Europa vuelve a recuperar el debate de los valores. Después de ocho años capturados por elementos como déficit, deuda, equilibrio presupuestario, gasto público, prima de riesgo y un largo etcétera, de repente los mismos líderes que han justificado su gestión sobre esos imperativos llevan al primer plano de la atención pública los valores. La Europa oficial relega lo técnico y prioriza lo humano. Cuidado con esta transformación del discurso. Es engañosa.

Lo que este verano ha modificado la prevalencia del discurso europeo en favor de un énfasis más humano ha sido la acumulación, en las fronteras europeas, de personas huidas es de zonas de conflicto(s). Así, en plural: conflictos bélicos, en algunos casos, más inmediatos, y conflicto(s) permanentes (pobreza, miseria, represión), no excluyentes entre sí. Sin embargo, lo que ha venido en llamarse «crisis de los migrantes o de los refugiados» no ha ocurrido de repente ni, por supuesto, puede considerarse como un fenómeno en modo alguno nuevo. Más intenso, desde luego, y también en parte por ello más publicitado en los medios.

A muchos ha sorprendido que el motor de este cambio de discurso haya sido el más imprevisto. Alemania ha asumido el liderazgo de una solución humana, después de ocho años de una implacable frialdad supuestamente técnica en el afrontamiento de la crisis económica y social que ha dejado a Europa en su peor situación desde la recuperación de posguerra.

El triunfo político alemán a costa de Grecia y de quienes confiaban en que la crisis griega abriera una brecha definitiva en la tiranía de la austeridad tuvo un alto precio en términos de relaciones públicas. La imagen de Alemania en Europa, ya deteriorada, alcanzó mínimos históricos. Lo que coincidió, llamativamente, con un debilitamiento del apoyo interno de la Canciller, que se vio cuestionada por parte de los suyos, curiosamente por percibírsele cierta debilidad, al no haber apostado por la expulsión griega del euro.

FIERAMENTE HUMANA

Los cientos de miles de migrantes propiciaron una oportunidad inesperada a Merkel para mutar de villana en hada madrina de la solidaridad. Un huido sirio resultaba menos oneroso que un pensionista griego. Y más rentable. En la exhibición compasiva de la Canciller han pesado consideraciones humanitarias, seguramente. Materiales, también. Alemania necesita mano de obra para compensar un déficit demográfico inquietante. El entusiasmo de la patronal germana hacia estos potenciales trabajadores en estado máximo de necesidad (y mínimo de exigencia) tiene menos que ver con la compasión que con el cálculo empresarial.

Un segundo factor de rentabilidad para Merkel ha sido la posición ejemplarizante de fuerza. La crisis no sólo le ha brindado la oportunidad de demostrar que en el lado izquierdo del dorso tiene corazón y no una calculadora. También le ha permitido sermonear elegantemente a sus socios europeos remisos, remolones o directamente esquivos. Después de afirmar su superioridad en el rigor, ahora gana también la batalla de la compasión. Vence en el terreno técnico y en el de los valores.

Frente a esta ofensiva ideológica y publicitaria, la izquierda europea, o las izquierdas, han reaccionado subsidiariamente. La socialdemocracia, en su línea de hace ya tiempo, ha asumido un papel seguidista y subsidiario. Las opciones emergentes radicales, rebasadas en su propio terreno, han doblado la apuesta, promoviendo iniciativas de solidaridad-plus, a veces poco realistas o dudosamente arraigadas en la mayoría social. Ése es el peligro cuando las propuestas políticas se desplazan de lo racional a lo emocional.

La mala noticia es que esta oleada solidaria puede abocar en un cierto desengaño. La pretensión alemana de que todos arrimaran el hombro ya apunta hacia el fracaso. Es poco probable que Merkel sea capaz de doblegar la renuencia justamente de aquellos países donde Alemania parecía ejercer una hegemonía sin contestación desde el derrumbamiento de los regímenes comunistas. En la propia sociedad germana brotan los síntomas de incomodidad. En Baviera, el partido local de la confederación democristiana empieza a hacer oír su voz discrepante. La extrema derecha se sacude la tentación de la mala conciencia. Cuando la fatiga mediática de la compasión aparezca, se confirmará el cambio de política.

EL DESENCANTO DEL POSCOMUNISMO

En esa apelación a los valores, se lee estos días que el malestar húngaro, polaco, eslovaco o checo (también báltico) ante la acogida generosa de migrantes o refugiados se debe en parte a que en las sociedades de estos país no han arraigado aún los principios éticos occidentales. Cuarenta años de autoritarismo, se asegura, han dejado un poso escéptico.

El argumento es tramposo. La reticencia en esos países al fenómeno migratorio tiene mucho que ver con sus condiciones socio-económicas y materiales. La prosperidad que se vendió a la población de esos países se ha convertido en desigualdad, otras formas de corrupción y una fachada de consumismo sólo para disfrute de los ganadores. La triada venturosa de la libertad, la democracia y el libre mercado no ha repartido dividendos por igual.

Y en relación a los valores, el desarme ideológico que liquidó todo lo que sonara a socialismo y a políticas públicas tuvo dos beneficiarios directos. Primero, la Iglesia: no la compasiva, sino la ferozmente conservadora, la que afirma los valores cristianos frente a la amenaza islámica, por ejemplo. Segundo, a veces en convergencia con el púlpito, la extrema derecha nacionalista, xenófoba, reaccionaria. Los partidos de izquierda han recuperado posiciones de forma ocasional, más como reacción al desencanto que como portadores de un modelo alternativo sólido y eficaz. Solo si se ignoran estos elementos puede sorprender la conducta de estos países en la crisis de los refugiados.

UN TAL CORBYN

Y en este discurso de recuperación de los valores, aunque desde posiciones diferentes, puede entenderse el triunfo arrollador de Jeremy Corbyn en la contestación laborista en Gran Bretaña. El asunto es relevante, porque supone el primer toque de atención serio en una socialdemocracia europea replegada, asustadiza y defensiva. Lo que Corbyn plantea ya lo expusimos cuando se perfilaba su victoria, al comienzo del proceso electivo. La confirmación de su victoria, en este final de verano bajo una intensidad emocional elevada, debe abrir o recuperar la reflexión. Ni el entusiasmo que el fiasco de Syriza ha dejado en evidencia, ni un despectivo pronóstico de fracaso del nuevo líder laborista son aconsejables. Se impone un debate serio, sin sectarismos. La izquierda debe demostrar que también tiene valores. Que están vigentes y que no están enfeudados a la piadosa compasión o a los trucos publicitarios.