Es curiosa que esta percepción del sesgo mediático en contra de Sarkozy olvida el férreo control que el presidente saliente ha intentado ejercer en los medios públicos. Como en España, la derecha neutraliza a la radiotelevisión pública y la pone firmemente bajo su control, pero en realidad reserva sus favores y preferencias a los medios privados. Las privilegiadas relaciones de Sarkozy con los grandes colosos mediáticos franceses como Bouygues, Lagardère o Dassault le ha permitido un apoyo bastante claro del primer canal de televisión generalista (TF-1) y su filial de noticias en continuo (LCI), de una de las cadenas de radio con más influencia política (Europe-1), de la revista de mayor circulación (Paris-Match) y del diario conservador más tradicional (Le Figaro).

LA PARADÓJICA DEBILIDAD DE LOS MEDIOS

Más interesante sobre el comportamiento mediático en la campaña resulta la entrevista en LE MONDE con el sociólogo Jean-Louis Missika. Su diagnóstico es que “los medios se han mostrado más débiles y menos prescriptores” durante la (larga) campaña presidencial. Es particularmente interesante su análisis de la cobertura mediática del principal de los eventos políticos clásicos (las elecciones). Missika considera –con razón- que los periodistas carecen de fuerza para imponer una agenda informativa de las elecciones, porque, entre otras cosas, la complejidad y carestía de la cobertura ha hecho que los estados mayores de los candidatos ‘privaticen’ la imagen de sus patrones; es decir, que “produzcan sus propias imágenes. Una imagen limpia, estándar, significativa y controlada”.

Este juego mediático está cargado de trampas fatales para el ejercicio de la profesión. El acceso al patio trasero, oculto para el gran público, tiene su morbo, pero comporta contrapartidas. El periodista necesita sorprender cada día. Olvida lo esencial y se concentra en lo llamativo. Juega a crear la imagen de los candidatos, cuando en realidad, se limita a transmitir el producto de laboratorio que efectúan sus equipos de campaña.

Naturalmente, hay excepciones e imprevistos. O mejor dicho, hay productos que resultan y otros que no. El de Sarkozy, en esta ocasión, contrariamente a 2007, no ha sido favorable. Missika cree que se debe a la propia personalidad del presidente saliente, “quien ha hecho de la imprevisibilidad una estrategia”.

¿Error de Sarkozy o cansancio de la sociedad francesa, batida por el desencanto de la crisis? Un poco de todo. Sarkozy se impuso a Segolène Royal hace cinco años en el terreno de la imagen, de la exposición pública. Entonces, era un aspirante. Y jugaba con la simpatía de quien se enfrenta a una élite que nunca lo aceptó y que ahora se regocija con su anunciada caída en desgracia, su liquidación política. Frente a su elaborado perfil de hombre hecho a sí mismo, hijos de inmigrantes húngaros, ‘outsider’ en la política, ajeno al pedigrí de los ‘enarcas’ (la Escuela Nacional de Administración, vivero de la clase política dirigente francesa durante décadas), la candidata socialista de entonces proyectó una imagen rígida, distante, poco empática con su propia base social, como atenazada por la pretensión de parecer apropiada para el puesto, agobiada por la responsabilidad en ciernes.

Ahora es bien distinto. Sarkozy sigue presentándose como un hombre sencillo que habla directamente al pueblo, sin mediaciones ni compromisos externos (las élites, si se trata de sus rivales conservadores; los sindicatos, en el caso de su adversario socialista). Pero ya no llega de fuera: es el Presidente. Ha ejercido el poder y se ha servido de él a conciencia. No puede explotar su ‘virginidad’, su ‘limpieza’ (los casos de corrupción lo han sepultado en las encuestas de valoración), su credibilidad se ha convertido en oportunismo (demasiados cambios de opinión en apenas días o semanas).

LA (PEN)ÚLTIMA OPORTUNIDAD

El debate del jueves por la noche era una de las pocas ocasiones que le quedaban a Sarkozy para provocar ese ‘shock’ que podría invertir la tendencia y forzar una ‘foto-finish’ el domingo. En realidad, los debates casi nunca desestabilizan una situación política. Entretienen más que clarifican. Contribuyen al circo político y reservan un pequeño espacio a la sorpresa, de ahí el encanto que suscitan en políticos y periodistas. Y ésta no ha sido una excepción.

Sarkozy eligió el ataque, la confrontación directa, buscando quizás un error de bulto de su rival o la pérdida de su habitual templanza, etc. Hubo tensión en algunos momentos, pero el candidato socialista se mantuvo por lo general dentro del guión de confrontación de programas y exposición de su alternativa diferenciada. Sin embargo, no eludió el choque con Sarkozy, sobre todo en los reproches de carácter personal. En el cuerpo a cuerpo, Hollande no pareció tan cómodo, aunque sus réplicas no carecieron de contundencia.

Curiosamente, las referencias a España como ejemplo poco conveniente para combatir la crisis también provocaron cierta tensión entre los candidatos. Sarkozy quiso comparar la Francia de Hollande con la España de Zapatero, por la afinidad ideológica de ambos dirigentes políticos. Pero el líder del PSF le recordó a Sarkozy que él afeaba su política de oposición poniendo de ejemplo a Zapatero como “buen socialista». Hollande, temeroso de permanecer demasiado tiempo en terreno resbaladizo, se zafó acusando a Sarkozy de irse al exterior para eludir responsabilidades sobre su gestión de la crisis.

Los momentos más tensos se vivieron cuando Sarkozy acusó a Hollande de “mentiroso” y ”calumniador”, en dos ocasiones, una de ellas a propósito del impuesto sobre las grandes fortunas, que el presidente negó con vehemencia haber suprimido. El candidato socialista le replicó que a falta de argumentos, no perdía ocasión de “mostrarse desagradable”. Cruce de palabras crudas, más buscado por Sarkozy que por Hollande, que salió indemne de la última prueba mediática. Salvo sorpresa mayúscula, será el próximo Presidente de la República francesa.