Lo vemos continuamente en cómo los políticos intentamos hacer titulares, frases originales, mensajes sencillos y simples, extremismos y radicalismos que generan confrontación. No importa tanto qué se dice, sino cómo; ni qué contenido, sino qué resultado. La política se ha convertido en una puesta en escena mediática, y gana aquél que sale mejor en las fotos.

Eso lo ha entendido hace tiempo el PP; por eso, su preocupación es plantear debates puramente demagógicos, electoralistas, o muchas veces, interesados que, aunque generen consecuencias imprevisibles y negativas, resultan llamativos y mediáticos (tema burka). Pero para que la maquinaria electoral funcione, es importantísimo que todos sus militantes, del primero al último, digan lo mismo: la misma consigna, el mismo argumento, el mismo titular. Aunque uno piense lo contrario.

Discrepar no está permitido en el interior de un partido político, que se ha convertido en una organización más bien eclesiástica que seglar, donde las razones individuales quedan eliminadas por el “bien del partido”. Por eso, me reconforta profundamente cuando veo que sigue existiendo en el PSOE la capacidad de razonar, discrepar, opinar, y ser leal dentro de la conciencia de cada uno.

Para que en un partido político la individualidad exista y sume es imprescindible que los medios de comunicación crean en ello. Una cosa es la algarabía, el “gallinero” o la indisciplina, y otra muy distinta, la conciencia política. Hay que saber mantener el equilibrio entre la disciplina de grupo y la libertad de opinión. ¿Acaso podemos creernos que en organizaciones tan grandes todo el mundo piensa lo mismo de forma uniformada e irracional? Lo que ocurre es que ante las opiniones divergentes nos asustamos y relanzamos el mensaje de “unidad inquebrantable”.

¿Cuántos militantes del PP piensan que el caso Gürtel es una sinvergonzonería y que el comportamiento de figuras como Aguirre o Camps son ética y políticamente deshonestas (probablemente también lo sean judicialmente)? ¿Quién sería más leal a la organización: quien dice honestamente lo que piensa o quien mantiene un silencio férreo? ¿Quién es más leal a un partido político: quién se ha aprovechado de él y ahora hay que protegerlo o quién decide limpiar internamente la corrupción caiga quien caiga?

Por eso, me reconforta saber que no todo el mundo en el PSOE piensa uniformemente lo mismo (ejemplo Antonio Gutiérrez), que hay capacidad de decirlo públicamente, de asumir disciplinadamente la discrepancia, y de que la dirección del partido permita la expresión de individualidades. Me reconforta saber que existe la conciencia y se permite. Aunque desgraciadamente sea una desventaja electoral lo que es una ventaja democrática y ética.

Un partido político no puede ser menos democrático en su fuero interno que la sociedad a la que representa. Un partido político no puede ser sólo apariencia y sloganes electorales, ni consignas y notas de prensa.

Lo que lamento es que todavía en la balanza electoral la apariencia pese más que la conciencia, la impostura más que la razón, la disciplina férrea más que la discrepancia, la falta de democracia y el autoritarismo más que la suma de opiniones. Porque son valores profundamente conservadores que atontan a la opinión pública y alejan a la ciudadanía de confiar que la política es algo más que un “juego de políticos”.