Estados Unidos ha puesto fin, formalmente, a las operaciones de combate. Los 50.000 efectivos que continuarán en Irak -apenas un tercio del máximo alcanzado en 2007- tendrán la misión de asesorar a los militares y fuerzas de seguridad iraquíes, proteger el propio personal y las instalaciones americanos y desempeñar operaciones de carácter antiterrorista. Esta labor subsidiaria tiene un plazo: finales de diciembre de 2011. Pero altos funcionarios de una y otra parte ya han filtrado que los liderazgos de ambos países contemplan extender la presencia militar norteamericana más tiempo.

En Irak, no hay confianza en el futuro del país. Ninguna. Más allá del discurso oficial, ese clima de pesimismo y desesperanza que manifiesta de forma abrumadoramente mayoritaria la población civil es extensible a los dirigentes cuando pueden hablar sin la servidumbre del cargo o amparados bajo la cobertura del anonimato. El propio Obama resultó creíble en su mensaje de 18 minutos desde la Casa Oval. No hubo triunfalismo ni protestas de victoria como hizo de forma tan irresponsable su antecesor, desde un portaaviones, en mayo de 2003. Obama advirtió que la sangre seguirá corriendo, como ya está ocurriendo en este final de fase que atravesamos. Al Qaeda volverá a Mesopotamia, quizás reforzada, para saldar cuentas con los que se dejaron seducir o comprar por los norteamericanos en 2007. Las referencias a lo que Estados Unidos ha hecho por la construcción de la democracia iraquí quedaron diluidas en una reflexión predominantemente crítica. ¿Qué fundamentos democráticos se han establecido, cuando el país lleva desde marzo con un gobierno provisional, porque las fuerzas políticas se han mostrado incapaces de gestionar un resultado electoral apretado y enrevesado?

Consciente de que lo de Irak no tenía más solución que aceptar el fracaso, Obama incrustó en su mensaje el esfuerzo por evitar que ocurra lo mismo en Afganistán. Aprovechó, en particular, para cerrar el debate sobre la prolongación de la misión, que le reclaman, incluso públicamente, desde el Pentágono. Dicen los republicanos que el presidente no quiso admitir que la anterior administración rectificó a tiempo y propició una salida honrosa en Irak, con la decisión de incrementar el número de tropas, que ahora ha tenido Obama que aplicar en Afganistán. Verdad parcial o mentira a medias. Tanto como el famoso «surge» militar, lo que propició el cambio de tendencia en Irak fue la compra de voluntades de amplios sectores tribales sunníes. Pero cuando se agotó la caja o aflojó la voluntad de los dirigentes chiíes que controlan las instituciones y Estados Unidos relajó la vigilancia, los fundamentos de la pacificación empezaron a agrietarse. En ésas estamos ahora.

BLAIR NO LAMENTA NADA

En estos detalles, naturalmente, no entró Obama. Como no lo ha hecho Blair en sus recién aparecidas “memorias”. Como era de esperar, los medios han concentrado más el interés en el morbo de sus amargas relaciones y ajuste ventajista de cuentas con su ex-amigo y sucesor, Gordon Brown. Las Memorias de los dirigentes políticos suelen ser más un ejercicio de autojustificación y maquillaje del legado que un esfuerzo de sinceridad y una contribución a la construcción objetiva y honesta del relato histórico. Por lo que se ha publicado en estas primeras horas de sedienta lectura, no pasa algo diferente con las de Blair.

De las reflexiones sobre las cuestiones internas, la orientación política e ideológica del laborismo, la sustancia y la mercadotecnia del nuevo laborismo y sus consejos para el futuro tendremos ocasión de ocuparnos otro día, ahora que le toca al Labour escoger liderazgo para los próximos años. Pero en lo que toca a Irak, Blair, como dice la canción, «no se reprocha nada». O, como le recuerda el pro-laborista DAILY MAIL, «no presenta excusas» y «prefiere acantonarse en su papel de hombre de Estado que ha hecho a Irak más seguro y ha salvado al planeta del despótico Saddan Hussein».»Lágrimas, pero no lamentos», sanciona el NEW YORK TIMES. Blair, efectivamente, deja algunas perlas sentimentales sobre las vidas sacrificadas e insinua flirteos con el alcohol para sobrellevar la carga, pero no deja resquicio a la autocrítica, en la línea adoptada desde que abandonó Downing Street. Al menos no desplaza la carga de la responsabilidad principal sobre su socio en la operación bélica, el ex-presidente Bush, del que elogia su «idealismo», «genuina integridad» y «coraje político», y afirma, con más candidez que ironía, su «inmensa simplicidad».

LA SUAVIZACION DE LA LÓGICA IMPERIAL

Pero el auténtico mensaje de la alocución solemne de Obama fue la prioridad en los asuntos internos que su administración se ha fijado de forma sólida y consecuente. El presidente recordó, para quien lo hubiera traspapelado en la memoria, que, aparte del inmenso sufrimiento humano provocado, la guerra de Irak también ha contribuido a la crisis financiera que estrangula a gran parte de la economía mundial. El billón de dólares comprometido en las operaciones militares elevó la deuda norteamericana y drenó el mercado globalizado de capitales, tensando aún más una estructura financiera plagada de trampas y corroída por la liquidación de controles y garantías que se habían intensificado con el patronazgo político de Bush, Blair y otros responsables de aquella época.

A comienzos de los ochenta, el Pentágono diseñó una estrategia de superpotencia que permitiera a la América renacida de las cenizas de Vietnam poder sostener «dos guerras y media». A esa estrategia se la conoció como Airland Battle, en la jerga militar. La «media guerra» consistiría en el apoyo de turno a las operaciones locales contra el avance del comunismo en distintas regiones mundiales, incluidas las misiones encubiertas. Lo que vino en llamarse «guerras de baja intensidad». Medida aplicada, claro está, para los recursos norteamericanos, pero no para las poblaciones y economías locales, que arrastrarán durante años las consecuencias de haber combatido a un «comunismo» tan fantasmal como rentable.

Esa estrategia perdió vigencia después del derrumbamiento de la Unión Soviética, pero tras el 11-S, la consagración de un nuevo enemigo global, en este caso el «terrorismo islamista», ha rescatado, con otras denominaciones y presupuestos, esa vieja estrategia de mantener un esfuerzo de connotaciones bélicas más allá de la propia defensa nacional. Lo que se perfila ahora en Irak (y se plantea para Afganistán desde 2011, si todavía fuera necesario) es el apoyo militar norteamericano en la lucha contra amenazas insurgentes locales (aliadas del terrorismo global), sin comprometer el concurso directo de unidades de combate propias.

Con la vista más puesta en la otra guerra, no la que ahora empieza a cerrarse, sino la que todavía sigue abierta, Obama afirmó en su discurso que «las guerras con final abierto (open-ended wars) no sirven ni nuestros intereses nacionales, ni los del pueblo afgano». Lo que Obama quiere ahora es una suavización de la lógica imperial, para concentrarse en la conquista de derechos que otras potencias democráticas han logrado en las últimas décadas y la inversión de la tendencia que ha convertido a su país en uno de los más desiguales del mundo industrializado. No es un programa izquierdista: sólo con cierto afán de asimilación podríamos considerarlo socialdemócrata.

Por supuesto, no hay que olvidar cuestiones de calendario. Ante las elecciones legislativas de noviembre, es previsible que Obama pierda el apoyo del legislativo, si los republicanos consiguen triunfar en su estrategia de desgaste. Si el malestar de la clase media por la lentitud y dificultad en salir de la crisis se traduce en un voto de castigo, Obama y los demócratas necesitarán todo el apoyo de los más progresistas, que se confiesan desilusionados por las indecisiones de la Casa Blanca y su tendencia a componer con quienes no tienen ni siquiera el mínimo interés en que Obama pueda gobernar tranquilo. Para reconstruir su base electoral progresista, Obama debe resultar muy creíble en la caducidad de la guerra afgana y ofrecer un programa doméstico de reformas sólido y verdaderamente transformador. Lo ocurrido con el paquete sanitario no puede repetirse. Demasiadas concesiones, mucho tiempo perdido, cierto camuflaje político y falta de claridad presidencial. Claro que debe imputarse a mucho demócratas, -tanto los perros azules como otras criaturas de la heterogénea fauna política de Washington- ese comportamiento poco auxiliar.

Obama ha cerrado, pues, el dossier iraquí, del que todavía rezumara sangre, no sólo ajena (iraquí), sino propia (norteamericana). Pero al menos, esa guerra entera se ha convertido en media (parafraseando la extinta AirLand Battle) y su intensidad se rebajará, confiemos en que sea irreversiblemente. Está por ver si Obama, quiere, sabe y puede, aplicar la misma lógica en Afganistán. Y si, mientras tanto, no se cuece otro escenario que «exija» un presencia norteamericana ineludible (atención a Yemen o a Somalia). Sólo si todo eso ocurre, si el Pentágono y el establishment militar-industrial (con sus corifeos políticos y mediáticos de apoyo) se avienen a la mitigación de la lógica imperial y el electorado no se deja seducir por cantos de sirena, podrá Obama concluir su mandato con un cambio de tendencia y aspirar a conquistar un segundo, para dejar un legado de reformas sociales y políticas en Estados Unidos.