El 89% de las personas que se registraron en 2004 para votar lo hicieron. O, dicho a la inversa, el 11% de los que pensaron en su momento acudir a las urnas se abstuvieron de hacerlo el día de las elecciones.

¿Por qué no votaron 89 millones de norteamericanos? El motivo más aparente puede ser la apatía política, la falta de identificación con el sistema político, por razones que ha explicado aquí el profesor Navarro.

En 2004, el 47% de las personas que no se tomaron la molestia de registrarse para votar admitieron claramente que no les interesaban las elecciones. Quince millones de personas declararon que pasaban de la política. ¿Qué paso con la otra mitad? ¿Por qué no acudieron esos ciudadanos a las urnas?

VOTAR ES UN EJERCICIO COMPLICADO

Las razones son múltiples, por supuesto, pero la mayoría de ellas evidencia importantes deficiencias en el sistema electoral; tan graves que, para algunos estudiosos, constituyen una importante limitación de la democracia norteamericana.

Estados Unidos es el único país entre las democracias occidentales donde el ejercicio del derecho de voto debe validarse mediante un trámite administrativo. Hay que registrarse para votar. Si no se hace, en plazos y condiciones diferentes según los estados, no se puede votar el día de las elecciones. Sólo hay una excepción: Dakota del Norte, un pequeño estado del medio oeste.

Puede alegarse que registrarse, después de todo, no puede ser muy complicado. Pero es o puede serlo, según los casos, al menos lo suficiente como para que se convierta en un obstáculo para votar.

¿Por qué hay tanta gente que no puede registrarse fácilmente?

Las causas explicadas por los propios ciudadanos son variopintas: el 17% dice que se les pasó el plazo o que su voto no cambiaría nada, casi el 4% (lo que indica, en ambos casos, poco interés); más del 5% adujo problemas de movilidad por enfermedad o discapacidad; cerca de un 10% declaró que desconocía cómo registrarse, o que no encontró el sitio para hacerlo, o que no sabía bien inglés. Más relevante es que casi un 7% fuera rechazado por el sistema, principalmente exreclusos o inmigrantes que no consiguen acceder a la ciudadanía.

Un análisis más detallado y minucioso evidencia notables deficiencias en la gestión electoral. Estados Unidos es la única democracia occidental en la que decenas de ong’s se dedican a promover el voto de la gente. No hay algo parecido en Europa. Si lo hacen, es fundamentalmente porque son conscientes de que muchas personas que querrían votar, a las que les interesa objetivamente votar, no lo hacen, no pueden hacerlo, incluso se les desincentiva para que no lo hagan. En la práctica, se les priva del voto. Son los llamados disafranchised citizens.

No por casualidad, esos abstencionistas no necesariamente voluntarios pertenecen a los colectivos menos sumisos con el sistema (como minorías raciales o desfavorecidos sociales).

Asi, por ejemplo, en las presidenciales de 2004….

Votaron más los mejor formados que los que carecían de estudios medios (78 frente al 40 por ciento).

Votaron más los ricos –los que ganaron más de 50.000 $- que los pobres –los que ganaron menos de 20.000 $ (77 frente al 48 por ciento).

Votaron más los empleados que los parados (66 frente al 51 por ciento).

Votaron más los blancos anglosajones (67%) que los negros (60%), que los hispanos (47%) o que los asiáticos (44%). De todos los votantes, en términos absolutos, los blancos anglosajones sumaron el 79%, los hispanos el 11%, los negros el 6% y los asiáticos el 2%.

Cuando se suman dos condiciones sociales agravantes, el efecto abstencionista se refuerza.

Por ejemplo, los abstencionistas pobres son más numerosos si son negros (un 38%) o latinos (28%) que los blancos (18%). Algo parecido ocurre con los blancos o latinos que carecen de estudios superiores con respecto a la misma condición en los blancos anglosajones.

La organización PROYECT VOTE ha calculado que si la tasa de participación de las minorías fuera igual que la de los blancos, votarían casi ocho millones de norteamericanos más. Lo suficiente para haber conformado mayorías políticas distintas en los últimos ochos años.

El primer condicionamiento para votar es la exigencia de la prueba de ciudadanía. Parece un requisito fácil en Europa. Pero en Estados Unidos el 30% de la población no dispone de documento acreditativo de ciudadanía.

Trece millones de norteamericanos carecen de dnis, pasaportes, papeles en regla, certificados de nacimiento, etc. La mayoría de estos poco documentados ciudadanos son pobres. A pesar de este inconveniente, 19 estados han introducido en los últimos dos años la prueba de ciudadanía como requisito imprescindible para registrarse.

Según el Centro Brennan, instituto jurídico vinculado con la Universidad de Nueva York, este requisito es intimidatorio, pero, sobre todo innecesario: en las elecciones de 2002 a 2005, sólo 15 personas (15 de 214 millones) cometieron fraude electoral relacionado con la ciudadanía fue solamente de quince.

El otro fastidio es la obligación de contar con una tarjeta de identificación con foto. Algo universal en Europa. Pero no en Estados Unidos, donde 21 millones de personas en 2006 carecían de ello. Porcentualmente, los latinos duplicaban y los negros triplicaban a los blancos, cuyas tarjetas identificativas no llevaban foto. Lo más irritante es que ninguna Ley federal obliga a la existencia de la fotos, pero 27 estados de la Unión han introducido este requisito en su legislación.

Otras prácticas son más insidiosas. Por ejemplo, lo que se conoce como voter caging. Se trata de una práctica que elimina votantes potenciales del censo. Las autoridades locales envían correos electrónicos a los votantes. Los que devuelvan un mensaje de destino desconocido son automáticamente colocados en una lista de impugnables. No es casualidad que la mayoría de las impugnaciones tramitadas en las elecciones anteriores afectaran a negros y latinos y que el proceso haya sido mayoritariamente impulsado por el aparato de los republicanos.

El argumento más frecuente para mantener todos estos requisitos discutidos por las ong’s es que se trata de evitar el fraude. Pero lo cierto es que el fraude es mínimo: sólo 24 personas fueron procesadas por intento de voto fraudulento en el ciclo electoral 2002-2005.

Paradójicamente, otros factores de fraude no han sido eficazmente afrontados. Todo lo contrario, como veremos a continuación.

EL DEFICIENTE VOTO ELECTRÓNICO

El mayor riesgo de fraude reside en el voto electrónico sin las suficientes garantías de precisión y verificación.

En los estados de Wisconsin, Pennsylvania, Ohio, Florida, Minnesota, New Hampshire and North Carolina, donde se utilizaron medios electrónicos para votar, las encuestas a pie de urnas diferían de forma abrumadora de los resultados oficiales emitidos al término de la jornada electoral. En todos los casos, los resultados finales favorecieron a Bush, por una diferencia entre 4 y 15 por ciento, un margen absolutamente inédito.

En Estados Unidos hay 185,000 colegios electorales y 800,000 aparatos de votación. Un 38% de los votos emitidos por los norteamericanos se emite mediante el sistema de pulsación en pantalla u otros procedimientos electrónicos, a través de las máquinas denominadas DRE (direct recording electronic).

El 80% de los votos son contados y tabulados por computadores. El software de estos programas es secreto y no puede ser objeto de comprobación pública. La fabricación del sistema y de los programas electrónicos de voto depende de muy pocas empresas, que disponen así de un poder de presión considerable.

Según Vote Opening, el 30% de los empleados en las elecciones de 2004 no fueron auditados para comprobar su correcto funcionamiento. El hardware y el software de las máquinas electrónicas de voto no dispusieron de protección contra el ataque de hackers y piratas informáticos, lo que hace temer que pudieran haber habido manipulación e interferencia en el proceso de votación.

El Congreso aprobó fondos por valor de 4 mil millones de dólares para mejorar estos ingenios de voto electrónico. Pero ocho años después, no todas las máquinas electorales de este tipo disponen de la capacidad de emisión de recibos. Ni se ha avanzado lo suficiente en la provisión de garantías de funcionamiento y acceso al hardware y al software electoral.

THE NEW YORK TIMES expresaba este verano sus temores de que las iniciativas legislativas sobre el voto electrónico creen más problemas de los que resuelvan. El diario denuncia que la ley Feinstein-Bennett ha sido condescendiente con los fabricantes de las máquinas electrónicas de voto y con la burocracia electoral, al concederles un plazo demasiado largo –hasta 2014- para renovar sus aparatos y cambiarlos por otros que suministren recibos solventes y acreditados del voto emitido.

Pero, aparte de las sospechas generadas por el proceso electrónico de voto, otras irregularidades han sido denunciadas en las últimas citas electorales.

SOMBRAS DE FRAUDE

En Florida, en las elecciones de 2000 ganadas por George W. Bush, se privó del voto, sin fundamento legal para hacerlo, a 30.000 negros, se infló el censo en algunas zonas. Las endemoniadas papeletas-mariposa indujeron al error en el voto a centenares, quizás miles de votantes. Pero, sobre todo, se interrumpió, por decisión del Tribunal Supremo de Estados Unidos un recuento manual de votos, cuando la distancia entre Bush y Gore se acortaba dramáticamente. Al final, el candidato republicano ganó por 537 votos.

En realidad, Florida es el ejemplo patente de un fracaso de la democracia. ¿Quien no se acuerda de la bochornosa noche electoral de noviembre de 2000?

Votos que no se contaron, votos que fueron a parar a un candidato distinto al que los electores habían señalado, burocracia inepta, mecanismos obsoletos, diseños torpes y manejo interesado y sospechoso del tinglado.

La polémica puso en evidencia algo que algunos expertos venían denunciado desde hace décadas, pero que nadie quería escuchar: la maquinaria electoral norteamericana no funciona bien y, por tanto, es vulnerable a la manipulación, pero no la que puedan realizar modestamente ciudadanos desaprensivos, sino la más perniciosa, la impulsada y orquestada desde distintas esferas de poder.

A pesar del escándalo de Florida, no se tomaron las medidas oportunas para que las irregularidades, torpezas y manipulaciones que sembraron de sospechas la democracia electoral norteamericana no se repitieran. Cuatro años después, en las elecciones presidenciales de 2004, ocurrió justo todo lo contrario. De todos los casos, nos detendremos quizás en el más grave: Ohio.

Centenares, miles de personas de los barrios más humildes de las ciudadanes de Ohio aguardaron hasta ocho horas debajo de paraguas para expresar su deseo electoral. ¿Qué paso? ¿Incompetencia, manipulación, fraude? Hay valoraciones para todos los gustos.

– A pesar de un incremento notable del registro de potenciales votantes, muchos de ellos se vieron privados del derecho al sufragio por razones administrativas poco convincentes.

– Por mala gestión de los colegios electorales, los ciudadanos se vieron obligados a soportar colas de cuatro y cinco horas, bajo la lluvia.

– Algunos colegios tuvieron que cerrar por no disponer de máquinas de voto electrónico.

– A muchos ciudadanos, especialmente de raza negra, más inclinados a votar a los demócratas, se les negó su voto provisional, el que se emite a falta de algún requisito, a la espera de ser verificado su legitimidad. La tasa de rechazo fue superior al 50%, muy por encima de la media habitual en este tipo de operaciones electorales.

– Información confusa y engañosa por parte del Secretario de Estado Blackwell (a la sazón, viceresponsable de la campaña de Bush en Ohio), sobre los lugares de voto de la gente que no podía hacerlo el día de las elecciones, los llamados “votos en ausencia”.

El que fuera candidato a gobernador de Ohio por el Partido Verde, Bob Fritakis, es coautor de un libro titulado “Cómo se robaron las elecciones presidenciales en Ohio”, en el que detalla alguna de estas irregularidades.

Por ejemplo, en la capital del Estado, Columbus, los colegios de los barrios de clara preferencia demócratas no contaron con suficientes máquinas electorales, lo que provocó hasta siete horas de cola para votar, con el consiguiente abandono de los votantes. Responsables de la administración electoral reconocieron que el Condado de Franklin 68 máquinas no se instalaron y otras 77 dieron problemas de funcionamiento. Esta escasez de aparatos se repitió en otros distritos con fuerte presencia afroamericana e hispana, más inclinada hacia los demócratas. A pesar del incremento de cien mil votantes registrado en el censo, hubo menos máquinas a disposición de los electores. La participación en estos colegios fue de algo más del 52%.

Mientras, en los colegios de tendencia republicana, no faltaron las máquinas, no hubo tantas colas y la participación superó el 76%, una diferencia del 25%. En otros lugares de Ohio donde no hubo problemas con las máquinas (por ejemplo, Cincinnati) la diferencia de participación entre los colegios de mayoría republicana y demócrata rondaron el 10%.

Un estudio del Washington Post indicaba que seis de los siete distritos con menos máquinas votaron a Kerry, mientras 27 de los 30 distritos con más máquinas votaron a Bush. Ninguno de los funcionarios que estuvieron en los colegios de los barrios latinos sabía español y las instrucciones solo estaban en inglés.

Otra de las prácticas más polémicas fue la campaña de impugnaciones puesta en marcha por el Partido Republicano en barrios populares de las ciudades de Ohio, donde la mayoría era afroamericana o latina, inclinada a votar a los demócratas. Basándose en la excusa de que muchos de sus envíos de propaganda electoral habían sido devueltos, iniciaron una agresiva campaña que cuestionaba la capacidad de elección de muchos ciudadanos que figuraban en el censo, extendiendo la sospecha de que habían cambiado de domicilio.

Kerry concedió la victoria a Bush, que ganó oficialmente por sólo 118.000 votos. Pero los demócratas presentaron una reclamación que afectaba a más de 150.000 votos. ¿Qué hubiera pasado si se hubiera actuado con rigor en la gestión de las reclamaciones? La polémica decayó sorprendentemente en los medios de comunicación, pero algunos periodistas dijeron “off the record” que habían recibido instrucciones de sus empresas de olvidarse del asunto.

Hasta que la congresista por Ohio Tubb Jones, recientemente fallecida, se decidió a dar el paso, el día de Reyes de 2005 y provocó un debate parlamentario. Pero sus compañeros del Capitolio, con alguna excepción, no se atrevieron a apoyarla.

A muchos sorprenderá saber que el fraude tiene una larga tradición en las elecciones norteamericanas. El periodista británico Andrew Gumble, testigo de las chapuzas de Florida se puso a investigar históricamente el fenómeno y ha dejado escrito un inquietante libro con el inequícovo título de “Steal this vote” (“Roba este voto”).

Las organizaciones cívicas promotoras del efectivo derecho de voto temen que el esperado incremento de participantes en estas elecciones presidenciales creen un problema nuevo: la saturación de los recursos oficiales.

Es muy probable que en los colegios electorales escasee el personal administrativo, que no haya funcionarios que sepan ayudar a votantes no anglo-parlantes, que de nuevo falten máquinas en distritos poblados por minorías, que muchos votantes se encuentren con que su derecho a votar ha sido impugnado por alguien a quien desconocen, o que su nombre no aparece en la lista por algún problema inesperado.

Las ongs vigilantes con la limpieza electoral antes mencionadas están denunciando estos días inquietantes maniobras en Virginia, en Florida, en Ohio y en otros estados reñidos. Como ya ocurrió en 2000 y 2004, se están detectando disfunciones en el registro de votantes, purga del censo y supresión del derecho de sufragio de potenciales votantes.

Habrá que esperar a comprobar si las cautelas adoptadas y algunas reformas reclamadas por los medios más responsables y la sociedad civil organizada consiguen superar la sombra de sospecha que permanece enquistada en el proceso electoral norteamericano.