Más allá del dato del 20,8%, que en sí mismo resulta ilustrativo del nivel de pobreza relativa en nuestro país y de las consecuencias que ha tenido la actual crisis económica, resulta significativo que el 36,7% de los hogares españoles declaren no tener capacidad para asumir gastos imprevistos (habiendo aumentado en 2,7 puntos en tan sólo un año) y que tres de cada 10 hogares manifiesten que llegan a fin de mes con dificultad o con mucha dificultad. No en vano, el ingreso medio neto anual por hogar ha disminuido en 2010 un 2,9% respecto a 2009 y asciende a 25.732 euros.

Son las familias numerosas (41,8%), seguidas por las integradas por una persona de 65 años o más (41%) y las monoparentales (36,7%), donde hay más necesidades básicas no satisfechas, alternándose desde hace varios años en el segundo puesto las monoparentales y las de las personas mayores.

La pobreza es una realidad que se trata de invisibilizar, quizá por su fuerte componente estigmatizador y por constituir una derivación perversa de nuestro modelo social. Sin embargo, es un fenómeno más que evidente, a la luz de la situación en la que viven actualmente en nuestro país cerca de diez millones de ciudadanos, habiendo surgido nuevas estrategias de supervivencia y retornado otras, más propias de otros momentos de nuestra historia.

Las colas en los comedores públicos y en los centros que proporcionan recursos sociales; la afluencia de personas que al cierre de los supermercados y grandes superficies hurgan en las basuras, buscando su comida diaria; el menudeo de raterillos de medio pelo que hurtan en establecimientos de alimentación productos de primera necesidad, para venderlos con posterioridad como estraperlo a precios asequibles; la mayor presencia de limpiabotas en las principales calles de las grandes ciudades españolas; las innumerables estatuas humanas que alegran con su ingenio a los viandantes que transitan por las principales urbes, a cambio de una pequeña recompensa económica; las personas anuncio que pasean por zonas comerciales con llamativos carteles publicitarios a sus espaldas; los “gorrillas” que se encuentran por doquier; los músicos callejeros y los vendedores ilegales, son ejemplos que ponen de manifiesto cuál es el alcance de la pobreza dentro de nuestras fronteras.

Pese a esta elevada tasa de pobreza y la tendencia al alza en el año 2010, el gasto social en España (20% del PIB en 2007) se encuentra por debajo de la media de los países de la Unión Europea (26,2%) y alejada de Francia (30,5%) o Suecia (29,7%). Por ello, la cobertura social tiene capacidad de reducir el riesgo de pobreza en tan solo cuatro puntos (del 25% al 20,8%), a diferencia de lo que ocurre por ejemplo en Suecia donde se calcula que la fuerte inversión pública en políticas de bienestar social conlleva una disminución de 17 puntos (del 29% al 12%).

Por tanto, es necesario que en España se incremente el gasto social. Esperemos que cuando retomemos esta problemática, que conlleva tan altos costes humanos, se haya producido un cambio de escenario y seamos un buen ejemplo de buenas prácticas en materia de prevención y actuación frente a la pobreza y la exclusión social.