2) La izquierda no puede seguir prendida a las recetas liberales y a la medicina de la austeridad para gestionar la crisis. La gran derrota de los candidatos socialistas (pierden un centenar y medio de municipios) es, también, la sanción electoral al Presidente Hollande. La rectificación es un clamor. Pero no puede limitarse al sacrificio del primer ministro Ayrault, a la confirmación de Valls como recambio populista o a una limpieza de ministros grises. Es un cambio de rumbo, como le exige el ala izquierda del partido. Y si el líder socialista cree que tal enmienda no es deseable o posible, debería afrontar al electorado progresista y asumir sus responsabilidades.

3) La derecha más o menos moderada o conservadora toma el relevo en más de un centenar de ciudades francesas mayores de 9.000 habitantes y frena el impulso demasiado publicitado del Frente Nacional. El ascenso de la ultraderecha nacional-populista es más que resistible. La decena de alcaldías conquistadas suponen un avance reconocible, pero, con menos del 7% del voto total, es excesivo hablar del «fin del bipartidismo». La UMP y el PS han concentrado más del 90% del favor de quienes han creído útil ir a votar. Hay cierta exageración en algunos analistas sobre el «peligro ultra». El voto del malestar no ha tenido una deriva extremista inquietante. La crisis ha producido una alternancia dentro de los cauces.