Si se decidió empezar la casa por el tejado, fue por el horror al vacío estratégico que la súbita caída del Muro de Berlín y la subsiguiente disolución de la Unión Soviética provocaron en los líderes de Francia y Alemania, el eje de adversarios históricos sobre el que gravitaba el proyecto europeo desde sus inicios. Francia, probablemente prefirió enquistar ese liderazgo bicéfalo ante su inexorable decadencia económica con respecto a su vecino germano. Para los alemanes, la cuestión era sobre todo política y por qué no decirlo, de seguridad nacional. En efecto, tal como se infiere de sus debates parlamentarios, con la moneda común se eliminaba el riesgo bélico entre los socios de la eurozona y al mismo tiempo se “ocupaba” de manera inocua y barata, su tradicional zona de influencia; es decir: Europa central, que había quedado al descubierto tras la debacle comunista. Pero además, el rendimiento económico paralelo iba a ser espectacular. Para empezar, ya la costosísima fusión de las dos Alemanias, que impidió la avalancha inmigratoria de Alemania Oriental a costa de incrementar el paro y reducir el crecimiento, hizo saltar el Sistema Monetario Europeo y acabó obligando al conjunto de socios comunitarios a compartir las cargas de la unificación. Por si esto fuera poco, al crearse el euro, los alemanes eliminaron para siempre la competencia de las periódicas devaluaciones francesas, españolas e italianas, y esto les ha permitido crecer durante años, a pesar del persistente estancamiento de su consumo interno, a base de duplicar su superávit exterior, gracias a no cumplir con la obligación de activar su demanda doméstica y compensar así, la indefensión político-económica de aquellos de sus socios que “tiran” de sus exportaciones dentro de la eurozona. Sin duda, ese proceder no encaja con lo que debe ser un área monetaria óptima y justa.

Aún sin contar con su descarado predominio en el BCE o su actuación de “perro del hortelano” en la crisis griega, queda pues claro que Alemania no ha dado hasta ahora la talla como líder de la eurozona e incluso parece insistir en utilizarla para sus intereses particulares, con Francia de comparsa gesticulante. Pero cambiemos ahora de tercio y recordemos que una moneda se defiende sobre todo, con los cañones. Ahí, la estrechez de miras es aún más obvia; bastará con remitirnos al reconocimiento unilateral alemán de Croacia y sus consecuencias devastadoras en los Balcanes o a su desentendimiento absoluto del conflicto libio; decisión esta última que allanó el camino para que el jefe del gobierno turco, referencia clave para las “Primaveras Árabes” y único líder que ha plantado cara al Sionismo radical, convirtiese las ansias de protagonismo norteafricano del Presidente Sarkozy en puro aspaviento. Sólo faltaría que China, que precisa exportar ahorro, inundase la panza mediterránea de Europa con préstamos baratos a larguísimo plazo y en “yuanes”, que permitiesen a sus economías ribereñas, recomponerse sin tanto sufrimiento. Entonces, usando las palabras acuñadas por Emma Bonino, Europa se convertiría en una zona geográfica sin relevancia y el Euro decaería sin remedio, si es que su implosión no llega antes.