La experiencia nos dice que para lograr un cambio de Gobierno en España es preciso combinar dos factores al menos. El defensor del título ha de sufrir una fuerte deslegitimación social, y el aspirante debe identificarse con una expectativa ilusionante de futuro. No serán pocos los que den por cumplida la primera condición, a pesar de que Zapatero ha argumentando con convicción y con rigor a favor de la pertinencia de sus políticas contra la crisis. Pero, con toda seguridad, serán muchos menos los que, tras escuchar el discurso de Rajoy, sin una sola propuesta en positivo, puedan expresar una confianza movilizadora en las capacidades desplegadas por el PP para solucionar los problemas más acuciantes de la sociedad española.

De manera muy clara y por vez primera, el Gobierno ha hecho autocrítica de su gestión en la crisis y ha reconocido las limitaciones serias que sufre para plantear estrategias alternativas. “Me arrepiento de no haber pinchado antes la burbuja inmobiliaria” que causó el monocultivo en nuestro modo de producción y el endeudamiento masivo, ha subrayado Zapatero con acierto. Aunque también es verdad que el Gobierno socialista impulsó la reforma de la ley del suelo de 1998, del PP, responsable en buena medida de la eclosión ladrillera.

Y ha dicho algo más: “Nuestra gestión ha estado condicionada por el principio de la realidad, porque el mercado de deuda está sujeto a opinión, pero la obligación de pagar la deuda no es opinable”. El Presidente se ha manifestado a favor de muchas de las recetas que se reclaman desde la izquierda, desde una mayor regulación de los mercados financieros, hasta la aplicación de un fiscalidad global progresiva, gravando las transacciones monetarias y castigando la especulación. Sin embargo, como él mismo reconoció, se trata de medidas que requieren de un consenso internacional inexistente y de una aplicación global más que improbable. Y mientras tanto, cada día, sin faltar uno solo, hay que vigilar la prima de riesgo y acudir a esos mercados espurios para que nos sigan prestando el dinero que necesitamos.

Zapatero ha reivindicado la lealtad a los principios de la socialdemocracia en sus políticas. Ha gobernado en el contexto de una crisis que provocaron otros, ha evitado el colapso de nuestra economía con las herramientas limitadas de que disponía, aplicó recetas keynesianas mientras quedaron recursos para sostenerlas, y cuidó siempre de preservar las políticas de protección social para los más vulnerables. Este último aspecto queda probado con el aumento global de las pensiones mínimas (27% en seis años), con la cobertura record al desempleo (70%), con la duplicación de las becas, con la renta mínima de emancipación, con la ley de la dependencia… ¿Había margen para más? Sí, pero hasta los más críticos tendrán que reconocer que el margen, ha sido muy, muy estrecho.

El Presidente ha defendido con convencimiento su reforma en las cuentas públicas, porque sin austeridad no hay solvencia; su reforma financiera, para sostener el sistema crediticio; su reforma de las pensiones, para garantizar la viabilidad hoy y mañana; su reforma laboral, para impulsar la creación de empleo estable; su reforma de la negociación colectiva, para mejorar la competitividad de las empresas y los derechos de los trabajadores; su reforma en los transportes, para ganar en eficiencia económica y en calidad de vida…. También ha apuntado nuevas medidas para aliviar el drama de las hipotecas impagadas, incluso para responder a las demandas “indignadas” de más y mejor democracia.

Y es verdad que queda muchas reformas importantes por hacer: la reforma fiscal progresiva, la reforma para la racionalización de las administraciones públicas, la reforma de la energía suficiente y sostenible, la reforma para la apuesta industrial, la reforma para consolidar el Estado de Bienestar…. Pero estas otras reformas habrán de ser parte del nuevo programa socialista para una nueva etapa, y le corresponderá a Alfredo Pérez Rubalcaba su articulación, su defensa y, confiemos, su aplicación desde el Gobierno.

Y el PP, mientras tanto, ¿qué? Esperando. Pero si todo va como en el último Debate de la Nación, puede que esperen en balde. Porque esto de cambiar gobiernos no se gana en una siesta. Esto tiene un trámite.