Pero está permitido extrañarse de la indecisión de los Jueces. Tres años llevan ya con un tema, desde luego urgente y serio, y no alcanzan a ponerse de acuerdo, es decir, a formalizar en su seno una mayoría de criterio, aunque dependa del voto de calidad de su Presidenta. Cualquier novato diría que, desde luego, esto demuestra que la decisión que se tome, sea cual sea, no goza de la aureola de impecable interpretación que una Constitución exige, ni de infalibilidad. Y no queremos volver sobre la circunstancia de que algunos de los jueces que van a decidir o han decidido deberían desde bastante tiempo haber vuelto a sus ordinarias ocupaciones. Si el Tribunal hubiese empezado a desarrollar su actividad en el contexto político actual a lo mejor ¡ni siquiera se había designado el primer juez!

Pero este tema no debe esconder otros debates en torno a nuestra querida Constitución. Desde hace años, vuelve con insistencia el tema de la reforma del Senado, de la norma sucesoria al Trono, de la Ley electoral, del Estado de las Autonomías….

¿Por qué este estancamiento? Todos lo sabemos. Porque nuestra Constitución en su sabiduría ha decidido que cualquier decisión que la concierna debe estar avalada de tal forma que suponga que los dos Partidos más importantes, los únicos que pueden aspirar a gobernar, se pongan de acuerdo. Esta decisión en tiempos constitucionales era absolutamente necesaria… Pero entonces los debates eran a tres o cuatro bandas y no a dos. Y los dos Partidos más importantes (para ser objetivo, digamos que la culpa es desde luego del PP) no están dispuestos en ponerse de acuerdo ni siquiera para cambiar una coma. De haber tenido en 1977 unas representaciones parlamentarias como las de hoy todavía estaría en gestación nuestra Constitución. En 1978 se adoptó una Constitución de consenso para dejar atrás la conflictividad entre las dos Españas. A diario estamos administrando la prueba que esta histórica y desastrosa realidad de las dos Españas no ha desaparecido, al menos en la boca y las decisiones de algunos políticos, al contrario de la opinión ciudadana. Así que para reformarla podemos esperar a que nuestros nietos lo vean.

Pero, ¿hay que reformar la Constitución? Quizás la palabra «reforma» sea excesiva. ¿Por qué no hablar de «mejorar» o «actualizar»? La integración europea ha supuesto una seria reforma, y nadie ha protestado. Yo creo que si a diario se habla de la Constitución, cuando ésta debería ser la norma que empapa nuestra vida diaria sin enterarnos, sin convulsiones, es que algo no funciona bien. ¿Qué hacer?

Hoy por hoy, las condiciones para cualquier reforma la hacen inalcanzable. ¿Por qué entonces no ser pragmático y buscar un consenso constitucional sobre la adecuación del sistema de reforma constitucional? Por ejemplo, dando más oportunidades a la voz del pueblo. El sistema actual está muy cercano al de la Constitución de la II República. Ya sabemos cómo ésta fue «reformada».