En el documento se reconoce que no se percibió adecuadamente la naturaleza del problema que se estaba gestando porque se asumía la creencia de que los mercados financieros iban a ser suficientemente sólidos. Es decir, que simplemente se dio por buena la creencia que los economistas ortodoxos propagan sin cesar gracias al apoyo de la banca y las grandes empresas que los financian.

También se admite que no se percibió correctamente el riesgo que se acumulaba en el sistema financiero y que no se prestó suficiente atención a la supervisión para haber evitado la propagación o contagio de la crisis. Esto es, que se hizo la vista gorda ante los desmanes de los bancos para poder dejar que acumularan beneficios a sus anchas.

Se reconoce así mismo que los economistas del Fondo no fueron capaces de reconocer la magnitud de los problemas ni la urgencia de las respuestas que había que darle y que no se entendió que los desequilibrios constituían un verdadero riesgo sistémico. O sea, que no se preocuparon ni siquiera de leer a quienes mantienen posiciones distintas a su credo neoliberal, a quienes simplemente desprecian, a pesar de que éstos han demostrado haber sido capaces de analizar muchos mejor lo que estaba ocurriendo y de prever lo que se venía encima mientras que los ortodoxos se limitaban a quitarle importancia a los hechos.

Las razones que el propio Fondo da para explicar que se produjesen esos errores tan graves en la detección y tratamiento de la crisis son igualmente claros y se basan en reconocer que predominó lo que el documento llama el «pensamiento de grupo». Es decir, el sectarismo y la ceguera intelectual que tantos economistas críticos venimos denunciando desde hace años como propios de la economía ortodoxa y que sencillamente consiste en que para quienes la defienden no hay otro pensamiento ni análisis que no sea el que reafirma sus posiciones y creencias.

Se trata de una enfermedad intelectual sumamente arraigada y que no solo es propia de los economistas del Fondo. Ellos, al menos, lo acaban de reconocer. Entre nosotros están los famosos economistas reunidos en torno a FEDEA, defensores en líneas generales de exactamente las mismas posiciones y principios intelectuales «de grupo» que los del Fondo, financiados justamente por ello por la banca y las grandes empresas, y en cuyos escritos puede comprobarse paladinamente que sufren su mismo mal aunque en nuestro caso no sean capaces de reconocerlo: el desarrollo de un mismo pensamiento cerrado que nunca contempla tesis que contradigan las que interesa a sus financiadores que sostengan, lo que incluso materialmente se manifiesta en la ausencia de referencias bibliográficas o de consideraciones analíticas que sean distintas a las propias, y que es la manera más segura, como ahora reconoce el propio Fondo Monetario Internacional, de alejarse de la verdad en lugar de acercarse a ella.

Finalmente, el texto del Fondo reconoce que lo que hizo que se produjeran esos fallos de análisis fue «un débil régimen de gobierno interno, la falta de incentivos para integrar el trabajo de las distintas unidades y plantear opiniones contrarias, y un proceso de revisión que no lograba atar cabos o asegurar que se siguieran todos los pasos necesarios». Algo sencillamente sorprendente y escandaloso en una institución que cuenta con recursos prácticamente ilimitados y que alardea de disponer de los mejores economistas y directivos del mundo. Una circunstancia que una vez más demuestra que las anteojeras ideológicas de la economía convencional pesan mucho más que los grandes títulos y las autoalabanzas que se da a sí misma con la ayuda de los poderes financieros que la sostienen.

Hay que reconocer que el hecho de que el Fondo haya publicado un documento de este tipo reconociendo meridianamente su incompetencia es algo valioso pero no se puede aceptar que eso baste para dejar las cosas como están.

Hay que tener en cuenta que el Fondo ha seguido manteniendo prácticamente el mismo piloto automático que lleva utilizando desde hace años a la hora de proponer políticas en plena crisis y mientras que se detectaban estos fallos. Y que este empeño ha tenido y sigue teniendo consecuencias muy graves en países enteros.

Si un documento realizado por la propia institución reconoce de modo tan flagrante su inoperancia y su incapacidad para ver lo que sucede en la economía a dos palmos de sus narices, uno realizado por expertos independientes iría más lejos y descubriría lo que de verdad hay detrás de esa incompetencia: el servilismo ante los grandes poderes financieros y ante los intereses de Estados Unidos, la falta de sustentación científica de las políticas que se proponen, la arbitrariedad con que se imponen y, lo que es más importante, el daño material que se ha hecho a millones de personas.

Cuando el propio Fondo reconoce lo que está reconociendo, se hace cada vez más urgente que la comunidad internacional se plantee la necesidad de juzgar su actuación y establecer responsabilidades. No se está hablando solo de simples errores de apreciación intelectual sino de la continua justificación sin más base que la de favorecer a los grandes poderes de políticas que han provocando y siguen provocando millones de muertes, el empobrecimiento constante de seres humanos y la ruina de países enteros para favorecer le beneficio de una minoría reducida de privilegiados.

Hay que empezar a tratar el comportamiento del Fondo Monetario como lo que efectivamente es, un crimen orquestado contra la Humanidad.

La comunidad internacional y los pueblos han de dejar de ser indiferentes al daño económico que se produce intencionadamente y a la complicidad de los organismos y autoridades que lo permiten. La economía financierizada y especulativa de nuestro tiempo, convertida en una actividad simplemente al servicio del beneficio de los poderosos, destructora de empresas creadoras de riqueza, de empleo y de bienestar es el peor arma de destrucción masiva hoy día existente y la población mundial debería empezar a declararle la guerra, como en realidad está ocurriendo, aunque se quiera revestir de otros motivos, en los países del norte de Africa, o en Islandia.