1. La amplitud de la victoria republicana se debe en gran parte al fracaso demócrata en movilizar a su electorado, en particular el de las minorías hispana y afroamericana. Los «azules» siguen siendo el partido preferido de estos grupos, pero los porcentajes de sus votantes han disminuido notablemente y, en algún caso, han propiciado el cambio de tendencia. Si en 2012 Obama fue reelegido con más del 70% del voto latino y un porcentaje similar o superior de votantes negros, el comportamiento ahora de estas bases ahora ha sido mucho más discreto. Una participación nutrida de los afroamericanos habría permitido a los demócratas conservar el escaño senatorial en Georgia, Carolina del Norte o Arkansas (Luisiana está todavía por dilucidar); es decir la mitad de los que han perdido. Algo parecido ha ocurrido, pero en este caso con los latinos, en otros estados donde esta minoría resulta crucial. En Colorado, Texas, Nuevo México y Nevada el avance republicanos entre la población hispano-parlante ha crecido de manera preocupante para los demócratas. Si Obama no resuelve el problema de la regularización migratoria mediante la ‘acción ejecutiva’, como dijo en su rueda de prensa post-electoral, no puede descartarse un desastre dentro de dos años.

2. La incomunicación, las desavenencias, la falta de sintonía entre Obama y muchos de los candidatos de su partido ha tenido un efecto devastador. Los esfuerzos de última hora en la campaña no han podido diluir la impresión de que los demócratas, en muchos casos, se habían esforzado en los últimos meses en desmarcarse de la Casa Blanca. Aunque en Estados Unidos las lealtades políticas o de partido no son como en Europa y los candidatos estatales o locales tienen interés en demostrar su autonomía como garantía de una mejor defensa de los intereses de sus votantes, siempre se mantiene una conexión entre los candidatos legislativos y el Presidente. Clinton tuvo que sufrir una desafección notable en los momentos más delicados de su mandato (tras el ‘affair Levinski’), y lo mismo le había ocurrido a Carter mucho antes, aunque por motivos muy diferentes. Pero resulta mucho más chocante en el caso de Obama, porque ninguno de sus antecesores demócratas había alcanzado su capacidad de movilización y entusiasmo entre sus seguidores o simpatizantes.

3. El peso del dinero en la determinación del ánimo electoral se ha vuelto a dejar sentir de forma abrumadora. No sólo por el volumen, que batido nuevamente récords, sino por la estructura. Los denominados ‘super-PACS’, o fondos de financiación electoral vinculados a intereses muy poderosos y organizados han resultado esenciales en la creación de un clima exageradamente negativo, tendencioso y manipulador. Obvio es decir que los republicanos han sido los principales beneficiarios, con los inefables hermanos Koch y el gurú Stephen Law a la cabeza. Otros apoyos más «convencionales», procedentes de las grandes corporaciones, han resultado en extremo sustanciosos. Que no generosos: es de esperar que un Congreso dominado plenamente por los republicanos les «premie» con una legislación especialmente favorable en materia fiscal (ya se habla de una reforma del impuesto de sociedades) o energética (donde los poderosos lobbies del petróleo y el gas se frotan las manos ante la perspectiva de nuevos gasoductos, exploraciones y eliminación de las limitaciones ecológicos).

4. El dinero no sólo ha propiciado una visión distorsionada y engañosa de la realidad del país y de los problemas nacionales. Lo peor es que ha hecho engrasado la campaña más sucia que se recuerda (y las últimas no fueron suaves, precisamente). Con el asunto del Ébola se llegó a límites de vergüenza en Carolina del Norte, por ejemplo, otro estado que los demócratas no debían haber perdido. Algo similar ha ocurrido con la reforma sanitaria o con la regularización de los inmigrantes. La candidata conservadora por Iowa llegó a decir que lleva siempre consigo su pistola para defenderse del gobierno. Los demócratas no han sido ajenos a este juego detestable, pero en mucho menor medida que sus rivales republicanos.

5. El desgaste de la figura presidencial. Éste es quizás el elemento que más se ha resaltado en la mayoría de los análisis. No sin razón. Debe, sin embargo, manejarse la crítica al líder con cautela. Las expectativas que Obama despertó resultaron exageradas, y no poca gente sostuvimos esa opinión. En parte, por la novedad que representaba la llegada de un afro-americano a la Casa Blanca. Pero también por los métodos novedosos de su campaña, la influencia de los modernos sistemas de comunicación electrónica, el encandilamiento de la población más joven. Al final, como se temía, el entusiasmo que se fabricó en torno al «We Can» resultó más frágil de lo que el entramado de eslóganes y trucos dejaba ver. En 2008, la nación estaba aún asustada por los efectos o réplicas del 11-S, desconcertada por un radicalismo neoconservador insensato, decepcionada por una política antiterrorista que erosionó claramente las libertades y la imagen exterior del país y, finalmente, agobiada por la extensión y profundidad de la crisis económica. Sobre esa amalgama de frustraciones, pero también de aspiraciones transformadora erigió el equipo de Obama la amplitud de su éxito. Luego, en 2012, no sin vacilaciones inexplicables durante la misma campaña electoral, supo sacar ventaja de la debilidad e inconsistencia de su rival, de los excesos extremistas de sus rivales y de los primeros indicios de recuperación. Si esto no se la servido ahora para frenar el ascenso conservador ha sido, paradójicamente, porque ha fallado en la que parecía su principal fortaleza. Obama perdió la capacidad de comunicar, de convencer, de seducir al electorado, de explicar sus políticas, pero sobre todo sus cambios de rumbo, de estrategia, de posición. Querer ser conciliador y firme a la vez exige mucha claridad de propósitos y una sólida credibilidad. Al cabo, ambas facultades ya estaban muy mermadas en el Presidente.

6. La rectificación a tiempo de los republicanos en su deriva radical, extremista e irresponsable. No es que el Partido Republicano haya vuelto al centro, pero es cierto que se ha alejado visiblemente del Tea Party, en aparente retirada sin remedio. Aunque su política de acoso y derribo a Obama no se ha suavizado en momento alguno, sus líderes tradicionales han conseguido frenar la verborrea libertaria, anti-Estado o anti-gobierno, con las excepciones antes mencionadas. La dirección republicana ha combinado astutamente la demolición de las principales políticas presidenciales con unas propuestas de colaboración, de diálogo, de gestión responsable. Es previsible que su abrumadora victoria les permita ser generosos y no cometan el arrogante error de humillar al Presidente. Lo hicieron en 2010 y 2011 y lo pagaron caro. Estados Unidos girará a la derecha en numerosos detalles. Pero es de esperar que el aire político resulte más respirable, que los republicanos quieran escenificar acuerdos con la Casa Blanca para demostrar su ánimo constructivo. Obama no lo rechazará, porque no puede definir su legado político apoyándose exclusivamente en los decretos ejecutivos y el veto presidencial. Vienen tiempos de pactos e hipocresía. Puro Washington.