La confianza ciudadana está bajo mínimos. Como era de esperar, la clase política (con excepción de los alcaldes o concejales) se lleva la palma del rechazo. Casi ocho de cada diez ciudadanos suspenden el sistema político; dos de cada tres están convencidos de que la mayoría de los políticos son corruptos; y casi todos (84%) estiman que aquéllos actúan por su interés personal. Nada sorprendente, tampoco.

Las pequeñas y medianas empresas son la institución en que más se confía (84%) reflejo solidario del impacto de la crisis, sin duda. También salen bien paradas las instituciones de fuerza (ejército y policía), ya que casi siete de cada diez franceses mantienen su crédito en ellas. Otra indicación de que la crisis provoca miedos y se percibe la necesidad de protección.

Ese mismo síntoma se refleja en la percepción de la mundialización como «amenaza» (seis de cada diez así lo sienten). Ni siquiera Europa, vista siempre con simpatía, se salva: la mayoría prefiere «tenerla a distancia», según expresión de los autores. Qué decir del «extranjero». Dos de cada tres creen que hay «demasiados» en el hexágono. El Islam mejora algo su imagen, pero poco, ya que todavía más de un tercio de los encuestados consideran que esta religión «es incompatible con los valores de la sociedad francesa». Lo que favorece la exclusión y explica el crecimiento percibido de las opciones extremistas y xenófobas.

En otra parte de la encuesta, se ofrecen datos actualizados sobre la actitud de la sociedad francesa ante el auge del Frente Nacional, a sólo unos meses de las elecciones municipales y europeas. Casi la mitad del electorado (47%) lo considera un partido «útil», porcentaje que se eleva al 67% entre los simpatizantes de la UMP (derecha). Uno de cada tres franceses opina que el FN «encarna una alternativa política creíble», que «propone soluciones realistas» y que se encuentra «cercano a sus preocupaciones». La aparente moderación del lenguaje de Marine Le Pen habría contribuido a este repunte del partido nacionalista.

EL DECLIVE

La encuesta IPSOS también acredita una nostalgia creciente en la sociedad francesa. Un 74% sostiene que «antes se estaba mejor» y aún más son los que afirman sentirse atraídos por los «valores del pasado». «¿Estamos hablando de un país que envejece?, se preguntan los autores. Sin duda. Pero la evolución demográfica no lo explica todo.

La percepción del declive ha sido tratada de forma recurrente por articulistas, sociólogos y líderes de opinión. De dentro y de fuera. Hace unas semanas el NEW YORK TIMES dedicaba un artículo ambivalente a Francia. Si bien pretendía rematar con una conclusión esperanzada por las fortalezas y valores del país, el encadenamiento de datos y percepciones pesimistas era demoledor.

En la línea de Michel Moore en su documental ‘Sicko’, el diario reconocía las bondades del ‘modelo social’ francés, ejemplo significativo del europeo: asistencia médica garantizada, pensiones suficientes, temprana edad de retiro, vacaciones amplias, jornada laboral reducida a 35 horas semanales, etc. Pero el NYT empleaba múltiples referencias para poner en duda la sostenibilidad del modelo.

El llamado ‘gasto público’ representa el 57% del PIB, el más alto de la Eurozona y once puntos más que el índice alemán. Hay 90 empleados públicos franceses por 1.000 habitantes, por sólo 50 alemanes. Las prestaciones sociales representan casi un tercio de la riqueza nacional, el indicador más alto de la OCDE. El aumento salarial es superior a la productividad laboral. La deuda ya alcanza el 90% del PIB. Francia ha descendido al puesto 28 en el ranking de competitividad, aunque la referencia es un instituto suizo escasamente conocido. Las multinacionales francesas conservan su poderío, pero la mayoría de sus empleados están fuera del hexágono. Los contratos laborales recientes son temporales y las pequeñas y medianas empresas se desfondan. Sus quejas de presión fiscal, mercado laboral rígido y excesiva burocracia son recurrentes.

HOLLANDE, INDECISO.

Ante este panorama, el Gobierno socialista salido de las elecciones de 2012 pretendía invertir el discurso dominante en Europa y adoptar una senda de reactivación para responder a las ruinas de la austeridad. No lo ha conseguido. El presidente Hollande ha seguido un curso vacilante. Aparte de los errores de gestión, inevitables, no se percibe una línea clara y firme.

Como le ocurriera a Mitterrand, el inquilino socialista del Eliseo parece dispuesto a dar un giro ‘moderado’, lo que encaja bien con sus conocidas convicciones. Pero su equipo de gobierno ofrece una imagen de débil cohesión. Ministros y barones del PS afearon los propósitos del primer ministro Ayrault, cuando anunció en noviembre una «tabla rasa fiscal». El propio Presidente acaba de anunciar un ‘Pacto de Responsabilidad’, versión retórica de un acuerdo social con el que quiere implicar a los agentes sociales en una estrategia de superación de la crisis.

Los ‘dossieres’ se acumulan. Será difícil hacer bajar el paro por debajo del 10%, pese al empeño oficial. La reducción de impuestos a los factores de producción que se baraja exigiría un recorte de gastos no inferior a 50 mil millones de euros en tres años. No menos complicado se antoja la conducción europea, sobre todo si se confirmara un fuerte voto de rechazo en las elecciones de junio. En pleno auge del FN, la reforma del derecho de asilo y las políticas de integración son auténticas minas políticas de profundidad. Se adivinan las dificultades que tendrá que sortear la mayoría con la reforma penal, impulsada por la ministra Taubira, principal objeto de hostilidad de la derecha intransigente.

Y si todo esto no fuera suficiente, vino el lío de faldas.

El supuesto «affaire amoroso» del Presidente con una actriz mucho más joven, la depresión que esa relación habría provocado en su pareja, la periodista Valérie Trierweiler, y el aire de polichinela que ha rodeado el asunto no benefician a Hollande.

La apelación del Presidente al respeto de su vida privada es razonable. Pero muchos comentaristas no sospechosos de hostilidad le reprochan la ambigüedad de sus actitudes. Su compañera sentimental ocupa habitaciones y drena presupuesto público en calidad de ‘primera dama’, sin que se conozcan bien sus tareas y actividades. Algunos comportamientos esquivos del Presidente no ayudan. Sobre todo cuando sus deseos de libertad chocan con las exigencias de seguridad. La discreción que reclama no ha sido su norma en las visitas, demasiado arriesgadas, al apartamento de su amante, muy próximo al Eliseo.

Es de esperar que el ruido de la alcoba se apacigüe pronto, porque Hollande puede sentirse muy incómodo arrastrando sus sacudidas sentimentales. No menos inquietante, podría resultarle la pérdida de confianza del electorado femenino. Estos días era fácil recordar la famosa sentencia de su ex-pareja y madre de sus hijos, la candidata presidencial de 2005, Ségolène Royal, al comentar la relación de Hollande con Trierweiler: «Quien traiciona una vez, vuelve a hacerlo».