Pero retomamos la parte seria de los Juegos olímpicos, el ideal olímpico y el deporte. Pobre Barón de Coubertin si viese hoy lo que ocurre con su iniciativa. Desde luego, deseo, aunque por ello no recé, que mi ciudad natal sea sede de las manifestaciones deportivas más concurridas del mundo. Entiendo el fervor popular de nuestra castiza capital y a él me sumo. Me gusta cuando el oro acompaña la proeza de uno de nuestros deportistas. Pero… hay muchos “peros”.

El ideal olímpico está forjado por las ideas de participación, de competición honesta, de afición, de ausencia de lucro, de negación del racismo, de amor por la libertad del cuerpo. Hoy el olimpismo está acompañado, cuando no subordinado, a intereses económicos, tanto de los organizadores, como de los deportistas (Ej: los “Juegos Coca-cola” de Atlanta, las implicaciones políticas de los de Los Ángeles o Moscú, los hipernacionalistas de Berlín o Pekín). No es extraño ver concurrir en “un cien metros electoral” a Obama, Lula y Zapatero. Se trata de obtener un éxito político más que deportivo. Y cualquier puede preguntarse si por ejemplo Sarkozy no ha obtenido la compra de los cazas franceses “Rafale”, a cambio del voto de sus delegados… Los políticos se vuelcan en el último esfuerzo para obtener un voto. Que les pasaría si se les ocurriese decir: esto no es de mi competencia, los Juegos pertenecen a un mundo independiente en el cual los individuos compiten en su deporte, admitiendo por única regla las normas de su práctica y dejando de lado intereses económicos, políticos, nacionalistas, chovinistas… Cuánto admiro la decisión de Felipe González cuando no presenció la inauguración de los Juegos de Barcelona porque quería acompañar en sus últimos momentos a Fernández Ordóñez…

Se me replicará que los Juegos Olímpicos son el acontecimiento mundial más concurrido por la gente a través de la televisión y los medios de comunicación. Que representa un escaparate para la ciudad que los organiza, y también para el Gobierno que lo apoya, que es un presupuesto en auge increíble con posibilidades económicas cada vez mayores, aunque no se sepa casi nunca lo que ocurre después de pasada la fiesta. Durante las semanas de los Juegos, el Planeta acapara sus ojos y oídos por las medallas, los himnos y las banderas. El hambre, la violencia, las desigualdades por ello no desaparecen. Y desde luego, se me responderá que los Juegos Olímpicos no pueden suprimirse. Estoy de acuerdo. Pero, ¿cómo evitar este » botellón mediático”?

Soñé que el sistema había cambiado. Cada cuatro años se celebraba un año olímpico. Los deportes se repartían por todo el Planeta. El atletismo en un país, la natación en otro, el fútbol allí, el hockey aquí… En países pequeños, pobres, podía ondear durante una o varias semanas la bandera olímpica… La única bandera. Se habían abandonado las banderas nacionales, los himnos. El deportista representaba el ideal olímpico del deporte y únicamente él. Claro que las televisiones estaban iracundas, las multinacionales furiosas, el Comité Olímpico despistado porque perdía su protagonismo mediático, sus posibilidades de corrupción y se encontraba inmerso en la «absurda» tarea de llevar el deporte y el Olimpismo a tierras que no lo habían nunca conocido y que no debían nunca conocerlo. Era otra forma de mundialización. ¡Un sueño!