THE NEW YORK TIMES distingue entre las guerras de Irak y Afganistán, desde un criterio moral: la primera sería una guerra opcional; la segunda, una guerra necesaria. No es razón menor que la segunda cuente con el respaldo del derecho internacional, mientras la primera obedeció a una decisión unilateral de un grupo de países sin el aval de la ONU.

Pero hay una razón más práctica, que el Jefe del Pentágono puso de manifiesto en la reunión de la Alianza: los europeos deben comprender que la garantía de sus ciudadanos de estar a salvo de un ataque terrorista depende de una victoria occidental en Afganistán.

Aparte de recordar a los europeos sus responsabilidades, el diario liberal neoyorquino, reprocha a la administración Bush que gran parte del fracaso en Afganistán se debe al empantanamiento del Pentágono en Irak.

Una posición mucho más crítica sostiene el diario británico de centro-izquierda THE GUARDIAN acerca de la pretendida exigencia moral de Occidente en Afganistán. Afirma el editorialista que “la noción de guerra justa ha sido secuestrada por los neoconservadores”. Lo que debe tenerse en cuenta –continua el argumento- para no repetir los errores que se derivaron de ello en el pasado, a saber: Rusia y el Irak post- Sadam.

THE GUARDIAN pone el dedo en lo más profundo de la llaga al plantear lo que otros diarios occidentales no han hecho estos días, a raíz del debate en la OTAN. Mezclar, como hace THE NEW YORK TIMES, valores e intereses conduce a una perversión del principio de intervención. El rotativo progresista británico afirma con una claridad poco acostumbrada en la prensa occidental cuando se fija posición en estos asuntos que “Occidente debe sus intereses comerciales y militares de la aplicación de valores universales como la democracia”. No es una cuestión de puro paternalismo o de arrogancia la imposición de un modelo de sociedad o convivencia. Es una consecuencia seguramente inevitable de la lógica de la intervención. Son los intereses occidentales los que se defienden primordialmente en Afganistán. Los intereses de los afganos son subsidiarios. Como concluye el comentario, “la democracia puede adoptar muchas formas, no necesariamente la que más se ajusta a nuestros intereses militares”.

Otro diario británico, de orientación bien distinta, el FINANCIAL TIMES aporta valor al debate al publicar una reflexión de Paddy Ashdown, menos crítica pero no menos interesante sobre la responsabilidad occidental en Afganistán.

Ashdown era el candidato para ser el coordinador de la ONU en aquel país, pero su nombramiento ha quedado finalmente frustrado, por el veto del supuesto “gobierno amigo” de Karzai.

Sostiene Ashdown que falta una estrategia occidental en Afganistán. Más allá de que se necesiten más soldados (siete mil le ha pedido Washington a sus aliados europeos), más ayuda material o más recursos no estrictamente militares, el exlider liberal británico demanda ideas claras y un plan eficaz para llevarlas a cabo. Fija tres prioridades: la seguridad (no sólo militar), un buen gobierno y el imperio de la ley. Pero sobre todo reclama un cambio de fondo, y advierte: “perderemos si no empezamos a hacer las cosas de otra manera”. Pero mientras THE GUARDIAN cuestionaba la filosofía de fondo de la posición intervensionista, Ashdown se limita a reclamar una estrategia para ejecutarla y una táctica para evitar retrasos.

Lo inquietante de todo este debate es lo inadvertido que pasará para los ciudadanos occidentales, demasiado arrastrados por los impactos emocionales de las guerras y escasamente involucrados en lo que debe fundamentarse uno de los elementos cardinales en las relaciones internacionales del siglo XXI.