Para hacer una lectura mínimamente positiva del acuerdo sobre el tercer rescate de Grecia basta con tener en cuenta un solo elemento: Grecia continúa en el euro lo cual, en principio, refuerza la irreversibilidad de la moneda única. Por desgracia la negociación, o más bien el inaudito combate vivido, se produjo confrontando dos alternativas, la de la permanencia frente al “Grexit”. Por esta razón el Gobierno de Grecia asumió un acuerdo durísimo primando, por encima de todo y con poco margen para matices, la permanencia en la eurozona.

Sin embargo, la irreversibilidad es un concepto absoluto que no permite graduación, ni se refuerza ni se debilita, o es o no es. Las continuas afirmaciones del ministro alemán de finanzas Schäuble, y su propuesta de salida temporal de Grecia del euro, generan inquietantes dudas de fondo que sin duda los mercados interpretarán en cuanto vuelva a haber problemas. Esta posibilidad, que estuvo sobre la mesa del Eurogrupo, esboza una futura potencial ruta de salida del euro y no sólo para Grecia, justamente lo contrario de lo que el controvertido acuerdo persigue. Algo se ha roto quizás para siempre.

Por otra parte, la lectura negativa del acuerdo también tiene fundamento, no sólo por su contenido, sino también por el innecesario deterioro adicional encajado por la economía griega, por sus ciudadanos, e incluso por el conjunto de la economía europea, y sobre todo por cómo se ha negociado y por lo que ha ocurrido tanto en el Eurogrupo como en el Consejo Europeo. Gruesas palabras en un clima de enfrentamiento y tensión, que van a exigir un inmenso esfuerzo conciliador durante mucho tiempo para reconstruir el mínimo clima de confianza imprescindible para seguir construyendo entre todos el proyecto europeo.

Ha vuelto a quedar claro que sigue sin existir una alternativa al esquema de gobernanza económica impuesto por Alemania y los países centrales del euro, a pesar del evidente fracaso en materia de crecimiento, desapalancamiento, mejora de la productividad, creación de empleo –como se quiera medir- de los países con mayores problemas. La zona euro no puede convertirse en una trampa permanente para los países menos virtuosos condenados a la deflación y a políticas procíclicas como si nada. No se puede continuar por el mismo camino si se pretende evitar, no tanto la expulsión, como alguna baja voluntaria del euro en un horizonte temprano. Europa ha salido muy debilitada de esta crisis.

Entonces, ¿cómo queda Grecia? ¿Mejor o peor que antes? Es evidente que Grecia y sus ciudadanos están mucho peor ahora que hace seis meses e incluso que hace 15 días. La pregunta es si podrían haber estado mejor, y por desgracia la respuesta es sí. La negociación, la estrategia de su Gobierno, ha sido catastrófica.

Es evidente que este Gobierno griego no es el único y ni siquiera el principal responsable de la situación, que se remonta a mucho más atrás, y es evidente también que la estrategia seguida por la Unión Europea y por el Eurogrupo ha resultado fallida.

En Grecia los errores se remontan a todos los Gobiernos anteriores que renunciaron a modernizar su país (o no pudieron) y mintieron en la publicación de sus cuentas públicas. Errores también del Gobierno actual de Syriza por su incapacidad tanto para poner en marcha reforma alguna en seis meses de gestión como para negociar con Europa. Un Gobierno que ha desaprovechado la oportunidad que los ciudadanos griegos le dieron en las urnas y que más que evitar ha propiciado con su irresponsable comportamiento el brutal deterioro de su economía durante las últimas semanas, incrementando el sufrimiento de los ciudadanos griegos que han sumado un corralito bancario a la cadena de tragedias que padecen desde hace años.

Grecia ha cometido muchos errores, demasiados, pero Europa también. Y ambas fuentes de error, griega y europea, están interrelacionadas.

Errores de las instituciones europeas que con su permanente miopía en el tratamiento de la crisis forzaron a Grecia a acometer recortes drásticos que deprimieron su economía en nombre de la austeridad. También, unas instituciones europeas que erraron al no plantear con determinación desde hace mucho antes, desde la adhesión de Grecia alas Comunidades Europeas en 1981, la necesidad de llevar a cabo las reformas imprescindibles para modernizar el país y sus instituciones, para eliminar privilegios, para combatir la corrupción y garantizar el crecimiento económico y la cohesión social en Grecia. Reformas y modernización que los países bálticos, por ejemplo, que fueron Unión Soviética y que firmaron su adhesión casi 25 años después que Grecia, pusieron en marcha en un plazo ejemplar. Países que junto a otros seis Estados miembros tienen una renta per cápita inferior a la griega.

Asimismo, la agónica escenificación de la negociación, trasmitiendo una imagen de desigualdad y desequilibrio entre acreedores y deudores, entre el Norte y el Sur, es impropia de la Unión, es simplemente inaceptable e insostenible. Europa es poner en valor lo común, que es mucho, y no exprimir las diferencias. Europa es democracia, más democracia y mejor, y no menos o peor. Europa es un proyecto político y no sólo económico.

Todo ello ha dinamitado la confianza, el único sustento real del modelo comunitario. El acuerdo, cualquier acuerdo entre socios europeos, no sólo debe ser solidario sino que debe ser compatible con el normal funcionamiento democrático de las instituciones nacionales que deben asumir su responsabilidad en la ejecución delopactado.

Desde una perspectiva progresista y europeísta resulta inevitable realizar una lectura política sobre el sistema de gobernanza económica del euro que no puede continuar por el mismo camino. Es insostenible seguir así. Es preciso reconstruir y recuperar la confianza en Europa y en las instituciones comunes por lo que es necesario abrir un debate inmediato a partir del documento de los cinco presidentes de las instituciones europeas (https://www.ecb.europa.eu/pub/pdf/other/5presidentsreport.es.pdf?b2d7c6eafb4ab9c2623096cf07af5b42).

Los socialistas y socialdemócratas europeos debemos ser mucho más ambiciosos que lo que proponen los cinco presidentes, con el objetivo de cerrar cuanto antes un calendario de reformas profundas para Europa y para el euro. Reformas que refuercen la legitimidad democrática de las decisiones del Consejo y de la Unión en su conjunto, y que profundicen en la integración fiscal y política. Grecia y Europa están peor que hace seis meses, sí, pero también están mejor con este acuerdo que sin acuerdo. El sueño europeo ha salido muy tocado de este episodio. A partir de ahora Europa se la juega. Europa necesita audacia, propuestas y también realismo y verdades. Una vez más, ya ocurrió con los multiplicadores fiscales, el análisis del FMI de esta semana sobre la insostenibilidad de la deuda griega y la necesidad de quitas o de una mora de décadas ha vuelto a poner en evidencia a la Unión. Schäuble dice que lo prohíben los Tratados, pero no explica que el Tratado de la Unión marca como objetivo el progreso y la prosperidad por el bien de todos sus habitantes, o que el método aplicado a Grecia ahora y antes a Chipre es el resultado de un acuerdo intergubernamental ajeno a los Tratados.

Sin Hollande y Renzzi probablemente Grecia ya no estaría en el euro. Sin el empuje de ambos no habría habido acuerdo. Un acuerdo que incluye una propuesta de reestructuración de la deuda, un fondo de inversiones para el crecimiento de 35.000 millones de Euros, casi el 20% del PIB de Grecia, un exigente fondo fiduciario de garantía de 50.000 millones de euros que Grecia dotará con cargo a futuras privatizaciones –veremos cómo lo hacen porque esa cifra es superior al del valor de capitalización bursátil de la bolsa de Atenas-, y un paquete de reformas que esta vez debe servir para retornar al crecimiento y crear empleo y actividad para poder sostener el modelo de sociedad europea también en Grecia.

¿Es esto suficiente? ¿Es satisfactorio? ¿Es este acuerdo todo lo que puede ofrecer la socialdemocracia? Si la respuesta socialdemócrata a esta crisis ha sido garantizar la continuidad de Grecia en el euro porque la alternativa conservadora proponía la salida, el “Grexit”, entonces hay que dar contenido a la permanencia de Grecia en la moneda única. El enorme sacrificio que supondrá para Grecia intentar crecer anclada al euro debe tener garantías, primero, de que lo va a conseguir, y segundo, de que la cohesión económica y social va a mejorar en el futuro. Si no es así, la permanencia en la moneda única dejará de tener sentido como éxito socialdemócrata frente al potencial “Grexit” conservador. Seguir en el euro, sí, pero con algún fin, para lograr algo. Ese es el gran reto que la izquierda socialista y socialdemócrata europea debe afrontar ahora. El de volver a dotar de contenido el sueño europeo de la integración y progreso continuo que estas semanas fatídicas han dejado más debilitado que nunca. Europa merece la pena.

(*) Juan Moscoso es Diputado por Navarra del PSOE. Portavoz del Grupo Parlamentario Socialista (GPS) en la Comisión de Economía y Competitividad del Congreso de los Diputados. Doctor en CC. Económicas por la Universidad Autónoma de Madrid.