Hace escasos días, los máximos dirigentes de la comunidad internacional se reunieron en Italia para buscar soluciones a la crisis alimentaria en ciernes. En el desarrollo del foro organizado por Naciones Unidas se puso de manifiesto que entre las causas subyacentes al desabastecimiento alimentario cabe señalar también la actividad de ciertos fondos de inversión muy relevantes. Sabedores de las constricciones de oferta que han producido las sequías, los cultivos de biodiesel y los problemas de gestión agrícola en Zimbawe y Birmania, estos gestores de grandes fondos afilaron sus dientes. Una vez constataron además las tensiones de demanda que producían economías emergentes como China o India, se lanzaron sobre la presa. Otra apuesta especulativa en los mercados de futuros, otro negocio rápido y limpio para unos pocos, y otro desastre para millones de seres humanos en forma de hambruna, enfermedad y muerte.

Los fondos de inversión mantienen estrategias de actuación constantes, pero diversifican territorios y sectores de actividad. Algunos de ellos son como las plagas de langosta: llegan, arrasan y vuelan. Dinero fácil y a toda velocidad, sin que importen las consecuencias. Salvando las distancias con los dos ejemplos globales antes citados, uno de estos fondos ha recalado recientemente en Madrid. De la mano del Gobierno regional del PP y a través de la empresa Capio, ha entrado a saco en la gestión de los servicios sanitarios privatizados. Hospitales, centros de especialidades, centros de atención primaria, intervenciones quirúrgicas, pruebas diagnósticas… ¿quién dijo que la enfermedad era un mal negocio? Los fondos que manejan Capio están haciendo buena caja todos los días. Eso sí, a costa del deterioro progresivo de la calidad en la asistencia que se presta a los sufridos ciudadanos madrileños.

La globalización de flujos financieros y liberalización absoluta en el mercado internacional de capitales han creado un monstruo. Y el monstruo puede acabar por desestabilizar el sistema económico mundial y devorarnos a todos. Algunos de estos fondos disponen de más recursos que muchas economías nacionales. Una simple decisión adoptada en una opaca gestoría financiera de Wall Street puede poner en jaque la economía y el empleo de los que dependen cientos de millones de personas. Estas entidades han asumido un poder extraordinario, que utilizan para obtener beneficios extraordinarios… sin ningún tipo de control.

Cada día resulta más evidente la necesidad de transformar la organización de las Naciones Unidas y las grandes instituciones internacionales como el FMI o el Banco Mundial en un auténtico gobierno mundial. Si hemos decidido dar vía libre a la globalización del capital, hemos de asegurarnos que se globalizan también los criterios de actuación y los instrumentos de que dispone el conjunto de la Humanidad para que el interés general prevalezca sobre la tentación de la rapiña entre unos pocos.