Pero lo más preocupante, sin duda, ha sido el severo correctivo que ha sufrido el Partido Laborista, que quedó relegado al tercer puesto, por detrás de conservadores, los grandes beneficiarios, y de los liberales-demócratas.

La debacle laborista de mayo ha sido interpretada de muy diversas formas por medios y observadores dentro y fuera de Gran Bretaña.

Hay quien ve en la derrota el final del ciclo laborista en el Reino Unido y el anuncio de una imparable victoria tory. Según estos augures, no haría falta esperar a la convocatoria electoral. La crisis actual se agudizará en los próximos meses y el momento crítico sería a finales de año. Es inquietante la amenaza de una reedición del terrible “invierno de descontento” de hace justamente treinta años, que acabó con el último periodo laborista en Gran Bretaña, el que abrió el paso a Margaret Thatcher. Gordon Brown sería entonces como James Callaghan, un político arrastrado por una crisis económica devastadora y corroído por la falta de respuestas.

Otras interpretaciones menos catastrofistas, o más benévolas con el actual primer ministro, consideran que Gordon Brown dispone aún de capital político y de solvencia técnica para superar esta crisis y, al menos, completar el mandato, con rectificaciones rápidas e inteligentes. Algo parecido a lo que hizo John Major en 1992, cuando meses después de suceder a Maggie Thatcher sorteó la crisis monetaria europea que desangró la libra y pudo seguir dirigiendo el país casi cinco años más, hasta la victoria laborista de 1997, con Tony Blair al frente.

Nadie se atreve a invocar el tercer escenario, el más optimista: una recuperación asombrosa de Brown y una victoria electoral propia que le permitiera un segundo mandato.

Las causas del derrumbe laboristas son conocidas. La crisis financiera, crediticia e inmobiliaria ha empezado a golpear en sectores tradicionales de la base laborista. Pero lo peor ha sido las recetas fiscales propuestas por el primer ministro, dictadas más por el oportunismo político que por la coherencia programática.

Un revelador artículo en el semanario de izquierdas NEW STATESMAN advertía el repuntar de los movimientos sociales. En 2007, el número de jornadas de huelga ha superado el millón, por primera vez en 17 años. La subida de los precios de la alimentación y la energía se comen más de la mitad del presupuesto de los hogares modestos, los que votan preferentemente laboristas.

El semanario reconoce que los sindicatos no son lo que eran hace treinta años. Los gobiernos Thatcher los debilitaron quizás de forma irreversible. Los trabajadores sindicados han pasado de trece millones a siete millones y medio.

Peor aún, como sostiene el articulista, “con un crédito hipotecario y facturas por pagar, los asalariados sindicados son hoy netamente más reticentes a sacrificar su salario que hace treinta años”. Con todo, la agravación de la crisis o la falta de respuesta puede hacer inevitable la protesta.

El fin de semana posterior al derrumbe, Brown salió a dar la cara en los programas políticos de mayor audiencia para admitir errores. “El país nos ha sacado tarjeta amarilla”, admitía con un símil futbolero Brown, en un intento por recuperar su conexión con las bases populares. Con el mismo objetivo, aseguraba entender la angustia de los hogares modestos. El primer ministro acompañaba a este mea culpa una declaración de confianza en sus posibilidades para remontar la crisis: “Soy el hombre más indicado para afrontar los desafíos que tiene ahora el país”.

Sus compañeros de partido no cuestionan de momento el liderazgo de Brown. En los diarios de estos días, ministros y dirigentes laboristas mostraban prudencia y respeto por su líder. Unos le daban hasta final de año para demostrar que sabe cómo superar la crisis. Otros son menos precisos. Pero todos coinciden en que no bastará con admitir los errores y con demostrar presencia de ánimo ante el varapalo de las locales.

La prensa menos hostil le recomienda a Brown que recupere sus señas de identidad, que restablezca su tradicional conexión con las bases laboristas y, más allá, con los intereses de los trabajadores. Que entierre las tentaciones maniobreras, donde ha demostrado ser una nulidad. Que no pretenda emular a Blair en habilidad.

Diarios como THE GUARDIAN O THE INDEPENDENT le exigen a Brown que vuelva a ser ese político gris, pero solvente, serio, honesto y fiable que consiguió hace casi un año el apoyo abrumador de su partido y la simpatía elocuente de su base social, fatigados por el carisma blairista.

En definitiva que Brown vuelva a ser Gordon, el tío Gordon, uno de los suyos. Todo ello para que nadie tenga que despedirle como el heredero de Callaghan .