un número importante de personas que, no participando en esas protestas populares, estábamos a nuestras cosas, y se nos impidió el libre desarrollo de lo que teníamos previsto. Se hicieron tan amplios los llamados círculos de seguridad para blindar el Congreso de los Diputados, que fue mayor el colapso preventivo, que el que se hubiera producido.

No critico, ni responsabilizo a los agentes en su persona, aunque siempre hay algunos que parecen disfrutar con la encomienda. El problema es la Delegación del Gobierno y los mandos policiales que agitan con sus ordenes y mensajes al conjunto de las fuerzas policiales para crear situaciones de desorden, confusión y disturbios que contribuyan a descalificar a los manifestantes y las nobles causas por las que se movilizan. Es intencionado. La actitud provocadora e incluso chulesca de los efectivos represores no busca otra cosa que el gran titular de los medios de comunicación social para atemorizar al ciudadano de a pie y distraerle de los verdaderos problemas que tiene. Quieren hacer realidad aquel refrán español «el miedo guarda la viña».

Pues se equivocan. Con estas actuaciones no nos van a intimidar. Muy por el contrario nos dan razones para decir ¡basta! y exigir responsabilidades políticas.

Me van a permitir que termine estas líneas con un fragmento de la novela escrita por Ayn Rand, titulada originalmente «Atlas Shrugged» y traducida al español como «La rebelión de Atlas”. A pesar de estar escrita en 1950, es difícil no sentirse identificado con el texto en los tiempos que corren:

“Cuando advierta que para producir necesita obtener autorización de quienes no producen nada; cuando compruebe que el dinero fluye hacia quienes trafican no con bienes, sino con favores; cuando perciba que muchos se hacen ricos por el soborno y por influencias y no por el trabajo, y que las leyes no lo protegen contra ellos, sino que, por el contrario, son ellos los que están protegidos contra usted; cuando repare en que la corrupción es recompensada y la honradez se convierte en un autosacrificio, entonces podrá afirmar, sin temor a equivocarse, que su sociedad está condenada.»