No está claro que el riesgo del abismo produzca una ligera rectificación que permita una coalición conservadora-socialista. Esa mayoría se jugará sobre el filo de la navaja. Si las presiones sobre Grecia aumentan, con el objetivo de acobardar a los ciudadanos helenos, la fracción de electores más irritada con la situación podría reforzarse. Y aunque los dos grandes partidos obtuvieran los escaños suficientes para consagrar su matrimonio de conveniencia, el clima social seguiría degradándose. El derrumbe podría producirse en agosto, si las instituciones que deben decidir sobre el próximo paquete de rescate pronuncian un veredicto negativo. De momento, se anuncia un adelanto de dinero para liberar presión.

La sombra parda que asoma por detrás de las ruinas de la democracia griega es inquietante, no en sí misma, sino por lo que tiene de síntoma de envalentonamiento de las opciones más indeseables y desesperadas. El progreso de la izquierda crítica, por saludable que sea, puede verse desbordado por esa otra marea infame que no tiene empacho alguno en rescatar lo más odioso de la historia europea. AURORA DORADA constituye un fenómeno mucho más preocupante y peligroso que el Frente Nacional, aunque ambas expresiones políticas beban de la misma turbiedad.

El lunes, en los pasillos de Bruselas y en muchos gabinetes, no se hablaba tanto de la victoria de Hollande, cuanto de la deriva griega. Algunos analistas, jugando quizás de forma irresponsable, por hacer el juego a quienes utilizan el chantaje sobre Atenas, proclaman sin disimulo que una quiebra de Grecia provocaría tal nerviosismo e inestabilidad, que no podría evitarse el efecto dominó sobre Italia y España. El hundimiento del ‘frente mediterráneo’ dejaría seriamente expuesta a Francia -y en consecuencia, a Alemania- y provocaría el colapso.

ALEMANIA, ATRINCHERADA

El domingo hay elecciones regionales en Renania-Westfalia, el principal länder alemán. El aviso del fin de semana en el pequeño Slechswig-Holstein anticipa tiempos inciertos para Ángela Merkel. A sus electores no les gusta que la canciller juegue a la conciliación. Por eso, es más que probable que en Berlín el plan ‘B’ ya haya pasado a ser plan ‘A’; es decir, que la salida griega del euro se contemple como deseable o como mal menor, frente a la insistencia en lograr la continuación del tratamiento de choque actual. Eso al menos lo sostienen varios expertos consultados por los corresponsales económicos del NEW YORK TIMES en Alemania.

La clase política alemana y la élite burocrático-financiera se atrincheran ante las embestidas anunciadas de este primavera convulsa, con un ojo en las pretensiones de Hollande y otro en la descomposición griega. El ministro de Finanzas y hombre fuerte del Gabinete, el incombustible Wolfgang Schäuble, dijo el pasado viernes que «la pertenencia a Europa no es obligatoria, es voluntaria, y que los griegos debían elegir». Un aviso imperturbable sobre la tentación helena de confirmar en junio la rebelión del 6 de mayo.

En realidad, esta aparente frialdad alemana sobre un eventual naufragio griego puede tratarse de un farol más. Varios analistas alemanes, vinculados o no con el mundo financiero, consideran que el descuelgue de Grecia tendría, inevitablemente, repercusiones políticas muy serias. Y ni siquiera serviría para aliviar la presión sobre Italia y España (en consecuencia, para Francia y la propia Alemania, también). Todo el proyecto político de Europa se tambalearía.

Por eso, se habla también de un plan ‘C’ como opción mixta: ni la presión sostenida, ni la salida griega del euro. Consistiría en una renegociación de las condiciones de austeridad. Una especie de intervención masiva, para garantizar desde Bruselas y Frankfurt el sostenimiento de los servicios básicos mediante entrega de dinero con cuentagotas.

La intransigencia alemana no es sólo ideológica o psicológica, por temor a un descontrol generalizado de la crisis de la deuda. Es interesada. Muy interesada. No se trata de que Europa hable alemán. Se trata de que permita a Alemania seguir blindando su relativa prosperidad actual, basada en dos pilares fundamentales interrelacionados: la fortaleza de su sector industrial exportador y un mercado laboral precarizado, abaratado y puesto al servicio de una competitividad sin piedad.

LA COMPLICADA MISIÓN DE HOLLANDE

En estos escenarios -desagradables todos ellos-, se perfila el intento constructivo de Hollande para forzar una orientación no fundamentalista de las políticas europeas. Su propósito de incorporar un pacto de crecimiento que vaya más allá del nominalismo ‘merkeliano’ tropieza con dificultades sin cuento. En este sentido, la prensa anglosajona ha tratado estos últimos días de enfriar el entusiasmo relativo de la izquierda por el triunfo socialista en Francia, proyectando diagnósticos más bien pesimistas sobre la salud de la economía francesa. Algunas de las cuales vienen de lejos, y otras se han generado por los errores del mandato ‘sarkoziano’.

Francia soporta el mayor déficit de la zona euro en relación con el PIB (5,2%), lo que hace muy difícil que pueda ser rebajado al 3% a finales de 2013, como se ha comprometido el próximo presidente en la campaña electoral. Es más, el FMI pronostica que las promesas electorales de Hollande (la creación de empleo público en el sector educativo, la recuperación de servicios ligados a la atención social, el adelanto en dos años de la edad de jubilación, etc.) podría situar el déficit en el 3,9%, según informa THE ECONOMIST.

Frente a estos augurios, Hollande tendrá que demostrar que no ha vendido humo, ni esperanza, ni buenos deseos exclusivamente. Que la luz que se ha encendido en París puede iluminar el camino de salida de la crisis.