El 7 de mayo se celebran elecciones generales en Gran Bretaña. Los sondeos señalan un empate técnico entre los dos partidos dominadores de la escena política desde 1945, conservadores y laboristas. Pero, como ya ocurriera hace cinco años, el bipartidismo como mecanismo de alternancia se antoja agotado. El juego político deja de ser un match de tenis a dos. Se asemejará ahora una partida de bridge, aunque con parejas intercambiables más que estables. El panorama político se amplía. El pacto como instrumento imprescindible para gobernar se incorpora a la cultura política británica.

Gran Bretaña es el país europeo donde impera el sistema electoral mayoritario más rígido. Para sumar asientos en el Parlamento hay que ganar, uno a uno, los 650 distritos en que se divide electoralmente el territorio. Ser el segundo da igual a quedar el último: premio cero.

¿UN SISTEMA ACABADO?

Es clásico el debate que este sistema electoral ha suscitado durante décadas en Europa: se trata de un sistema injusto, porque no refleja la composición política real del país, pero es eficaz porque favorece mayorías de gobierno y, por tanto, estabilidad.

Los británicos no han tenido apenas interés en este debate, quizás porque el sistema bipartidista parecía tan consolidado que las quejas de los perjudicados encontraban poco eco en la ciudadanía. Pero una conjunción de crisis (económica, social, institucional y política) ha corroído los fundamentos del bipartidismo, no por la vía de un cambio de sistema electoral, sino del agotamiento del contrato político vigente desde hace setenta años.

En la época victoriana conservadores y liberales fueron los dueños del juego. Tras la Segunda Guerra Mundial, los laboristas sustituyeron a los desprestigiados liberales en el duopolio político.

Tras la victoria de Thatcher, un grupo de laboristas moderados se separó del partido para formar otro al que llamaron Social-Demócrata. Para adquirir significación decidieron, a finales de los ochenta, unirse a los liberales. De esa fusión surgió el Partido Liberal Demócrata (lib-dem). Pareció que, por fin, los eternos suplentes del juego político británico podrían saltar del banquillo y ocupar la pista. El liderazgo enérgico de Paddy Ashdown mejoró sus expectativas electorales. Pero uno de sus rivales reaccionó con viveza.

La emergencia de Tony Blair en el liderazgo laborista propició un giro a la derecha en el partido. El Labour se desprendió de viejos anclajes sindicalistas y de otros reflejos izquierdistas más retóricos que reales. El discurso del miedo a las huelgas y “chantajes” obreros dejó de engatusar a las clases medias cortejadas. La victoria arrolladora de Blair en 1997 frenó el ascenso de esa nueva opción centrista. Tuvieron que conjuntarse una serie de factores para que los liberales-demócratas se encontraran con otra oportunidad, trece años después:

El avance y la profundización de la integración europea. El perpetuo dilema de los tories en su relación con el continente terminó consumiendo muchas de sus energías, hasta abocarlos, en estos últimos tiempos, a una crisis de hegemonía, por el ascenso del Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP), populista, anti-europeísta y anti-inmigración.

La lenta pero inexorable crisis de liderazgo conservador tras la fracasada sucesión de Margaret Thatcher. John Mayor pasó con más pena que gloria por el 10 de Downing Street y los otros herederos de la Dama de Hierro nunca consiguieron franquear esa puerta.

El fiasco de la guerra de Iraq y la renuncia del laborismo a sus principios, en nombre de la confusa modernización en que terminó disolviéndose el proyecto de Blair. La pérdida de credibilidad del gran partido del centro izquierda británico provocó grietas por las que se escurrieron millones de votos, que terminaron en distintos remansos: liberales, en los barrios más acomodados de las grandes ciudades; nacionalistas, en las tierras altas de Escocia; o en la tierra de nadie de la abstención y el desengaño, en los degradados distritos obreros.

HACIA EL INEVITABLE PACTO

Las elecciones de 2010 confirmaron que el viejo mecanismo mayoritario (the first one takes all) no era ya suficiente para asegurar el bipartidismo. Los liberales-demócratas consiguieron lo que se les escapó en los 80 y 90: ganar en suficientes distritos para socavar el duopolio. En el pulso de líderes bisoños que se libró en el centro-derecha, el liberal Clegg consiguió arañarle suficientes votos al conservador Camerón para impedir que obtuviera la mayoría absoluta.

Al final, los lib-dem terminaron pactando con los conservadores por un cálculo de daños. Los laboristas estaban más debilitados: la herencia de Blair manchaba más que la inexperiencia de Cameron. Al cabo, esa apuesta no ha sido exitosa. La coalición ha terminando desgastando más al partido minoritario. Los sondeos predicen la oxidación de la bisagra política liberal el 7 de mayo, en beneficio de la opción más derechista del espectro político. El UKIP puede arrebatar a los lib-dem la tercera posición (en torno al 15%). Aunque el sistema electoral reduzcan a los populistas a la marginación parlamentaria (no se prevé que lleguen siquiera a cinco escaños), esta formación volverá a restar muchos votos a los tories.

Por la periferia, se confirma la emergencia del nacionalismo escocés, reforzado pese a la derrota en el referéndum independentista de septiembre. No es extraño: la casi totalidad de ese 45% que apoyó la secesión votarán al Scotish National Party, mientras que el 55% que la rechazó se dividirá entre los distintos partidos estatales. Si el SNP logra 40 escaños de los 59 que se ventilan en Escocia, el laborismo está condenado a la oposición. El líder laborista, Ed Miliband, insiste en que no pactará con los nacionalistas, pero la nueva líder de éstos, Nicola Sturgeon, mantiene su mano tendida con cierta condescendencia.

Por su parte, Cameron no deja de proclamar que Miliband terminará cediendo a la tentación escocesa y formará lo que él llama la «coalición del caos». Está estrategia del miedo está orientada más a debilitar al rival principal que a fortalecer sus improbables opciones. Ni siquiera con una de por sí contranatura operación a tres con liberales y populistas (que tienen visiones opuestas en casi todo) parece que el actual premier pueda sumar los 326 escaños que otorgan la mayoría en Westminster. No es de extrañar que Cameron se haya escaqueado de los debates electorales todo lo que ha podido. Cuánto más se exponga su debilidad, peores bazas tendrá, si al final la lona cae sobre el Wimbledon político y la partida se traslada a una mesa de bridge.