Cuando finalmente se debía resolver la votación para dirimir el liderazgo del partido para la ‘travesía del desierto’ que supone para la derecha francesa pasar a la oposición, la tensión acumulada durante meses ha estallado con una virulencia notable. En un primer recuento, se dio ganador a Copé por menos de 100 votos. Fillon mostró su desacuerdo, presentó unas reclamaciones, que no fueron atendidas, se desataron gruesas manifestaciones, se pidió la mediación de Alain Juppé, fundador del partido antecesor de la UMP y compañero de viaje del ex-presidente Chirac. Tras el fracaso de Juppé, se hizo público un nuevo conteo que tomaba en cuenta unas agrupaciones no contabilizadas, y la ventaja de Copé se amplió a casi un millar. Los partidarios de Fillon montaron en cólera y su jefe de filas, después de una discreta reunión con Sarkozy, pidió repetir las votaciones y amenazó con una doble medida: una demanda judicial y la formación de un grupo parlamentario propio.

Copé, envalentonado por su incrementada ventaja y quizás sintiéndose respaldado por el propio Sarkozy, con el que también habló a principios de semana, ha decidido hacer valer el poder del aparato que dirige, ofrece una mano tendida más bien blanda, a su rival, le promete integrarlo en la nueva dirección y confía en saldar el culebrón.

LA SOMBRA DE SARKOZY

La clave, dicen los analistas franceses, está en Sarkozy. El ex-presidente, cuentan, no se resigna a desaparecer tan fácil y sobre todo tan rápidamente. No ha mostrado con claridad por cuál de sus delfines se decanta. Probablemente, por ninguno. Por una sencilla razón: su candidato es otro. ¿Quién? ¿Él?

En su discurso de despedida, la tarde del 21 de mayo, Sarkozy anunciaba una retirada doliente de la política. Con la boca pequeña, ya dijeron algunos. Después de estos meses de resaca de la derrota, el ex-presidente hace sus cuentas. La casualidad ha querido que la crisis en su partido coincida con su comparecencia en los tribunales por el caso L’Oréal, el supuesto financiamiento ilegal de la campaña que le propició su triunfo electoral en 2007.

Sea como quiera, Sarkozy es muy responsable de la fractura actual en la UMP. Como Presidente, dejó abierta la definición o la identidad ideológica del partido. Jugó al centro cuando le convino. Se escoró a la derecha cuando advirtió que el Frente Nacional engordaba con la cantera creciente de votos alimentado por el desempleo, la manipulación de las pasiones suscitadas por la inmigración y la frustración social. Uno de sus más cercanos consejeros, Patrick Buisson, no ha vacilado en afirmar y defender que hay una «homogeneización creciente de los electorados de la UMP y el FN».

El llamado ‘giro de Grenoble’, cuando pareció competir con el partido de los Le Pen por los votos de la ultraderecha, creó malestar en el sector más moderado del partido y en su propio Jefe de Gobierno, que hacía equilibrios increíbles para sostener el apoyo del centro, tanto político como ciudadano.

DOS ESTILOS, ¿DOS PROYECTOS?

Los resultados de mayo obligaban a la UMP a superar esa ambigüedad. Copé, joven aún para la media de una clase política acostumbrada a envejecer y acumular cargos, creía llegado su momento de forzar una nueva renovación generacional del ‘neogaullismo’. Recordaba, sin duda, el caso de Jacques Chirac, quien, en los años setenta, destrozó a los dinosaurios criados en su día por el General y dio un vuelco a la herencia política más duradera de Francia en el último siglo.

Sarkozy situó a Copé al frente de la gestión cotidiana del partido, para que ejerciera de fuerza de choque que el gestor Fillon no podía ni debía hacer. Que a veces hubiera cacofonía entre el Gobierno y el partido no era algo que a Sarkozy le preocupara. Todo lo contrario. Puede decirse, sin miedo a especular, que era eso justamente lo que pretendía: para ir corrigiendo estrategias y preparando los cambios de rumbo según soplara el viento.

Fillon es un personaje con cierto aire trágico. La personalidad ambiciosa de Copé ha contribuido, por contraste, a suavizar la suya. Consiguió pasar, en su momento, por un hombre de centro, preocupado, alarmado incluso, por las veleidades populistas-derechistas del su jefe, el Presidente. En realidad, es más conservador de lo que las circunstancias han hecho creer. Salvando las diferencias, permítannos comparar la confrontación Copé-Fillon con la durante tanto tiempo publicitada Aguirre-Gallardón.

Copé ha escrito un libro que pretende ser una combinación de ideario político y propuesta programática. Gira en torno a la idea de una ‘derecha sin complejos’. Es decir, una derecha que no tenga que decir que es el centro, aunque no reniegue de tal posición, para aspirar a recuperar el timón de Francia. Su intención primera es desbaratar el discurso de su adversario en la lucha por la herencia. Entre las dos reservas de voto potencial o prestado, Copé parece decidido a conquistar primero la situada a su derecha, por considerarla más numerosa y sustancial. Chirac ya tuvo en su momento alguna tentación. Sarkozy, algo más que tentación. Copé quiere dejar de amagar y quitarle el plato electoral a Marine Le Pen. Para ello ha decidido adoptar un temperamento a lo Napoleón, como sostiene con brillantez un diputado socialista, que cita en un reciente comentario Françoise Fresoz, analista política de LE MONDE.

Por el contrario, Fillon cree que la UMP debe recuperar el espíritu original del gaullismo, integrador, de firmes convicciones en los valores republicanos tradicionales, conservadores, o muy conservadores, si se quiere, pero en absoluto complacientes con los excesos populistas, xenófobos y excluyentes del Frente Nacional. Es decir, reunificar el centro y la derecha, no necesariamente en un solo partido, pero si en una gran coalición sólida y sin derramas frecuentes.