El primer ministro británico, David Cameron, disfruta estos días de su inesperado éxito por mayoría absoluta, propiciado por el sistema electoral menos equilibrado de Europa. Más que la obtención de un margen amplio para gobernar, el gran mérito de Cameron ha sido mejorar los resultados de los anteriores comicios, contrariamente a lo que es tendencia en Europa desde el comienzo de la crisis. La canciller Merkel repitió triunfo pero se debilitó y tuvo que pactar con los socialdemócratas.

Cameron sale fortalecido de una gestión discutida, en absoluto brillante, privada de un discurso convincente, pero eficaz en el momento oportuno. El líder conservador parece haber acertado en confundir a la mayoría del electorado inglés mixtificando la estrategia laborista de conquista del poder. Cameron insistió una y otra vez durante la campaña en que Miliban pactaría con los nacionalistas escoceses para ocupar el 10 de Downing Street, poniendo así precio a la unidad nacional frente al separatismo del norte.

Cameron explotó las contradicciones laboristas sin desfallecer. Prefirió recuperar los ecos del «capitalismo popular» de Margaret Thatcher y el repudio al gasto social excesivo como generador de presión fiscal, y apeló a una falsa irresponsabilidad de los laboristas en este terreno. En realidad, el laborismo asumía en su programa la necesidad de seguir recortando el déficit público, pero de forma más suave y escalonada.

En política importa tanto lo que es como lo que parece. Cameron aprovechó la coincidencia de laboristas y nacionalistas escoceses en las críticas a la austeridad para explotar una discordia latente entre ambos partidos, sabiendo que uno u otro, o los dos, saldrían dañados. Y como la emergencia del SNP era palpable, la derrota del laborismo en Escocia, aún a costa de reforzar el independentismo, estaría garantizada. El patriotismo retórico de Cameron no dudó en reforzar al independentismo por motivos partidistas.

El líder tory no sólo ha neutralizado una victoria laborista, como pretendía, sino que ha logrado lo que ni los más optimistas en su entorno podían esperar. La mayoría absoluta le permite ordenar el juego sin molestos acomodos con los lib-dem, reducidos de nuevo a la insignificancia parlamentaria y al limbo político, en castigo a una coalición equivocada.

¿UNA ENGAÑOSA VICTORIA?  

Algunos analistas destacan, sin embargo, que la euforia tory por el triunfo del 7 de mayo puede pronto revelarse efímera. David Cameron dispone de un margen de siete escaños en el Parlamento. La dureza de la tarea que tiene por delante no le permite afrontar con garantías una posible rebelión de partidarios. Los motines conservadores no son extraños cuando la situación política o económica se torna complicada. Le ocurrió a la todopoderosa Thatcher y a su débil heredero Major, como antes le había sucedido al malhadado Heath.

El temido motín contra Cameron tiene plazo fijo: 2017, año del prometido y ahora ineludible referéndum sobre la permanencia en la Unión Europa. El primer ministro propuso esa iniciativa precisamente para sofocar una presentida erupción en el alma de los tories y limitar el crecimiento de los escépticos ya desgajados del Partido Conservador. Con esa maniobra consiguió tranquilizar las aguas en la bancada azul pero se comprometió a una apuesta arriesgada para la siguiente legislatura, en caso de renovar mandato. ¿Por cuánto tiempo? Los analistas políticos cifran en unos sesenta los diputados tories euroescépticos, más que en la legislatura anterior. La amenaza de revuelta se mantiene.

El otro referéndum, el de la independencia de Escocia, pudo ser neutralizado a comienzos del otoño pasado, pero también a un precio no menor: el de prometer la ampliación de las atribuciones autonómicas. Sin esa oferta de última hora, cuando las encuestas no descartaban el triunfo separatista, no puede saberse qué resultado hubiera arrojado la consulta.

De esta forma, Cameron se mueve entre Brexit y Scotxit, es decir, entre dos impulsos separatistas, interno y externo, que puede anegar su flamante éxito en un drama político. El líder conservador intentará explotar su brillante victoria electoral para conseguir concesiones de sus socios europeos, pero no tiene garantizado el éxito. Tampoco que pueda neutralizar una oposición escocesa en Westminster vociferantemente hostil a la austeridad, multiplicada además por el presentido encono de un partido laborista en necesaria transformación.

Cameron tiene que hacer muchas cuentas para reducir el déficit en 40 mil millones de euros. Sus colaboradores manejan varias propuestas para minimizar el impacto. Pero será difícil cuadrar el círculo. No podrán salvarse del todo la atención sanitaria, las pensiones, el subsidio por desempleo y otras prestaciones sociales. El tijeretazo va a hacer sangre.

EL ERROR ESTRATÉGICO DE LOS LABORISTAS

El laborismo, entretanto, se debate entre restaurar la vajilla destrozada o cambiar de ajuar. Tras el fracaso, los partidarios de la “tercera vía” o “nuevo laborismo” se han dejado oír con reproches más o menos elegantes, pero bastante afilados. Varios ministros durante el mandato de Blair han atribuido la derrota al izquierdismo de Ed Milliban, por su defensa exclusivista de la distribución de la riqueza y el rechazo a quienes la crean, con sus empresas o en el ejercicio de sus profesiones. Este alejamiento de los “votantes aspiracionales”, es decir, los que legítimamente pretenden prosperar y vivir mejor, habría sido fatal, según ellos, para la suerte del Labour.

El propio hermano del líder caído, David Miliban, a quien Ed le gana la jefatura en una agria contestación hace cinco años, se ha sumado al debate, pero con cierta piedad fraternal ha manifestado que algunas de las críticas escuchadas estos días son injustas.

Uno de los principales aspirantes al liderazgo, Umunna, ya ha firmado un esbozo de estrategia para reconducir, por enésima vez el rumbo del partido hacia los caladeros que Blair supo asegurar durante tres elecciones consecutivas.

En este pre-debate laborista hay, no obstante, bastante hipocresía y demasiado diagnóstico pretendidamente contrastado. La defensa de la distribución de la riqueza para modificar la tendencia anti-igualitaria iniciada en los ochenta no debería ser señalada como la causa de la derrota. Ese ha sido el discurso del Partido Nacionalista Escocés y su triunfo en las tierras del norte ha sido incontestable.

El gran error de Ed Miliban quizás haya consistido en no haber acompañado su giro a la izquierda con una estrategia de apoyos convincente. Convencido de que un acercamiento a los nacionalistas escoceses le podía perjudicar, por el posible rechazo del trabajador inglés, malhumorado por los recortes conservadores pero apegado a otro nacionalismo, por reacción, el infortunado líder laborista se apegó a un confuso patriotismo unitario.

MIGRACIÓN DE VOTOS

La estrategia fracasó. Los laboristas no han ganado a los conservadores prácticamente en ninguna de las circunscripciones en las que parecían tener opciones. Incluso han perdido algunas que parecían seguras. En efecto, muchos obreros y empleados, en el centro y sur del Reino Unido, se han sentido atraídos por el mensaje anti europeo y anti-inmigración del UKIP (Partido de la Independencia del Reino Unido), aunque esta opción no esté tan consolidada como en Francia con el Frente Nacional. En todo caso, los resultados son engañosos, porque aunque el UKIP haya obtenido sólo un escaño y el propio Nigel Farage haya quedado fuera del Parlamento, debido al sistema electoral mayoritario por circunscripciones pequeñas, el partido ha obtenido el 13% de los votos, no mucho menos del registro consolidado de Marine Le Pen.

El giro a la izquierda, por tanto, no sirve para explicar, al menos no en su totalidad, la frustración electoral del laborismo, aunque si puede haberle enajenado ciertos sectores de las clases medias, que se sintieron confortadas o más identificadas con el discurso de Blair.

Otros factores han influido, sin duda, en la derrota laborista. La debilidad del liderazgo de Miliban ha sido muy analizada antes y en el arranque de la campaña, pero la mayoría de los observadores creyeron que a medida que se acercaba la cita electoral el papel del candidato iba mejorando y sus propuestas parecían más convincentes. En todo caso, no lo suficiente.

A buen seguro, muchos partidos social-demócratas europeos estarán muy atentos al proceso de soul-searching, es decir, de búsqueda de la identidad, en el seno del laborismo. En la fase inicial, se está poniendo el acento en la necesidad de encontrar un modelo de partido y una propuesta de Gobierno que conecte de nuevo con la base social. La gran pregunta es: ¿está identificada la base social del laborismo?