La exposición se presenta alrededor del retrato de Giovanna degli Albizzi Tornabuoni, verdadero icono del Museo Thyssen, junto a otras piezas relacionadas con su boda y las estancias del palazzo Tornabuoni. Pero ante lo que pudiera parecer un mero hecho de sociedad, el valor del retrato en el Quattocento, el epigrama de Poliziano en recuerdo de Giovanna, el poema nupcial de Naldo Naldi y la pátina de Antigüedad asociada al Renacimiento, confieren a esta exposición mucho más que una crónica sentimental si pensamos que el retrato y el epigrama son póstumos y que Lorenzo Tornabuoni, su marido, sería decapitado tan solo unos años después.

Después de la gran peste de 1348, el siglo XV presenta la prosperidad florentina debido a la agricultura, el comercio de lana el lino y la banca (Medici, Strozzi), mas también el papel atribuido a los “studia humanitatis”, que va a revalorizar el tejido urbano con propuestas artísticas, con predominio de una racionalidad y de una filosofía potenciadora de valores civiles y políticos tendentes a crear una República de Florencia a la vanguardia de la economía y cultura europeas. Con un fondo artístico riquísimo operado por Brunelleschi, Donatello y Masaccio, Lorenzo el Magnífico (apelativo éste, por su mecenazgo artístico y por haber reforzado su posición más allá de los confines de Florencia), confiere a la cultura un carácter unitario, fundando la primera academia artística con una referencia en la Antigüedad clásica como marco del tránsito hacia lo moderno, del que somos herederos, teniendo en cuenta que mucho de lo ideado se consiguió en el siglo de las luces o en el siguiente.

Sin entrar al detalle de fechas, pues ya hablamos en estas páginas de ello con motivo del Impresionismo, podemos ver el Renacimiento como paso de la Edad Media a la Edad Moderna, un término utilizado por Petrarca en XIV y Vasari (Vite) en XVI que en Italia abarca el siglo XV y XVI y en el resto de Europa finales del XV y XVI. Con la Antigüedad como fuente de inspiración para la reelaboración de un nuevo concepto de belleza y con un cierto idealismo frente al “expresionismo” medieval. Parafraseando a Walter Pater es una corriente de pensamiento donde predomina el amor al mundo del intelecto y la imaginación y el deseo de alcanzar una forma más liberal y equilibrada de concebir la vida.

La visión antropocéntrica de la realidad que opera en el Renacimiento, según Jacob Burckhardt, permite al artista renacentista, en un proceso introspectivo, que en los retratos se capte a sí mismo tanto como al modelo que estudia desde esa perspectiva interior, haciendo del pensamiento una imagen. No obstante, el hombre del Renacimiento estaba presionado a contar con palabras adecuadas al interés del objeto, de ahí los contratos tan detallados de las obras donde se especificaba los materiales a utilizar, lo que se percibiría por el trabajo y los plazos de entrega. En este tiempo se sitúa en el trabajo del artista el fin del arte como valor (Argan), su habilidad ya que se pagaba debía ser reconocible, pero su valor no reside en la cosa como fenómeno sino en lo que el intelecto construye sobre el fenómeno. Un cierto idealismo artístico o desiderata donde las obras reflejasen, no las cosas como son, sino cómo deberían ser, exaltados puntos de fuga bajo el ideal del deseo.

Domenico Ghirlandaio (Florencia 1448/9-1494) toma del ambiente todo lo que le puede servir, ya se trate de la amplificada visión espacial de Filippo Lippi en la catedral de Prato, de la sensibilidad psicológica de Verrochio o de la agudeza flamenca. El arte, para él, es además documento y testimonio. Ghirlandaio es precursor de lo que vino en denominarse tema “histórico-moderno”, una combinación que refleja el deseo de la sociedad de finales del Quattrocento de ver sus propios hábitos expresados en los grandes valores históricos, por ejemplo reflejar plazas y calles modernas donde desarrollan las actividades cotidianas, con edificios a la antigua que den la solemnidad del discurso histórico.

De la pieza en sí que nos ocupa, “Retrato de Giovanna degli Albizzi Tornabuoni” (1489-1490, que se ha venido conociendo como “Giovanna Tornabuoni”), se ha destacado sus acentuados rasgos faciales y la estilización acorde con el ideal amoroso propugnado por Petrarca: tez de rosada palidez, finos labios y serena expresión. La cuestión de si esta pieza de Madrid está inspirada en el fresco de La Visitación de Sª Mª Novella (c. 1489), los estudios técnicos revelan, en la de aquí, una larga y minuciosa elaboración con un detallado dibujo primero de Giovanna que fue modificado posteriormente. De aquí que se pueda extraer que “la Giovanna” del fresco florentino no sea la primera pues no tendría sentido tanta rectificación en esta del Thyssen. Más bien Ghirlandaio habría hecho un dibujo basado tanto en las medallas como quizá al natural y en vida, modificando posteriormente la pintura debido a la súbita muerte de Giovanna.

La siempre ardua explicación técnica viene en este caso amenizada en la página web del museo, donde se pueden ver las modificaciones realizadas por Ghirlandaio hasta conseguir el retrato que vemos a simple vista. Así podemos apreciar por imagen infrarroja un dibujo preciso que presenta diferencias respecto al resultado final. Un collar de cuentas, como el que figura en las medallas, sustituido por el colgante final o un busto más señalado al inicio y rectificado posteriormente que le da ese aire mayestático (sobre todo el cuello), como vislumbrando la herencia de Verrocchio.

En las medallas, realizadas por Niccolò Fiorentino, con motivo de la boda, ya percibimos un potente modelado que realza el busto en el espacio y un realismo que le confiere una gran dignidad llena de encanto. Así en la pintura vemos un rostro modelado con sutileza, detalladísimos cabellos y contorno muy definido. En general un destacado virtuosismo con asombrosa gama de texturas que mezclan óleo y temple dando así mayor sensación de volumen (en el vestido por ejemplo).

Debemos destacar también de Ghirlandaio (y su taller) “Retrato de una joven” (c. 1490-94). Menos refinado (también más dañado) que el anterior, aunque quizá más idealizado, más sugerente en la mirada y el tono poético general del retrato. “Virgen y el Niño” de Filippo Lippi (c. 1450) inspirado en figura de Luca della Robbia (muy difundidas): Sutileza en los rasgos de la Virgen y expresividad infantil en el Niño, más un refinado uso del pan de oro, que no sólo indica el valor contractual como señalábamos anteriormente.

Y ya, por terminar, señalar “La Anunciación” de Biago D’Antonio (c. 1500). Si se tiene la oportunidad de sentarse frente a ella e ir viendo cada detalle de la obra y circunscribiendo la historia en ese nuevo modo de representación visual, se podría llegar a creer que nos estamos ensimismando con uno de esos relatos de las enormes y modernas pantallas de plasma… sanguíneo porque no cesa su belleza en siglos, de recorrernos.