Creo que se pueden sentar algunas evidencias: nuestra Constitución ha prestado extraordinarios servicios a nuestra sociedad. La rápida evolución de ésta conduce a pensar que habría que adecuar su texto a nuevas realidades. Ya se hizo cuando lo exigieron los tratados europeos. Pero, además, es de pura lógica: la primera Constitución europea, la de la Revolución francesa, precisaba en uno de sus artículos que una Constitución no podía ser un texto eterno, impuesto a las sucesivas generaciones y que éstas tenían, por lo tanto, potestad para modificarlas. Una Constitución no es un Dogma intocable.

No hay que ser ilusos. Es muy difícil que se pueda reformar la Constitución en estos tiempos. Por varias razones. En primer lugar, es que el procedimiento previsto para ello es tan exigente que es casi imposible que se den las circunstancias necesarias, salvo para detalles. Y aun así temas tan secundarios como la Ley de Sucesión no han podido ser resueltos. El exigido acuerdo entre los dos partidos mayoritarios es imposible, se ha demostrado con los nombramientos a los cargos supremos del Constitucional, atascados durante años a pesar de la gravedad de los asuntos pendientes. En segundo lugar, porque la reforma fundamental que actualmente se plantea, Federalismo o no, toca la estructura formal del Estado. Y en tercer lugar, porque, por fortuna, los padres de nuestra Constitución decidieron elaborar un texto de consenso, para todos y no de una España contra otra. En caso contrario, hubiera sido más fácil, pero también hubiera resultado menos fructuosa. Y en cuarto lugar, porque las Constituciones se elaboran en general, en nuestro país siempre, en tiempos de crisis política mayor del Estado. Así fue con la II República, así fue con la sucesión al franquismo. Hoy, de momento, no hay tal crisis política de Estado, al menos crisis abierta, porque soterrada sí la hay. Para ilustrar esto recurro a una perspectiva catastrófica que no deseo: Cataluña vota favorablemente su independencia, Euskadi se contagia, España rechaza la inclusión de estos Estados secesionistas en la Unión Europea, pero, al mismo tiempo, ve sus fronteras terrestres de comunicaciones económicas con Europa prácticamente obstaculizadas… ¿Habría crisis de Estado o no? No creo que entonces se encontrase solución satisfactoria. Evitar cualquier aventura, y desgraciadamente nuestro pueblo ha conocido muchas más aventuras que el recorrer tranquilo de los años, podría ciertamente enfocarse con la modificación sosegada de la Constitución. Ya he explicado por qué lo creo improbable, por no decir imposible.

Entonces, ¿por qué no cambiar de rumbo y en el marco constitucional resolver los temas candentes? ¿Por qué no federalizar en las realidades cuando no se puede en los textos? Tres ejemplos: 1.-Transformar por fin el Senado en cámara de representación de autonomías y nacionalidades y suprimir de una vez por todas la absurda, desigual y medieval representación provincial. 2.-Simplificar definitivamente las competencias respectivas del Estado y de las Autonomías o Nacionalidades, resolviendo al paso las dualidades y reformando una administración pesada y carísima. Y 3.-Resolver el enfrentamiento sobre temas fiscales, por los representantes de la Nación y no por los diversos poderes ejecutivos. Para ello se podrían establecer ponencias de las Cortes que trabajasen con el tiempo y la tranquilidad necesarias. Y por fin, ¿por qué no llevar las conclusiones de estas ponencias a la aprobación popular?

Todo acuerdo es difícil, bajemos su listón aparente para favorecerlo. ¿No se pusieron de acuerdo PP y PSOE para vulnerar definitivamente los derechos constitucionales de voto de los residentes en el extranjero? Hoy existen más poderosas razones para sentarse a la mesa del consenso, con todas las partes.