La megabandera utilizada como telón de fondo por Pedro Sánchez, al presentarse como candidato socialista a La Moncloa, ha suscitado algunos comentarios. Añadiré los míos.

No estoy en las circunvoluciones cerebrales de Pedro Sánchez o de sus asesores para adivinar los motivos de esta inédita manifestación, al menos en la configuración. Pero, más allá de la argumentación presentada por el candidato, se puede pensar que una de las finalidades es contrarrestar uno de los temas que puede escoger el PP para su próxima campaña: ser él quien vertebra y defiende la unidad de España. No debemos olvidar que el otoño empezará poniendo, otra vez, en el escaparate político el tema catalán. Así lo ha decidido Arturo Mas, por capricho independentista. Salvo, claro está, si por otro capricho, también, decide el señor Rajoy adelantar las generales.

Quién vertebra España no es un tema reciente, lo que demuestra que el problema viene de lejos. Desde la célebre proclama de Ortega y Gasset: «Prefiero una España roja que rota«, múltiples han sido los candidatos a la asignatura pendiente. Lo fue el PSOE, recordemos su magnífico cartel pre-congresual donde las piedras autonómicas construían el muro de la casa común España; como se dijo también que lo era la Guardia Civil, quien constituía el denominador común, o cuando una gigantesca bandera española ondeó en la plaza Colón, de donde nadie piensa u osa descolgarla, por decisión provocadora de Aznar.

La bandera, símbolo de nación, es en general respetada en todas las naciones, en algunas hasta es adorada, como en Estados Unidos o Suiza. Nosotros, quienes gozamos del privilegio de haber sido, y seguir siendo, los más ácratas de los pueblos, nos gusta utilizarla como arma arrojadiza, desde la guerra de las banderas en Euskadi, hasta las pitadas en los estadios catalanes.

Supongo que Pedro Sánchez ha querido centrar el PSOE, de alguna manera nacionalizarlo, en el proyecto federalista socialista. Se puede discutir más la forma que el fondo. Yo personalmente he vivido con dos sucesivas banderas: la republicana y la actual constitucional. Nunca sacralicé ni la una ni la otra. La primera porque es imposible olvidar que la bandera republicana fue la que ondeaba al frente del ejército represor en Asturias en 1934, la segunda porque le falta, lo que falta a la Democracia en España, envejecer. Esto nos condujo, cuando en 1998 en Tolosa (Francia) montamos una exposición sobre las Constituciones españolas, inaugurada por Felipe González y Lionel Jospin, a hacer figurar, en el último cuadro, la bandera constitucional actual con una sobreimpresión de los substantivos que definen los valores republicanos y humanistas. Pero el ser humano necesita de la bandera, aunque sólo sea como gri-gri, distintivo de los primates. Lo que se debe evitar es el abuso. Se decía acertadamente en el Siglo de las Luces que El exceso, en todo es un defecto.

Más allá de la bandera está su significado: el españolismo, no de pandereta, sino el que escribía Manuel Albar, el magnífico y sacrificado socialista aragonés, cuando, desde su exilio mejicano, estampaba: «Mi españolismo, tan viejo como yo, está firme”; y añadía: “tan firme como mi fe en mi partido”. Claro que, para entenderlo, hay que haber estado privado de patria.

Sí, no está mal llevar una bandera en el corazón; otra cosa es envolverse en ella.