Desde el comienzo de la intervención militar rusa en la guerra de Siria, se han precipitado los acontecimientos y se han acelerado las oportunidades de resolución del conflicto. Al menos eso hay que “reconocérselo” a Vladimir Putin.

Tres semanas es poco tiempo para que pueda detectarse un cambio sustancial en los frentes, aunque parece claro que el régimen ha visto como se aliviaban las amenazas que pesaban contra sus posiciones estratégicas en torno a la región costera con epicentro en Latakia y alrededor de Damasco.

EL EFECTO DE LA OPERACIÓN RUSA

Sin embargo, en el plano político y diplomático, la situación ha experimentado un vuelco considerable. El rechazo inicial de Estados Unidos y de sus aliados en Europa y en Oriente Medio a la iniciativa de Moscú se ha ido suavizando o gestionando a medida que se evidenciaba la ausencia de alternativas eficaces. Putin arriesgó, a sabiendas de que disponía de mejor jugada a corto plazo, y confió en que, en poco tiempo, se repartieran cartas de nuevo.

La primera señal positiva fueron las negociaciones para evitar colisiones de las fuerzas aéreas rusas y norteamericanas que están operando en la zona. A continuación, se filtraron los debates en la Administración Obama sobre la reconsideración de las opciones disponibles. Putin aprovechó sus apariciones públicas para exhibir su mano tendida a una colaboración anti-terrorista real y no sólo aparente. Aunque los primeros misiles de crucero ruso batieran posiciones de los rebeldes entrenados, armados y sostenidos por Washington, porque eran los más cercanos a las líneas más sensibles del régimen, en pocos días la aviación rusa destruyó material militar y centros de mando y control de ISIS en la zona norte del país.

Por puro pragmatismo o por el convencimiento de que el rechazo frontal de la operación rusa no arrojaría dividendos rápidos y se corría el riesgo de afianzar a Assad en el poder, la Administración Obama intensificó los contactos con sus aliados con el claro objetivo de comprometerse en unas negociaciones con Moscú. No pocas voces en la comunidad política, diplomática y académica estadounidense apoyaron esta orientación constructiva (1).

Los esfuerzos cristalizaron en un esquema que, en la jerga diplomática, ha venido en llamarse Viena I (por la capital donde se celebraron los contactos a nivel de ministros de exteriores). El objetivo, se admita explícitamente o no, es establecer una suerte de Conferencia Internacional sobre el futuro de Siria. Los rusos, discreta pero oportunamente, pusieron el acento en una realidad evidente. Una de las sillas imprescindibles en esa mesa de diálogo estaba vacía: la de Irán.

LA SILLA VACÍA

Irán ha sido un actor esencial en la guerra de Siria. Constituye, como se sabe, el principal sostén militar del régimen de Assad, al menos hasta la entrada de Rusia en la contienda. Las unidades de élite iraníes, encuadradas en la división Al Qods, bajo el mando del General Suleimán, han sido el principal elemento de la resistencia del bando gubernamental.

El otro bastión militar del clan Assad ha sido las milicias del partido chií libanés Hezbollah, probablemente el aliado más genuino de Irán en la región. Estos milicianos han actuado como una auténtica guardia pretoriana del Presidente sirio, cuando otras unidades de élites de su ejército han flojeado o se han visto superadas por sus distintos enemigos.

Teherán se ha comportado, por tanto, como un aliado fiel, serio y fiable de Damasco. Se trata de una alianza de intereses compartidos, basada en la naturaleza confesional de dos potencias chiíes (los alawíes que gobiernan Siria son una rama local y propia del chiísmo en un país que cuya población es, como el entorno regional, mayoritariamente sunní).

Por estas (poderosas) razones, no parecía realista entablar unas negociaciones diplomáticas sobre el futuro de Siria sin la participación de uno de los actores principales. Otra cosa es cómo se cuadraba el círculo de tensiones y rivalidades regionales sin las cuales resulta imposible comprender por qué la guerra de Siria ha durado tanto.

Durante el desarrollo de las negociaciones sobre el proyecto nuclear iraní, la Administración Obama se cuidó de no elevar el reconocimiento internacional de Teherán para no agudizar más los recelos que algunos de sus tradicionales aliados regionales tenían ante ese empeño diplomático. Los saudíes (y en cierto modo, también la derecha israelí) temían que la Administración Obama, por pragmatismo o realismo, estuviera dispuesta a normalizar las relaciones con los ayatollahs para “estabilizar” la región sobre bases de zonas o áreas de influencia. Sólo la posibilidad de que algo así pudiera ocurrir intranquilizaba notablemente a los jeques del Golfo, que perciben al régimen iraní como una amenaza continua e irredenta.

Concluido el acuerdo nuclear y mitigados, que no resueltos, los temores saudíes, la apuesta rusa ha abierto la perspectiva de un gran pacto regional, con el aval de las grandes potencias externas, según una visión propia de una guerra fría que ya no parece tan lejana. Washington ha debido convencer a los soberanos saudíes de la conveniencia de implicar a Irán en un compromiso sobre el futuro de Siria, en vista de que la derrota militar del régimen parece ahora fuera de alcance.

Pero que Irán haya anunciado su disposición a participar en Viena II (segunda fase de esta iniciativa diplomática exploratoria), no quiere decir que esté garantizada su permanencia y mucho menos su disposición a suscribir un acuerdo que mine sus intereses estratégicos, opuestos completamente a los de sus vecinos rivales saudíes. Seguramente, saudíes e iraníes no se sienten a la misma mesa o trabajen en salas distintas, para evitar tensiones inoportunas y prevenir incómodas explicaciones ante sus respectivos frentes internos.

Por lo demás, del lado iraní puede repetirse la dualidad observada durante las negociaciones nucleares. Una línea cooperadora, diplomática sostenida por el Presidente Rohani y el ministro de exteriores Zarif, y un sector duro, más receloso al compromiso, constituido por los elementos radicales del régimen bajo el liderazgo del Guía Supremo. De hecho, el Ayatollah Jamenei ya advirtió en su día que no debe esperarse de Irán la reconciliación con el Gran Satán norteamericano y que el acuerdo nuclear no iba a ser el primer paso de un acercamiento hacia Estados Unidos.

Sin embargo, la realidad y la necesidad de un entorno internacional que favorezca su recuperación económica puede obligar a los distintos sectores del régimen islámico a confinar este radicalismo en un plano puramente retórico.

Por otro lado, una cosa es que la operación militar rusa haya apuntalado a Assad y otra es que el régimen sirio haya superado el estado de ruina. Moscú y Teherán tienen motivos y estímulos de sobra para aceptar que debe haber un cambio en el poder en Damasco, siempre que se garanticen sus intereses estratégicos; es decir, un gobierno que asegure los actuales equilibrios y garantice su influencia política, con presencia militar constante o no según las circunstancias.

Esta fórmula de colaboración con Moscú ha sido codificada por Steve Simon, un alto cargo de la primera Administración Obama, con una versión ad hoc del famoso axioma de Ben Gurión: “combatir contra los milicianos del ISIS como si los rusos (o el régimen de Bashar al- Assad) no estuvieran allí y contener a los rusos como si el Daesh no estuviera allí” (3).

La gravedad de los problemas a resolver, la profunda desconfianza entre los distintos actores del drama y la complejidad de los acuerdos perseguidos obligan a la prudencia. Pero Viena es el intento más serio de la comunidad internacional para encauzar el conflicto en los últimos cuatro años y medio.

 

(1) “Should the United States Work with Russia in Syria”.FOREING AFFAIRS, 8 de Octubre; “A Five Nations Plan to End the Syrian Crisis”. JIMMY CARTER. NEW YOR TIMES, 23 de Octubre; “How to Work with Russia in Syria”. LUAY AL KATTEEB Y ABBAS KHADIM. FOREIGN AFFAIRS, 18 de Octubre; y “A road to Damascus, via Moscu”. GORDON ADAMS y STEPHEN WALT. NEW YORK TIMES, 13 de Octubre.

(2) “How Washington can use the Russian intervention to force a ceasefire”. STEVE SIMON. FOREIG AFFAIRS, 25 de Octubre. La cita original de Ben Gurion, pronunciada en 1939, al poco de iniciarse la II Guerra Mundial, es la siguiente: “Debemos ayudar a los británicos como si no existiera el Libro Blanco y tenemos que oponernos al Libro Blanco como si hubiera guerra”. El Libro Blanco es el documento que contenía los planes descolonizadores de Londres en Palestina, a los que se oponían en ese momento los sionistas. Puede leerse la cita del fundador de Israel en http://www.jewishvirtuallibrary.org/jsource/Quote/bg.html