La controversia pública entre deudores y acreedores en Grecia esconde debates de fondo sobre el futuro de Europa que van mucho más allá de un conflicto financiero puntual. En torno a la crisis griega se está dilucidando la propia naturaleza del proyecto de construcción europea.

¿Ha de ser Europa tan solo un espacio para el libre comercio y la libre circulación de capitales? ¿O queremos que Europa sea también un espacio de ciudadanía compartida para el progreso común? La alternativa a la austeridad fracasada, ¿ha de llegar desde la apelación a un neo-nacionalismo populista o ha de venir desde el tradicional reformismo socialdemócrata?

Cada día resulta más evidente que la derecha europea ha renunciado al ideario pro-europeo de los padres fundadores Adenauer y Schuman, y comulga ya de forma concluyente con los planteamientos más neoliberales y euroescépticos, desde los discursos en Gran Bretaña hasta la práctica cotidiana en Alemania, Francia y los países ricos del norte continental.

La pregunta es la siguiente: ¿A quiénes interesa una Europa limitada al libre mercado? ¿Quiénes pueden sentirse identificados, cómplices o partidarios de una Europa que solo busca el beneficio del capital, que provoca desigualdades crecientes en su seno, y que ignora las dificultades de sus socios más vulnerables?

La derecha europea pretende que ser europeo equivalga tan solo a facilitar las operaciones financieras y comerciales de los grandes conglomerados empresariales del norte, al tiempo que se establece un cordón sanitario para que las consecuencias sociales más inconvenientes se queden tan solo en el sur, y que allá se las apañen sus sufridores.

Esta visión de Europa defiende la articulación de instrumentos comunes para asegurar la vigencia del negocio común que beneficia a unos pocos, al tiempo que esgrime la soberanía nacional para justificar las limitaciones drásticas para el ejercicio de solidaridad que se reivindica desde las poblaciones más perjudicadas por el sistema.

Pero, ¿a quiénes interesa esta Europa? ¿Cuánto tiempo podrá mantenerse si los interesados son pocos? Quienes nos apuntamos al proyecto europeo desde el sur geográfico y desde la izquierda ideológica lo hicimos para compartir metas de progreso común y herramientas de solidaridad para alcanzar esas metas.

El horizonte del progreso común requiere de un demos propio en Europa, y de cierto grado de soberanía compartida, y de cierta unidad política y social para hacer digerible la unidad mercantil y monetaria, y de cierta solidaridad expresada mediante la mutualización de las deudas y la activación de planes comunes para asegurar una vida digna a todos los europeos, por ejemplo.

¿Qué hay de todo esto? ¿Y qué diferencia hay entre el nacionalismo económico de Merkel y el nacionalismo populista de Tsipras? ¿Acaso la una o el otro defienden algo que vaya más allá del “qué hay de lo mío”?

La salida definitiva de la crisis económica y la continuidad del sueño de la Europa del progreso común no vendrá ni del nacionalismo economicista liberal ni del neo-nacionalismo populista.

Hoy, solamente el reformismo socialdemócrata, en el sur al menos, mantiene vivo el proyecto de una Europa comprometida con los valores de la solidaridad y la justicia social, más allá del dinero y de las banderas nacionales. Pero este proyecto tiene aún pendiente su formulación práctica, coherente y movilizadora, frente a neo-liberales y neo-populistas. Este es el reto.