El tipo de conflictividad socio-laboral de la que venimos, y que aún persiste poderosamente en nuestra retina histórica, acabó estructurándose e institucionalizándose a través de influyentes sindicatos y partidos de raíz obrera (socialdemócratas, comunistas, etc.), así como mediante otras organizaciones corporativas, que dieron lugar a que los diferentes intereses en presencia se encontraran razonablemente representados e integrados en la vida política.

El ajuste institucional y de representación que se alcanzó en las sociedades industriales en sus últimas etapas no debe hacernos olvidar, no obstante, que en sus orígenes y su desarrollo no todo fue fácil ni pacífico. Inicialmente se produjeron no pocos estallidos violentos ante condiciones de trabajo especialmente injustas e inhumanas. Incluso algunos trabajadores y viejos artesanos reaccionaron al principio con ira destructora ante unas máquinas que ellos pensaban que les estaban “quitando” su trabajo, como hicieron los célebres “rompedores de máquinas”.

Las injusticias, las grandes desigualdades y los propósitos extremos de dominación y subordinación también han dado lugar en la historia a no pocos estallidos de violencia, desde las guerras de religión, hasta las revueltas campesinas, los levantamientos de siervos y esclavos, etc. Por lo tanto, resulta un poco ridículo ver cómo ahora algunos se sorprenden y se hacen de nuevas ante los estallidos de ira que están dándose últimamente, como los que han asolado varias ciudades y barrios ingleses durante este verano. Por mucho que algunos se empeñen, lo cierto es que no se trata sólo de manifestaciones de delincuencia saqueadora, sino de algo más profundo. De hecho, de las más de tres mil causas abiertas en el Reino Unido por los disturbios sólo un 42% son por robo o hurto. El resto fue pura violencia.

En realidad, nuestras sociedades tienen en estos momentos un problema de “inflamabilidad” que se conecta con el desarrollo de un nuevo modelo de integración-exclusión social que no es el mismo que se daba, hasta hace bien poco, en las sociedades industriales, en las que la oferta de trabajo era bastante amplia y en las que la gran mayoría de los jóvenes tenían bien trazados unos itinerarios de integración e incorporación social. Para formar parte de la sociedad, los jóvenes tenían unas vías de acceso a determinados estatus sociales y a unos modos de vida acordes con sus eventuales esfuerzos, motivaciones y cualificaciones. Todo lo cual proporcionaba agarraderas vitales y anclajes sociales razonablemente seguros: tener un trabajo y una profesión no sólo proporcionaba unos ingresos para vivir de acuerdo a los estándares establecidos, sino que brindaba todo un haz de referencias identitarias y formas de relación y de posicionamiento social. Y también permitía acceder a una vivienda, formar una familia, tener unas ideas y creencias compartidas y, de alguna manera, sentirse mínimamente seguro e integrado.

Sin embargo, en nuestras sociedades estos esquemas de trabajo e integración han saltado por los aires, y gran parte de los jóvenes se encuentran como arrojados ante una situación de vacío social, de desarraigo y de exclusión que responde en gran parte al cambio del viejo orden societario y, sobre todo, a la carencia de un suficiente número de nuevos puestos de trabajo razonablemente integradores, seguros y bien remunerados. Ahora, los sistemas productivos emergentes ya no requieren, en sí, de tantos puestos de trabajo y son, precisamente, las nuevas generaciones las que están sufriendo directamente el corte situacional. Además, todo ello se encuentra agravado por una crisis económica a la que no se ve fin ni solución.

El problema del paro juvenil masivo y de la precarización se conecta con otros problemas de alejamiento y exclusión social y ciudadana que están dando lugar a un tipo de “sociedades divididas”, donde grupos muy numerosos de jóvenes piensan que no cuentan y que están siendo maltratados y situados en posiciones secundarias y sin horizontes adecuados. Por eso, cunde la falta de sentido de integración y el debilitamiento de motivaciones, con sus efectos correspondientes en los sistemas educativos y en los ambientes sociales, donde se extienden los descreimientos y los patrones de comportamiento poco respetuosos con los valores y los mecanismos del orden social establecido. Lo que muchos jóvenes sienten es que se ha roto el “contrato social básico” y que, si la sociedad no cumple con ellos dándoles unas oportunidades y brindándoles un puesto social adecuado, y equiparable a la prosperidad general de sus países, ellos tampoco tienen por qué cumplir con la sociedad.

En este contexto de actitudes, expectativas y situaciones es donde hay que ubicar e interpretar los conflictos que actualmente se están produciendo, y que no se sabe muy bien cómo podrán evolucionar en el futuro si no hay cambios importantes en nuestras sociedades. De momento, lo que puede constatarse es que existe un malestar profundo y diversificado, que el clima social es inflamable en muchos lugares y que basta que se encienda una chispa para que estallen los conflictos y cundan las manifestaciones de ira social entre unos sectores de jóvenes –e incluso no tan jóvenes– que a veces no saben cómo dar rienda suelta a sus incertidumbres y sus frustraciones sociales y vitales. Se trata en gran parte de personas y generaciones que sienten que no se les brindan oportunidades adecuadas y que no tienen futuro, o que tienen un mal futuro, y que no se encuentran “embridados” por mecanismos creíbles y verosímiles de integración social. Lo cual resulta especialmente peligroso e inestable.

Los diferentes tipos de conflictos que estamos viendo en unos y otros países obedecen a diferentes singularidades y patrones de comportamiento, pero casi todos ellos se conectan con situaciones similares de frustración, deterioro y falta de horizontes de futuro. En París estallaron los barrios de la periferia en un tipo de revuelta con ciertas resonancias políticas y sociales. En Grecia las protestas estudiantiles iniciales desembocaron en huelgas generales y conflictos recurrentes que primero se llevaron por delante al gobierno conservador de Nueva Democracia y en pocos meses quemaron por completo al gobierno socialdemócrata de Papandreu, que había ganado las elecciones con amplísimo respaldo. Antes se habían conocido los motines de Los Ángeles y los disturbios en varias ciudades de México, Brasil y otros lugares. En los países del Norte de África las revueltas, inicialmente con fuerte presencia juvenil, acabaron con regímenes aparentemente asentados, al tiempo que en los últimos meses se han visto grandes manifestaciones de jóvenes indignados en múltiples ciudades europeas, mientras que en España el Movimiento 15-M tomaba las plazas y las calles durante muchos días y en Chile las revueltas estudiantiles acabaron adquiriendo una dimensión global.

¿Por qué se extrañan, pues, algunos de lo que ha sucedido este verano en el Reino Unido? El problema es que determinados líderes políticos y sociales no se quieren enterar de lo que está pasando en nuestras sociedades y lo que está ocurriendo con las nuevas generaciones y otros sectores especialmente débiles y vulnerables de nuestras sociedades. No se trata sólo de los barrios y los sectores con menos ingresos, sino que las tendencias emergentes afectan también, como hemos analizado en varios de los libros y estudios del GETS, a las clases medias, conformando nuevos modelos de pertenencia social y nuevas problemáticas de exclusión y alienación que están haciendo especialmente inflamables –como habíamos anticipado y ahora se está constantado– los ambientes de las sociedades tecnológicas avanzadas de nuestro tiempo.

En determinados países, y en algunos casos y sectores, las revueltas y protestas pueden ser especialmente violentas y destructivas, en otros en cambio pueden ser más pacíficas y potencialmente más articuladas políticamente; en tanto que en otros lugares pueden llegar a poner en cuestión los regímenes establecidos. Pero en todos los casos se trata de manifestaciones de conflictividad propias de un nuevo tipo de sociedades en las que, de manera más o menos soterrada o explícita, anidan importantes componentes de malestar y de falta de integración social y de articulación cultural y vital. Sólo el tiempo nos dirá cómo puede evolucionar todo esto.