Así como en periodos electorales anteriores el jerarca madrileño había expresado sus proyectos mas importantes como el Metro Sur y la M 30, esta vez el desiderata de su acción política era la inclusión en la lista. Y los medios de comunicación se habían hecho eco del mismo con una expectación tal como si se tratara de horadar con túneles toda España de Norte a Sur y de Este a Oeste.

Tanto entusiasmo no podía por menos que hacer de efecto emulación a otras personas. Manuel Pizarro ha sido una de ellas. Y yo mismo he estado a punto de pedirle a Rajoy que me incluyera en las listas, hasta que me di cuenta, como Jack Lemmon en «Con faldas y a lo loco», que nadie es perfecto.

Y claro, Esperanza Aguirre se ha visto igualmente llamada a ofrecerse a la causa y, al grito de Salvemos a Rajoy, le ha dicho al líder que ella también quiere. Al fin y al cabo, ni méritos, ni experiencia política ni vocación de servicio, ni lealtad al líder le faltan. Y además es chica, con el plus que ello significa en la actual transición a la paridad.

Al final, entre abrumado y mosqueado por tal exceso de entusiasmo, Rajoy les ha agradecido a ambos sus servicios ofrecidos y les ha dicho que cada mochuelo a su olivo. Posiblemente se haya sentido como el duelista al que antes de iniciar el duelo se le acerca el enterrador a tomarle medidas para el ataúd. O, peor aún, cuando se le acercan dos enterradores de empresas competidoras.

Quizás le haya faltado a Rajoy la generosidad y la confianza en José Bono que ha tenido Rodríguez Zapatero, a pesar de que José Bono se apresuró a poner fecha de caducidad al actual Presidente de Gobierno. El caso es que Rajoy ha cortado por lo sano, quizás nunca mejor dicho, y ha aplicado el principio de “rebus sic stantibus”, por lo que, después de una, esperemos que corta, posguerra en la que se enfrentarán los argumentos de la firmeza de Rajoy con el de la vuelta a la caverna del PP, no va a quedar mas remedio que hablar de problemas de los ciudadanos.

No sería malo, entonces, que la campaña electoral se centrara en la forma en que pueden aclararse diversas incertidumbres que nos aquejan: Por ejemplo, la forma y prioridades con la que va a emplear el Estado el superávit actual de sus cuentas, o para que lo guarda. Por ejemplo, si los impuestos van a ser justos o simples. Por ejemplo, el modelo de política energética, con sus incertidumbres concretas en materia de energía nuclear o de energías renovables, para las que se espera desde hace tiempo un nuevo marco regulador que concrete, con su aplicación, la retórica acostumbrada sobre el cambio climático. Por ejemplo, el marco administrativo y judicial que favorezca la puesta en alquiler de los cientos de miles de viviendas vacías por, precisamente, incertidumbre de sus propietarios. Por ejemplo, si el aborto en determinadas circunstancias es, o no, delito además de pecado. Por ejemplo, si se puede esperar alguna vez una administración de justicia ágil. Por ejemplo si van a ser inútiles alguna vez los “guateques” de la administración porque, de una vez, se suprima la mitad de los trámites y se simplifique la otra mitad.

Esperemos que, aunque no esté Ruiz Gallardón en las listas, alguien pueda dar respuesta a estas preguntas.