El ascenso de Syriza es un proceso largamente anunciado. En 2012 obtuvo un 26,8% de los votos y algunos sondeos le auguran ahora un par de décimas por debajo del 30%, al menos tres puntos más que ND. Un avance de envergadura, teniendo en cuenta que sus propuestas suponen un desafío abierto a las orientaciones del eje Berlín-Bruselas-Frankfurt.

En todo caso, y aún confirmándose una victoria electoral de este bloque de izquierdas, no está garantizado que pueda reunir una mayoría suficiente para formar un gobierno estable, que le permita plantear siquiera la renegociación del acuerdo financiero con la UE. Los posibles aliados de Syriza son minúsculas formaciones de centro-izquierda (Dimar) o populistas de confuso perfil ideológico, que ni siquiera tienen garantizada su presencia en el Parlamento, si se produce una polarización del voto.

Por su parte, Nueva Democracia afronta un desafío aún mayor. Es bien dudoso que los avances conseguidos por la política de estabilización en el plano macroeconómico sean aceptados como logros merecedores de recompensa por la mayoría del electorado. Aunque el déficit se ha reducido al 3% del PIB y el crecimiento económico en 2015 se prevé en torno al 3%, el desempleo frisa el 27%, la mitad de la población menor de 30 años sigue sin incorporarse al mercado laboral y un millón de desempleados carecen de subsidio alguno. La salida de esta pesadilla de empobrecimiento se antoja aún lejana, pese a las buenas palabras del primer ministro y de sus aliados europeos.

La opción rupturista es hoy más probable que nunca desde el comienzo de la crisis. Alexis Tsipras ha moderado en parte su discurso, sin renunciar a lo fundamental: cambiar las reglas del acuerdo con la ‘troika’ y superar la lógica del ‘austericidio’. Las propuestas del joven ingeniero que ha revolucionado la política griega son básicamente cinco: el alza del salario mínimo, la anulación de un tercio de la deuda pública, la recapitalización de los bancos sin que se contabilice esas cantidades en la deuda pública, una moratoria sobre las deudas privadas de los bancos y una cláusula de desarrollo en los nuevos acuerdos con Europa.

En Bruselas no terminan de creerse que Tsipras se atreva a poner en peligro el segundo tramo de la asistencia financiera, que la crisis motivada por la elección parlamentaria fallida del Presidente de la República ha impedido completar. Atenas tiene pendiente de recibir el último tramo de la «ayuda» financiera con el que completar el proyecto de saneamiento de las finanzas públicas. Pero se exige a Grecia el último esfuerzo, como señalaba hace unos días el Comisario Moscovici, un socialista francés que intenta hacer equilibrismo entre la ortodoxia comunitaria y la retórica pro-crecimiento de su jefe político en París. El presidente de la Comisión, el luxemburgués Junker, ha ido hasta el límite de la corrección política y la no injerencia al afirmar que no le gustaría el triunfo de «fuerzas extremas» y prefiere ver en enero «caras familiares» en Atenas. Claro que el siempre estólido ministro alemán de Finanzas no le ha ido a la gaza al comentar que la situación de la deuda griega no cambiará en nada con nuevas elecciones.