Hace varias semanas un reputado profesor de Sociología me comentaba, a la luz de los resultados en las elecciones vascas, la facilidad con la que la dirección del PSOE había pasado en poco tiempo de una política de diálogo con ETA, a una estrategia de confrontación que había conducido nada menos que a dejar al brazo político de ETA fuera del Parlamento y a la emergencia de una mayoría no nacionalista en la Cámara vasca. Es decir, se había pasado del blanco al negro rápidamente, sin mayores dificultades de presentación pública, y además con notable éxito en los resultados. Lo cual supone que los ciudadanos aceptaron el cambio de estrategia y lo respaldaron con sus votos. Posiblemente el comportamiento electoral se explica en buena medida porque previamente se había podido constatar abiertamente que la actual cúpula de ETA no estaba dispuesta a dar pasos razonables hacia nuevos planteamientos alejados de la violencia terrorista. De hecho, la bomba que hicieron estallar en el aeropuerto de Barajas fue un portazo rotundo a la política de negociación, que posibilitó que el gobierno cambiara totalmente, como lo más natural, hacia una política contraria, que ahora se ha traducido en una correlación de fuerzas completamente nueva en el Parlamento vasco.

La aceptación por la mayoría de la opinión pública de la primera estrategia se explica en buena medida por la sencilla razón de que tal tipo de conversaciones también habían sido intentadas por los gobiernos de Suárez, de Felipe González y de Aznar y, por lo tanto, no parecía que Rodríguez Zapatero intentase algo diferente. A su vez, la aceptación –y el éxito– de la segunda estrategia se explica, en gran parte, precisamente por el fracaso de la primera; aunque lo cierto es que hay que reconocer que hasta el presente ningún gobierno había sido capaz de llevar hasta sus últimas consecuencias el giro de 180 grados. Y es posible que esta capacidad de decisión también haya sido premiada por algunos electores.

Por supuesto se pueden poner otros ejemplos recientes de este tipo de derivas de dualización o “geminización” estratégica; por ejemplo, en nuestros días cada vez es más frecuente encontrarnos a analistas y a líderes políticos que ayer clamaban contra la intervención del Estado en economía y que hoy no dejan de clamar en sentido totalmente contrario. A veces los cambios de uno a otro lado se producen con tanta rapidez y facilidad que muchos ciudadanos no acaban de entender cómo es posible que en política sea tan sencillo “tener dos caras”.