En ocasiones, estos linchamientos han sido sufridos por personas ?o personajes públicos? sobre los que solo recaía un principio de sospecha inicial, y que eran investigados abiertamente en un sistema como el nuestro, que posibilita que algunos jueces actúen con un considerable grado de discrecionalidad investigadora, no siendo infrecuente que al final todo quede en aguas de borrajas. Para estas personas inocentes, tener que atravesar el pasillo de las turbas y tener que sufrir no solo insultos, sino a veces empellones y otras humillaciones transmitidas por televisión, constituye un acto de injusticia extrema, que no se puede comprender cómo no ha sido atajado por las autoridades de una manera definitiva y contundente.

Cuando se trasmiten por televisión tales linchamientos sociales, somos muchos los que sentimos vergüenza por la imagen que tales prácticas transmiten de la sociedad española por el mundo.

Sin embargo, en contraste con lo que habitualmente se suele ver, hace poco hemos podido contemplar unas imágenes totalmente diferentes con motivo de la comparecencia de un conocido futbolista ante un juzgado para responder por un delito de fraude fiscal en el que había sido pillado. En esta ocasión, la entrada al juzgado estaba debidamente vallada y vigilada por una dotación suficiente de la policía que no daba lugar a los empellones ni al forcejeo de los fotógrafos y cámaras de televisión. El aspecto de todo parecía el de un país serio y civilizado. Pero lo más sorprendente es que, en esta ocasión, la multitud no increpaba ni insultaba al compareciente por no pagar a Hacienda lo que debía, ni le llamaba chorizo, o defraudador, o delincuente ?como es habitual escuchar?, sino que vitoreaba y aplaudía al futbolista. ¿Le vitoreaban por defraudar? ¿Les resultaba indiferente que se cumplan o no se cumplan las obligaciones fiscales en igualdad de condiciones para todos?

Por asuntos de mucho menos dinero otras personas que no son futbolistas han recibido broncas fenomenales a las puertas de los juzgados. ¿Por qué son diferentes los futbolistas?

Nadie podrá negar, a estas alturas, que en algunos países (como España) el fútbol es un mundo aparte, en el que no cuentan las normas de urbanismo, las leyes fiscales, las deudas con los municipios o con la Seguridad Social, ni los criterios de comportamiento personal que en otros ámbitos se tienen por normales o positivos. Algunos futbolistas cobran cantidades desmesuradas, reciben fichajes inauditos y se les brindan excepciones fiscales que no tienen justificación alguna. Un reciente fichaje ha llegado a rozar los 100 millones de euros, una cantidad obscena en tiempos de recortes con la que se podrían remediar los problemas de la población sin techo, o las carencias alimenticias de los niños en muchas escuelas. Solamente el presupuesto anual de los dos grandes clubs de fútbol españoles supera holgadamente el presupuesto del actual Gobierno español en Cultura. Lo cual en manos tan sectarias como las del Señor Lassalle está dando lugar a uno de los mayores “culturicidios” que se han conocido en la historia reciente de España.

A esta desmesura económica se une una mano ancha casi total en el pago de impuestos o en los comportamientos personales de estos nuevos “héroes” de nuestra época, que viven muchas veces con un desenfreno en sus gastos propio de nuevos ricos y que se comportan ?salvo honrosas excepciones? con un sentido primario ramplón. Hace poco una persona me decía, en este sentido: ¿No es un poco raro que todos los grandes futbolistas se emparejen y desemparejen con modelos relucientes? ¿Por qué ninguno se empareja con una abogada, una médico, o una honrada funcionaria pública, o una inteligente escritora o profesora?

Habría que profundizar, pues, en las razones de esta particularidad social y estudiar, por ejemplo, por qué el fútbol se ha acabado convirtiendo en uno de los principales factores de identidad en sociedades como la nuestra. Mi impresión, en este sentido, es que no estamos solo ante un fenómeno de relativismo moral, o ante la apertura de un nuevo espacio social de excepcionalidad cultural y normativa, como ocurre con los paraísos fiscales; de los que también son clientes, por cierto, algunos deportistas de élite.

Lo que está ocurriendo, más bien, es que en sociedades afectadas por múltiples déficits, incertidumbres e inestabilidades, algunos deportes ofrecen, al tiempo que un espectáculo interesante, un ámbito de identidad que los convierte en algo especialmente valioso. Así en una de las últimas Encuestas del Grupo de Estudio sobre Tendencias Sociales (GETS) hemos podido constatar, por ejemplo, que el 49% de los españoles se siente fuertemente concernidos o identificados cuando España o alguno de nuestros equipos participa en una competición internacional. Más en concreto, nada menos que un 62% dice que se siente bastante o muy identificado como español cuando juega España y un 66% apoya el uso de banderas, camisetas con los colores nacionales y otras muestras de identidad. Son muchos, en esta perspectiva, los que piensan que, en estos momentos, aparte del deporte, existen pocas ocasiones o iniciativas para manifestar los sentimientos de españolidad (un 59,5%).

Ni que decir tiene que el fútbol es, a gran distancia, el deporte que concita mayores sentimientos de identidad como españoles. Así es para un 60,4%, seguido por el baloncesto (19,5%), el tenis (14,8%), el olimpismo (11,9%), el ciclismo (8.8%) y las motos (8,7%).

Lo más significativo de todo esto es que, en bastantes de estos casos, los más jóvenes son los que en mayor grado coinciden en estas apreciaciones valorativas. Lo cual revela que estamos ante cuestiones de fondo relacionadas con la articulación de las identidades en nuestro complejo y cambiante mundo.