El último acto de la interminable tragedia griega no sólo exhibe las tensiones del proyecto de Syriza, como pretenden algunos analistas de los medios más en sintonía con el sistema de poder político-financiero. También pone en evidencia la debilidad del liderazgo europeo y las contradicciones generadas por las políticas de austeridad. La crisis griega es una crisis europea, se quiera o no. Los condicionantes financieros imponen su lógica a las visiones políticas, que, en un caso como éste, deberían afirmar su prevalencia.

No se trata de concesiones a una cierta demagogia, como la cohorte de tecnócratas, agentes de los intereses acreedores y otros ‘sabios’ pretenden explicar. Grecia tiene que hacer frente a sus responsabilidades y el nuevo Gobierno ha de asumir que algunas de sus promesas preelectorales son difíciles de cumplir, o de conseguir que se conviertan en realidad. Tsipras debía saber que, por mucho que sus argumentos hubieran conquistado el corazón de sus atribulados compatriotas, las resistencias a sus planteamientos y propósitos de los acreedores y de la potente armada que representa la troika (CE, BCE y FMI) iban a ser así de duros.

Hay cierto teatro político en esta aparente radicalización de la posición de Tsipras. El primer ministro griego tiene razón en muchas de las cosas que dice. Su discurso de defensa de los más desfavorecidos por las políticas de austeridad y su apuesta radical por la democracia como expresión de la voluntad de la mayoría no tienen réplica decente. Pero sólo es una parte de la historia. No se trata de resignarse ante los grandes poderes, sino de elegir la estrategia adecuada para extraer concesiones y ventajas, cuando se es consciente de la debilidad propia.

El propio Tsipras airaba en la oposición su escepticismo sobre el respeto de los grandes poderes europeos hacia los valores que su partido defendía. Prueba de este ‘realismo’ es que el primer ministro griego comenzó su gestión exhibiendo una actitud más dialogante, más negociadora, menos combativa. Eso le costó algo más que un conato de rebelión en Syriza y la apertura de una brecha que se ha transmitido al conjunto del electorado. El resultado es paradójico: las críticas de los radicales de su partido arrecian y, sin embargo, las encuestas indican que los griegos apoyan más ahora una solución negociada con sus acreedores e instituciones europeas (1).

LA HIPOCRESÍA EUROPEA

Dicho esto, resulta un tanto hipócrita por parte de las instituciones europeas que se cargue exclusivamente sobre el Gobierno griego la responsabilidad del atasco actual. Un ejemplo palmario de esta impostura lo constituye un reciente estudio del FMI sobre el efecto de las políticas de austeridad en la prolongación de la crisis. Firmado por cinco economistas seniors (2), el estudio confirma el cambio de posición apuntado ya el año pasado, o incluso antes, cuando el fracaso de las políticas de austeridad, fanáticamente defendidas por este organismo durante décadas, ya resultaba inocultable.

La conclusión es clara: el aumento de la desigualdad constituye un impedimento mayor para la recuperación económica. Si los gobiernos quieren apostar por el crecimiento, deben adoptar políticas de apoyo para el 20% más desfavorecido. No es sólo una cuestión de justicia social, sino de eficacia económica. El estudio considera demostrado que cuando crecen los recursos de ese 20% se produce crecimiento económico global; cuando ocurre lo contrario, el PIB decrece. La tesis reaganiana y thatcheriana del ‘tricledown‘ (es decir, que la riqueza de los de arriba termina filtrándose hacia abajo en la escala social) se ha demostrado del todo falsa. ¿Tanto tiempo han tardado en advertir semejante evidencia? El FMI ha necesitado una crisis histórica y una recesión pavorosa para admitir el daño ocasionado.

Lo terrible es que Europa, pese a la reciente retórica de apuesta por la combinación de rigor y crecimiento, no ha sido capaz de salir de este círculo vicioso. El propio FMI admite que la cacareada liberalización del mercado de trabajo (y su corolario político, el debilitamiento de los sindicatos) sólo ha servido para reforzar la prosperidad de los más ricos (el 10% de la población global). Y, sin embargo, a los griegos se les sigue exigiendo más de lo mismo, como parte del acuerdo de refinanciación de la deuda.

MALESTAR Y POPULISMO

Este fracaso europeo no se debe exclusivamente a la falta de talento de los actuales líderes de la Unión. Ni siquiera a la carencia de fórmulas para afrontar el desafío. Sobre la crisis griega planea, como un fantasma real (valga la expresión), el clima agobiante del malestar social ante la prolongación de la crisis. Ocho años después, Europa, por mucho que se quieran sobrevalorar las tímidas mejoras macroeconómicas, sigue estancada. Los colectivos sociales más perjudicados por la situación no perciben alivio.

Este pesimismo social constituye un caldo de cultivo para opciones extremistas. De momento, su auge se ha limitado a fogueos electorales, a votos de protesta. El verdadero peligro de las fuerzas populistas extremistas no es que puedan acceder al gobierno -que tampoco es descartable-, sino que su mensaje ha calado. Hasta el punto de obligar a los partidos conservadores del sistema a adoptar algunas de sus recetas. Por lo menos, en las proclamas y programas electorales. Está ocurriendo en Francia, con la lepenización de Sarkozy, o en Gran Bretaña, con el discurso de alejamiento de Europa adoptado por Cameron por presión del auge de los euroescépticos del UKIP. En Alemania, la dureza de Merkel hacia el sur ha servido de antídoto, pero a costa del repliegue de su liderazgo activo en Europa. (3).

La última ‘victoria’ de la extrema derecha europea ha sido la constitución de un grupo propio en el Europarlamento. Hasta ahora, la pulsión de ese nacionalismo intrínseco y las ambiciones personales lo habían impedido. Todavía no se ha logrado la unificación total, debido a la aspereza de los británicos o a la imposible asimilación de los más extremistas (como los neonazis griegos o húngaros) pero el proceso sigue en marcha.

La ‘colonización’ del mensaje político de la derecha europea por esta presión ultra no es el único elemento inquietante. En la izquierda, se percibe desconcierto. La emergencia de grupos populistas afines al modelo de Syriza es ya imparable, al menos a corto plazo. Los dirigentes de la socialdemocracia han pasado de despreciarlos a buscar fórmulas de colaboración, incluso en responsabilidades de gobierno. El caso de España puede ser pionero. El gran riesgo es que un eventual fracaso de de las opciones progresistas radicales o de la convergencia de izquierda puede abrir la puerta al tirón definitivo de la ultraderecha. Un escenario años 30 no debe ser tomado a la ligera.

(1) «Alexis Tsipras and the Debt Negotiations. Why Greece Will Cave-and How». GEORGES TSEBELIS. FOREING AFFAIRS, 2 de Junio.

(2) «Pay low-income families more to boost economic grothw, say IMF». THE GUARDIAN, 15 de Junio.

(3) Sobre el papel limitado de Alemania en la actual crisis europea reflexiona Jochen Bittner, editor político del diario DIE ZEIT, en un artículo titulado «Por qué Alemania no puede liderar Europa, que reproduce esta semana THE NEW YORK TIMES (17 de Junio).