Según la Oficina Europea de la UE, Eurostat, en la Eurozona el número de parados ascendía a más de diecinueve millones, y en el conjunto de la UE a más de 26 millones. En términos porcentuales, el paro en Europa no ha variado desde abril de 2013, y en términos interanuales (de noviembre de 2012 a noviembre de 2013) el paro en la zona euro aumentó en casi medio millón de personas. En lo que respecta a España, la derecha opta por basar su optimismo sobre todo con los datos del paro registrado, que en efecto descendió a lo largo de 2013 en unas 150.000 personas y en 107.000 en diciembre. Se trata de cifras positivas ya que sería el primer año de los últimos siete en los que se reduce el desempleo. Pero que hay que tomar con cautela esta medición, porque la Encuesta de Población Activa (EPA) es más fiable al ser una muestra estadísticamente representativa de la población y no un registro administrativo, y porque como se ha dicho en artículos precedentes una caída del paro es producto no solo de que haya más personas con trabajo (si ése fuera el caso) sino también de disminuciones en la población activa, ya sea por desánimo de algunos trabajadores sin empleo, ya sea por la emigración. Máxime teniendo en cuenta que Eurostat cifra el paro en España en poco más de seis millones de personas, referido a noviembre de 2013. Con todo, es probable que la próxima EPA referida al último trimestre del año pasado refleje una mejoría, pues no es habitual que esta herramienta y el paro registrado se muevan en direcciones opuestas, aun cuando las magnitudes son obviamente diferentes. El leve repunte del empleo en 2013 se puede deber al buen comportamiento del sector exterior como resultado de la reducción de los costes laborales unitarios consecuencia de la moderación salarial, aun cuando la reforma laboral también ha destruido mucho empleo al facilitar y abaratar el despido.

Desde la perspectiva de la economía neoclásica el desempleo es un problema individual, no de la sociedad en su conjunto, y en cualquier caso su solución pasará simplemente por permitir un libre ajuste de la oferta y demanda de trabajo, como si fuera un mercado de productos más. De este modo, el desempleo se reducirá siempre y cuando los salarios bajen lo suficiente como para que el empresario esté dispuesto a contratar. De ahí que los economistas ortodoxos siempre han sido contrarios al salario mínimo (en cuanto que impide el ajuste a la baja de los sueldos). Del mismo modo estos economistas han mantenido posturas antisindicales en tanto en cuanto las organizaciones representativas de los trabajadores presionan para pactar colectivamente remuneraciones y condiciones laborales, impidiendo de este modo el libre ajuste hacia abajo de los salarios.

Este análisis, sin entrar en lo que supone de concepción de la sociedad en cuanto al individualismo darwinista que transpira, pierde de vista elementos macroeconómicos de importancia que ya tuvo ocasión de recordar Keynes hace muchas décadas en su crítica a la escuela económica neoclásica. En primer lugar, el trabajador es además consumidor de bienes y servicios. La caída indiscriminada de los salarios, pudiendo llevar en el límite a lo que Marx denominaba el salario de subsistencia, conlleva una pérdida de poder adquisitivo de la clase trabajadora o asalariada en general. Dado que la clase rentista dedica una proporción menor de su renta al consumo que el resto de la sociedad, la depresión continuada de los salarios conducirá a un problema de demanda agregada de la economía, salvo que el país en cuestión lograra compensar el bajo consumo interno con el gasto público o las exportaciones. Asimismo, los keynesianos siempre han reconocido que los precios en el mercado de trabajo no se ajustan tan rápidamente como en el mercado de productos: aun cuando no existan sindicatos ni salario mínimo, los salarios no varían diariamente sino que se pactan en contratos cuya duración impide el tipo de ajuste que imaginan los neoclásicos para llegar al pleno empleo por la vía de la depresión salarial.

El Gobierno del Partido Popular ha orientado su política claramente de acuerdo con la receta neoclásica, no pudiendo compensar la caída del consumo de las clases populares y medias más que con el dinamismo de las exportaciones, al no existir tampoco margen de maniobra para utilizar el gasto y la inversión públicas para generar puestos de trabajo. Con esta orientación, cabe dudar que se logren reducciones sustanciales del desempleo en España en los próximos años.