Pero no perdamos la ilusión, que una vez tocado fondo solo se puede ir a mejor, y seguramente, la Roja nos devuelva momentos de gloria y prestigio en algún otro Mundial, o eventos similares. Sólo es cuestión de confianza, ya lo dice Mariano Rajoy: hay que ser optimista. Lo contrario es antipatriótico y oculta intereses oscuros. Miren ustedes a los Brasileños: sus niños se mueren de hambre, sus calles rebosan pobreza y delincuencia fruto de la desesperación, y ellos invierten en estadios deportivos y organizan un Mundial, y unos Juegos Olímpicos, y lo que les caiga entre manos, porque creen que es el futuro (aunque esa inversión no enseñe a leer ni reparta comida ni merme desigualdad). Aquí en España, en lugar de Juegos Olímpicos (y no estoy hablando de Ana Botella), nos aferramos a gritar desgracias (pese al esfuerzo de algunos por esconderlas), y nos regocijamos convertidos en agoreros que se preocupan por asuntos del día a día: ancianos que protagonizan desahucios, niños que no tienen para comer, parados sin otra opción que la precariedad o subsidios que se acaban… y sobre todo, por un Estado de bienestar que independientemente de titulares de los de arriba, cada vez está más empobrecido y se sostiene sobre pilares adelgazados a costa de recortes y mermas en los derechos fundamentales de los ciudadanos.

Somos un grupo de agoreros y antipatriotas por no bailarle el agua al Gobierno y gritar a los cuatro vientos que esto no va bien y que no hemos salido del hoyo. Tal vez, porque a nuestro lado vemos que las cosas no funcionan como deberían para todos, y nos quedamos en esa absurda idea de que todos somos iguales, o al menos, hemos de pelear por ello. Imagino que en ese bloque entran los señores de Cáritas, que hacen informes alertando de la situación de las familias, los de Intermón Oxfam hablando de la brecha de desigualdad, los de Unicef visibilizando la situación de muchos niños que pasan necesidad… Imagino que también ellos han de tener “intereses ocultos”, más allá de denunciar una situación que, le guste o no al Presidente, no convence a los españoles.

Esos españoles, que cada vez tienen más complicado expresarse, porque hemos vuelto a la época del “ojito con protestar”: si lo de machacar el derecho a huelga no queda bien para obtener votos, pese a ser una petición constante de las patronales y los empresarios, el plan B –mucho menos valiente—consiste en disuadir al personal de manifestarse metiéndoles en la cárcel cuando no cumplen las normas (que no se trata de no castigar, sino de saber cotejar el castigo). Porque mientras unos van a prisión, los Jenaros de la vida se plantan frente al juez y pueden tirar de cheque para pagar fianzas millonarias que, en parte, se permiten gracias al dinero que se han llevado por la puerta de atrás.

Difícil la situación en la que nos encontramos, porque la gente tiene tanta necesidad de creer en quien mira hacia ellos, que es complicado no caer en populismos o utopías. Mensajes accesibles a las necesidades más básicas de los ciudadanos que piden guiños de parte de los de arriba, que les hagan creer en el Sistema, herido por corrupción y con necesidad de regeneración real, y no solo de lavados de cara.

Hemos asistido a un Mundial sin emoción, donde se ha jugado a no perder en lugar de ir a ganar. La tanda de penaltis ha sido la mejor opción para equipos y entrenadores, que dejaban en manos del azar el resultado final de los partidos para no ser culpables de volver a casa si no obtenían la victoria. Ha faltado garra y ganas de hacer fútbol, con jugadores comedidos en sus jugadas que, para no ser fruto de dilapidación en caso de fallo, preferían la prudencia al riesgo. No extrapolemos esto a la política. Necesitamos líderes con ganas de liderar, de arriesgar, de jugar a ganar… líderes que cuenten las pequeñas victorias de los esfuerzos invertidos y no los votantes que obtendrán al tomar una u otra medida, líderes que recuerden que trabajan para y por las personas y quieran dar ejemplo de voluntad y agallas y no solo pidan sacrificio. Necesitamos gente con arrojo que sepa devolver al pueblo la ilusión por salir a la calle sin miedo a represiones, y que sepan hacerles sentir como propias las tácticas y estrategias que emprendan, porque son ellos quienes tienen el balón entre sus piernas (digo el poder entre sus manos), pero somos todos los que hemos de soportar el resultado del partido. Como pasara hace cuatro años, en España hay gente que necesita aferrarse a la esperanza de sentirnos campeones y que el éxito parezca construido entre todos y no un triunfo gestado a costa del bienestar de los siempre en beneficio de los que nunca salen malparados. La izquierda tiene ahora una oportunidad. El PSOE también y la casualidad ha hecho que llegase en el mismo momento en que el Mundial de Brasil llegaba a su fin, dejando atrás para nuestro fútbol un triste episodio de apatía y rumbos perdidos. Esperemos que sepan aprovecharla.