Si antes de llegar al Gobierno ya era difícil entender tan exagerado alarmismo negativo, después de instalarse en la Moncloa la persistencia en tamaña exageración no había quien pudiera comprenderla. Sobre todo, a medida que pasaban los días y los meses y en los círculos nacionales e internacionales cundiera la mayor de las desconfianzas. “Si dicen lo que dicen, ¿cómo estarán realmente las cosas? -se preguntaban muchos-”… Y luego han venido las reacciones que han venido. ¿Alguien se puede extrañar? ¿Cómo se ha podido ser tan torpe e irresponsable en el uso de los argumentos y las presentaciones?

PEOR IMPOSIBLE

El problema es que al tono general de negatividad se ha unido una actitud bastante llorona y lastimera. “No tenemos dinero” -van clamando por doquier el triste dúo formado por De Guindos y Montoro-. ¡Vamos, que ni los famosos “tacañones” del programa de Ibáñez Serrador!

Algunos pensaron inicialmente que tales actitudes y sobreactuaciones podrían ser útiles a efectos, primero, de ganar más cumplidamente las elecciones y, después, de convencer y preparar a la opinión pública española para que aceptara el duro programa (oculto) de restricciones económicas e involuciones socio-laborales que se han venido aplicando en los últimos meses, y al que todavía no se ve fin ni propósito útil.

Desde luego, era bastante ingenuo pensar que, recurriendo a la práctica desaforada del ‘asustacocos’, la opinión pública española aceptaría resignadamente las tropelías que se están cometiendo. De forma que ahora la crisis es mucho más profunda y grave que cuando el PP llegó al Gobierno, debido al “efecto Thomas” generado (la “profecía que se cumple a sí misma”) y debido al deterioro causado por las erróneas medidas restrictivas que se están tomando. Con el añadido, además, de que ahora al agravamiento de la crisis económica se une una crisis política (con mayor desconfianza e inseguridad y una peligrosa falta de capacidad de acuerdo) y una crisis social creciente que implica sufrimientos sociales y cada vez más conflictos por doquier. Con sus correspondientes efectos concatenados en la evolución de la economía y sus expectativas de futuro.

¿Era previsible tal secuencia de acontecimientos negativos? A mí me parece que se trata de algo de manual, que ningún Gobierno mínimamente serio y preparado podía dejar de considerar y de anticipar. Lo cual forma parte del problema actual en el que nos encontramos metidos los españoles.

PÉRDIDA DE CONFIANZA

Después de retrasar irresponsablemente la tramitación de los Presupuestos Generales del Estado, y después de acometer cambios sustantivos, justo después de aprobar los Presupuestos de 2012 en el Parlamento, se vuelven a tomar nuevas medidas restrictivas -lo cual es insólito-, al tiempo que se emprenden tristes lloriqueos y se amenaza con más y mayores recortes. La verdad es que estamos llegando a un punto crítico difícil de comprender. Por nadie. Ni fuera ni dentro de nuestras fronteras. ¿Qué se pretende lograr con tales actitudes y argumentaciones?

El hecho cierto es que, después de tantos recortes e involuciones, eso que se llama los “mercados” continúan sin confiar financieramente en España. Ni los “mercados”, ni Bruselas. De forma que la mayor parte del argumentario del Gobierno de Mariano Rajoy se ha venido abajo como un castillo de naipes. Si todo lo que se hacía era para calmar el furor restringente de la Señora Merkel, para satisfacer a la burocracia de Bruselas (“Vamos a ser muy agresivos” -les decía De Guindos) y para ganar la confianza de los “mercados”; y si el resultado es que nuestra Bolsa continúa cayendo, nuestra prima de riesgo se dispara (ha llegado a estar cuatro veces más alta que cuando gobernaba el “malvado” Zapatero) y si los prestamistas cada vez se fían menos de nosotros y nos imponen intereses más usureros, entonces se impone una conclusión incuestionable: ¡menudo disparate estamos haciendo en España!

La imagen de ineficaz y chapucero que está mereciendo internacionalmente el actual Gobierno del PP, desde luego, se la está ganando a pulso: con exageraciones tremendistas, con inapropiados arranques de orgullo y de proclamación de éxitos inexistentes -”le hemos doblado el brazo a la Señora Merkel”, se ha llegado a decir-, con informaciones tergiversadas y poco claras; con un recurso constante a un doble, e incluso un triple, lenguaje (un defecto lamentable de la política española que en otros lugares, evidentemente, “no cuela”) y con un permanente tejer y destejer que no dice nada bueno del estado de confusión e improvisación desde el que operan algunos, ni ofrece una imagen pública capaz de generar confianza.

Por lo tanto, sembrando estos vientos es inevitable que se recojan las tempestades que se están cosechando. Todo ello a partir de una situación objetiva de España que en realidad no era tan mala, comparativamente, como la de otros países que, pese a ello, están siendo capaces de suscitar más confianza interna e internacional y capear mejor el temporal.

TENDENCIA A EMPEORAR

El actual Gobierno del PP con su proceder arrogante, alarmista, chapucero e imperativo está logrando poner las cosas aun peor de lo que estaban, abriendo la puerta para que los especuladores y los buitres de turno se ensañen y se aprovechen de las condiciones de un país como el nuestro, que bien se merecería otro gobierno y otro tratamiento, especialmente por parte de nuestros socios del euro.

Un aspecto sintomático de esta crisis, y de los fallos del Gobierno del PP, es la perplejidad que se extiende por la sociedad española, sobre todo entre muchos jóvenes y adolescentes que hasta hace bien poco pensaban que estaban viviendo en un país de primera, y que ahora se encuentran de sopetón rebajados a categorías inferiores. Estos chavales no entienden cómo es posible que España haya logrado ser, en poco tiempo, una potencia internacional de primera en muchos deportes individuales (motociclismo, automovilismo, tenis, etc.) y de equipo (fútbol, balonmano, baloncesto, etc.) y, en cambio, no seamos capaces de alcanzar las mismas competencias y capacidades en otras tareas sociales y económicas. Si en el deporte se ha conseguido promover y seleccionar a personas preparadas y se ha sabido trabajar bien, ¿por qué razón en el campo de la gestión pública se va tan mal? ¿Por qué tenemos que aceptar que los españoles seamos chapuceros y segundones en otras cosas? ¿Acaso no hemos demostrado nuestro valor?

De ahí el orgullo que muchos españoles sienten -y manifiestan- en el campo deportivo y las malas valoraciones que hacen sobre los responsables políticos. Por ejemplo, la caída de popularidad del Gobierno de Mariano Rajoy que muestran las últimas encuestas es espectacular. ¡Sólo en siete meses! ¿Qué puede ocurrir si se continúa por la misma senda varios meses más?

El nerviosismo que empieza a detectarse en algunos círculos de la sociedad española tampoco augura nada bueno. Sobre todo, en lo que se refiere a determinadas propuestas refundatorias y de re-institucionalización de cariz conspiratorio, que en el fondo y en la forma pueden acabar haciendo más bien que mal, añadiendo más confusión y problemas a la situación objetiva de España, cuyas fortalezas y potencialidades hay que procurar preservar, destacar y estimular.

UN RETO DE DIMENSIÓN NACIONAL

¿Qué se puede hacer a partir del punto al que se ha llegado (y que aun puede empeorar)? Desde luego, lo primero es rectificar y actuar de otra manera, una vez que se ha visto que el camino actual conduce al desastre. Harían bien, pues, Rajoy y sus ministros en aprovechar estos días para reflexionar, analizar las cosas con frialdad y entender que con este proceder y estos enfoques y propósitos no van a ganar la confianza ni de Bruselas, ni de los “mercados”, ni de la opinión pública española. Y, sobre todo, tienen que entender que estamos ante un reto de auténtica dimensión nacional, en el que nos jugamos mucho como país. Por lo tanto, lo primero es analizar y enfocar bien la solución del problema y no pensar que con recortes y más recortes se va a lograr encontrar la salida de la crisis ni se va a generar la confianza que se necesita, sino todo lo contrario.

Para suscitar confianza y merecer respeto, dentro y fuera de España, hay que empezar por ser serios y actuar con firmeza ante quienes con una mano nos ahogan y con la otra nos ponen entre la espada y la pared. Con esos, y ante esos, hay que estar dispuestos a actuar con resolución y energía (y, por supuesto, con inteligencia) y no ante los sectores más débiles y precarios de la sociedad española. Y para lograrlo hay que intentar sumar a todas las fuerzas posibles, en un gran proyecto nacional de sentido positivo que merezca el crédito y el consenso social que ahora se necesita. Y eso supone dejar de lado los dogmas de salón y estar dispuestos a trazar y lograr nuevos acuerdos, dejando claro que no se está dispuesto a continuar trabajando al servicio de intereses que solo conducen a esquilmar y arruinar a España de una manera miserable. En caso contrario, no quedará más solución que dar la voz al pueblo español para que decida libre y conscientemente qué camino desea seguir en estos momentos, sin ocultamientos, engaños ni falsos programas. La carta del engaño ya se jugó y en estos momentos todo se ha complicado mucho. Ahora sólo queda emprender esfuerzos en pro de una nueva solución.

Fácil, desde luego, no va a ser. Pero lo que no es fácil, sino totalmente imposible, es gobernar un país con la opinión pública en contra, con la calle soliviantada y sin poder manejar los resortes necesarios como para salir de una crisis como la actual en un período de tiempo tan perentorio como imposible. Cada día adicional que se pierda en asumir que hay que rectificar, y empezar a hablar en serio entre todos, puede acabar resultando una eternidad.