El resultado del referéndum griego obliga a Europa a realizar un ejercicio de flexibilidad y, sobre todo, de algo que ha carecido en los últimos años: liderazgo.

La interpretación del voto del domingo varía según las perspectivas ideológicas. Alexis Tsipras ha echado un órdago y parece haberlo ganado, según los que apoyan o comprenden su posición. Para los escépticos, y aún más en estimación de los hostiles, su victoria está plagada de riesgos, porque puede acarrear consecuencias diferentes a las pretendidas por él.

Pero lo que parece indiscutible es que el referéndum devuelve la crisis griega al lugar del que nunca debió salir: el terreno político. Por mucho que se hable de deuda, de ayuda financiera, de ajustes fiscales, de reducción y redistribución de gastos, materias claramente económicas, es sabido que la dimensión de problema pertenece clara y fundamentalmente a la Economía política.

No hay salida sin un acuerdo. De la misma forma que los acreedores no han doblegado a un Gobierno griego que cuenta con amplio apoyo popular, no es posible pensar que un 60% de los griegos obliguen a los Estados europeos a que acepten sin más sus condiciones, porque también ellos cuentan con mayorías que podrían expresarse en sentido opuesto a como lo han hecho ellos. La negociación no es que sea posible: es el único camino hacia la solución.

Ahora le toca mover ficha a Europa. Es buena señal que la cumbre europea venga precedida del habitual ejercicio de sintonización franco-alemán. El encuentro Merkel-Hollande, previsto para la noche del lunes, confirma que la respuesta va a ser política y no tecno-burocrática. Buena señal. Pero, atención, no hay que dar por hecho que se vaya a lograr un compromiso pronto. La división europea ante el desafío griego es difícil de ocultar. Francia promueve un cambio de enfoque, más flexible, más conciliador. Alemania se resiste.

Pero es un error hablar de Berlín como un bloque férreo. Merkel, tan denostada, es posiblemente la más interesada en evitar una ruptura drástica con Atenas. La canciller se debate entre su estatus de jefa de un Gobierno en un país que mayoritariamente siente como un agravio la posición griega y su condición de primera dirigente europea e internacional. Como líder doméstica se atiene a la intransigencia que exhibe su partido y los otros alemanes; como dirigente internacional se ve obligada a contemplar una perspectiva geoestratégica que desaconseja una respuesta rupturista.

Hace unos días, el anterior Jefe de la OTAN en Europa, el general norteamericano de origen griego James Stavridis, daba la voz de alarma ante un eventual ‘Grexit’. La salida griega del euro resultaría catastrófica, en su opinión, para la estabilidad del Sur de Europa, debido a la situación siempre potencialmente desestabilizadora en los Balcanes y un frente múltiple de guerras y conflictos en Ucrania y Oriente Medio. Un alejamiento griego de Europa introduce elementos visibles de inquietud. Una Grecia rechazada por Europa abriría la perspectiva, siquiera hipotética, de acercamiento a Rusia y China, en busca de alivio financiero y respaldo político. Algo que hace temblar mucho más a las élites occidentales que el impago de la deuda.

Por encima de todos los factores económicos complejos que han hecho fracasar las negociaciones este año, prevalece un imperativo moral, político y estratégico que empuja hacia el compromiso. Ahora hace falta más racionalidad y menos tragedia. Más Sócrates y menos Sófocles.