Lo más inmediato es la designación, cuanto antes, de la nueva cabeza del ejecutivo comunitario (la Comisión). Como ya se había anunciado, a falta de un resultado contundente que dibujara un candidato incontestable (nunca se pensó que lo hubiera), el Consejo ha hecho lo que se temía: agitar el Tratado de Lisboa para reclamar el derecho a intervenir con prelación en la designación del Presidente de la Comisión. Merkel (¿podía ser otro?) dejó claro que el Parlamento no puede arrogarse en exclusiva tal prerrogativa y defendió al desvaído Van Rompuy (presidente formal del Consejo, pero más bien un Secretario del organismo) «para que inicie las consultas».

En la Eurocámara, el envite de Merkel, aceptado por sus colegas con más o menos disgusto o entusiasmo, ha provocado una respuesta inmediata: se ha invitado a Jean-Claude Juncker, el candidato más votado, a que inicie las negociaciones para formar una mayoría parlamentaria, como rezan los principios políticos básicos de las democracias liberales, los mismos que se exige a los países que quieren incorporarse al club. Cameron, escoltado por el húngaro Orban (por cierto, del PPE, pese a sus pronunciamientos impresentables recientemente desgranados aquí), segó las opciones de Junker, conservador como él, pero poco estimado por sus planteamientos «federalistas» en la construcción de Europa. La división en el espectro no progresista de la Eurocámara no es óbice para que todas las familias del centro y la derecha disfruten de la hegemonía política en ‘los 28’.

AUTOCRÍTICA… ‘MA NON TROPPO’

En cuanto al análisis de los resultados, se aprecia una preocupación indisimulada, pero también un esfuerzo por convencer a esa mayoría electoral templada (más de la mitad, aún) de que no hay motivos, aún, para la alarma.

Nuestro presidente del gobierno, que tiene una tendencia contumaz a proclamar que el vaso sigue medio lleno, aunque se haya vaciado de forma considerable, encabeza el exiguo grupo de los menos asustados. Con especial énfasis minimizó Rajoy el impacto del resultado al resaltar que desde el centro (derecha o izquierda) se vive mejor y hay más prosperidad.

En realidad, el rasgado de vestiduras ha sido proporcional al daño recibido. El socialista Hollande desgranó el discurso más encendido, agitando el fantasma de un Frente Nacional crecido y amenazante. Lógico. Si en algún país han sido significativas las elecciones, ése ha sido Francia. El derrumbe de los partidos tradicionales de gobierno (PSF y UMP) ha sido aún mayor que en España, con el agravante de que la fuerza adquirida por los ‘críticos’ allí es mucho mayor: el Frente Nacional, con un 25%, resultó ser el partido más votado. El voto anti-sistema francés, por concentrado y por decantado (responde a un proceso largo y no a un brote ocasional) es mucho más amenazante que en cualquier otro país europeo.

Le sigue en dimensión Gran Bretaña. La situación creada allí por las elecciones adquiere tintes paradójicos. Si Merkel frunce el ceño, Rajoy encoge los hombros y Hollande hace sonar la alarma, Cameron se apunta al aspaviento y apenas refrena el impulso de pasarse, ya sin ambages, al discurso euroescéptico para salvar su carrera y la su partido. Fieles a la costumbre ‘tory’, el primer ministro británico ni siquiera acepta el consenso con sus correligionarios. La decisión de apartarse del Grupo Popular europeo en 2009 constituyó un mensaje de disgusto por la excesiva intromisión de unas instituciones comunitarias dominadas por ese centro-derecha ‘federalista’. Con un lenguaje corporal inequívoco, el ‘blando’ Cameron acusó este lunes a Europa de pretender ser «demasiado grande, demasiado autoritaria y demasiado entrometida». Los tories siempre han amenazado con abandonar Europa, incluso cuando no existiera un partido que defendiera sin complejos tal opción. Ahora que ya es una realidad atronadora, el riesgo es más tentador que nunca. El líder de la UKIP, Nigel Farage, no acepta estas lágrimas de cocodrilo de los conservadores, a quienes ven como oportunistas que pretenderían apuntarse ahora a caballo ganador.

UNA ‘VICTORIA’ SIN RECORRIDO INMEDIATO

Pero si difícil va a resultar la gestión de este ‘tirón de orejas’ electoral, no menos complicada se antoja la digestión de la ‘victoria’ (avance) de los minoritarios. Desde los márgenes más derechistas, la euforia con que éstos han vivido sus alentadores resultados no será suficiente para construir un frente contra el ‘establishment’ centrista. Frente Nacional, UKIP, Partido del Pueblo (danés), Liga Norte, FÖP austríaco, los finlandeses antiinmigración, los neonazis alemán y griego… y el resto de esa miríada que contempla Europa con mirada más hostil que crítica es improbable que puedan reunirse en un grupo parlamentaria homogéneo. Las lindezas que se dedicaron Le Pen y Farage en campaña o el fracaso previo de una candidatura común ya anuncia que, como corresponde por otra parte a su naturaleza, cada cual se encerrará previsiblemente en sus estrechas visiones nacionales y excluyentes.

Desde la izquierda, la incorporación de SYRIZA y de PODEMOS refuerza al grupo parlamentario que reprocha a los socialdemócratas su tibieza y entreguismo a las exigencias de la austeridad, la insensibilidad frente a los auténticos perdedores de la crisis y la parálisis ante la respuesta básicamente tecno-burocrática de la Unión Europea. Pero, como suele ocurrir, su voz, por oportuna y refrescante que sea, a corto plazo reforzará más a la derecha antes que estimular o espolear a los socialistas.

Como resumen de esta primera reacción de los líderes, volvamos a Hollande. El presidente francés rozó el patetismo cuando dijo en esta «cumbre de la autoflagelación» que «Europa no podía seguir así», por «incomprensible», por «lejana», etc. Pocos días antes, le había encargado formar gobierno en Francia y encabezar un programa de gestión a Manuel Valls, a quien sus propios compañeros perciben como el más cercano de todos ellos a las soluciones neoliberales. El escogido por Hollande para «rectificar» ha intentado convencer a las huestes socialistas de que no es lo mismo austeridad que rigor. Ya se ha visto el resultado. Por si alguien piensa en un cambio de rumbo en París, Valls dijo la misma noche del desastre que una de las respuestas obligadas al «seísmo» sería una nueva bajada de impuestos.